04 febrero 2007

(7:11:14)

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Basado en un sueño real
CAPÍTULO 1


Mis manos. Todavía vibran cautelosas con el recuerdo de aquel artefacto. Un recuerdo cuya forma física mi memoria olvida con el paso del tiempo. Sin embargo, aún resuena en mis oídos, y el sentido profundo, el grave zumbido que provoca la agitación de tres malditas coordenadas, huecas, que levantarían las paredes de mi vida. Ésta es una historia de mente.

Es difícil para mí explicaros cuándo empezó todo. Echo la mirada atrás y entreveo: una vida agitada, exigente, y un hombre, embebido por responder. Un callejón apretado, un camino por recorrer, es así cómodo de decir.
Había yo salido de una fiesta que organicé en mi casa. Un acto de esos que la empresa nos concedía de tanto en tanto para ahogar el estrés en ginebra y discusiones de trabajo. El calor de la bebida y la calefacción para el invierno, me habían obligado a ausentarme un rato, por lo que dejé solos en el piso a mis invitados, que en ese momento se embroncaban entre sí. Los últimos ecos de sus voces me llegaban rebotados. M. chillaba con A. mientras A. malinterpretaba a D., con avidez D. aducía a M. lo que A. siempre pensó de él.
Abrí la puerta del portal y el aire helado se coló por los recodos de mi silueta. Puse un paso sobre la acera y saludé a la noche con un golpe de barbilla. Siempre fueron frías las horas nocturnas de la ciudad, pero estaba decidido a dar un rodeo en torno al edificio, por lo que eché a andar por un callejón. Me abroché la chaqueta al cuello y pensé en lamerme los dedos, que perdían temperatura. Desprendían aroma a alcohol y óxidos.
No había nadie afuera. La luna brillaba con fuerza y enseguida me vi rodeado de sombras y otros tonos grises. La luz se esconde cuando uno no quiere ver o no quiere ser visto, y continúo. Después de caminar un trecho, una fuerte arcada me sacudió el cuerpo, y los labios trémulos expulsaron un carraspeo picante. Mi estomago acusó los excesos. Tambaleante, me dirigí contra un muro para apoyar la espalda y doblar un instante las piernas, que vibraban. Recuerdo que volví a abrir los ojos ya tumbado en el suelo, con el corazón encogido y la vista volteada. Supuse un desmayo repentino que me dejó como muerto sobre unas húmedas cajas de cartón con olor a carnicería. Por encima del estado físico sentí una lástima enorme, ahorcada, que expulsé en un grito sin voz; justo antes de caer en un sueño esponjoso.
El primer viaje fue espantoso. El estallido metálico de una celda al cerrarse estiró mi cuerpo como una vara. Me puse en pie inmediatamente en el interior de un habitáculo cerrado por paredes de piedra y unas rejas negras. Al otro lado un pasillo dantesco con grilletes colgando de las paredes era iluminado por varias antorchas de fuego. La luz temblaba quejumbrosa con los lamentos de otros hombres que me acompañaban en aquella celda. Desnudos, o apenas cubiertos por trapos, silbaban o clamaban con palabras arrastradas de un idioma desconocido. Las respuestas volvían rebotadas por las paredes de aquella cueva, aquel calabozo. Dominado por el susto, me acerqué a uno de aquellos pobres guiñapos, y lo zarandeé con preguntas absurdas, comprendiendo al instante que ni mi lengua, siquiera mi presencia, fue acogida con gusto. El abundante cabello grasiento ocultaba la expresión de horror de aquel hombre que se echó de lado contra la pared, y lo único que comprendí en aquella situación fue que guardaba receloso un objeto entre sus manos. Un tonto comprendería que se trataba de algo vital y relevante, y no tardé en adivinar, además, que aquel bulto que protegía me había sido arrebatado momentos antes, mientras dormía. Con asombrosa facilidad se lo extraje de un forcejeo y contemplé boquiabierto, por primera vez, el artefacto. Absorbida mi atención, mi entorno cambió de nuevo.
Como ya dije, mi memoria ha optado por obviar la forma exacta de aquel chisme que con el tiempo se esfuma como la niebla. Pero conservo sí, con exactitud, la imagen digital de tres cifras rojas que se hallaban en su parte frontal. Tres coordenadas que nadie podrá borrar ya de mi mente y que sirvieron por primera vez para llevarme de vuelta a casa. Perdón, al callejón.
(03:91:12)
Por mucho que apretara el frío, sudaba a chorros. Aún continuaba echado sobre las cajas de cartón de donde me levanté dudoso. El aire silbaba ondulante entre las fachadas de los edificios, por encima ningún sonido más, excepto el claqueteo de mis dientes tiritando. Oculté el artefacto bajo el brazo con miedo de ser visto y me deslicé calle adentro en busca de un cobijo donde poder pensar. Miré a ambos lados inquieto, no era aquel un lugar de paso para mí. Sistemáticamente trazaba la misma ruta hacia el trabajo día tras día cada mañana, y aquel callejón, aunque inofensivo, sólo se planteaba en la mente de borrachos y vagabundos. Volví a olisquearme los dedos, la ginebra impregnada traía consigo un recuerdo de voces furiosas, pero el reciente acontecimiento anuló cualquier conclusión hospitalaria a la que pudiera llegar respecto a mis invitados que indudablemente, continuaban disfrutando de su fiesta. Tropecé con una botella de cristal que me obligó a apoyar una mano en el suelo, acto seguido, observé una especie de habitáculo construido de madera y cartón, que se hallaba a la altura de mis ojos. Rodé hasta él. Tuve la impresión de usurpar la propiedad de alguien, y acerqué al alcance de las manos la botella con la que había tropezado. Apreté los dientes, el frío pasaba. Volví a fijar la vista en aquellas cifras rojas, cuya luminosidad tenían la capacidad de absorber toda mi atención. Otra cosa recuerdo, la levedad con la que sentía aquel artefacto entre las manos, junto a mi propia levedad, la levedad… de un viajero.
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Con una ilusión y facilidad imposibles, acerté en su funcionamiento. Aquellas cifras representaban un tiempo, un tiempo sí… y también un espacio. Algo que comprendí mientras volvía a colocar los dedos bajo mis orificios nasales. Las tres coordenadas que ahora brillaban fogosas eran, sin duda, las que señalaban mi actual situación, las que, precisamente, me habían traído de vuelta de aquel mohoso calabozo. Supuse que aquel primer viaje, en algún rincón del medievo lejano, había sido un accidente que provoqué al caer sobre el artefacto que, sin duda, se encontraba perdido entre las cajas de cartón. Reconozco que a partir de aquel instante me asustó mi propia brillantez exaltada que, con sólo pensar, era capaz de alterar los dígitos de aquellas coordenadas. No obstante la excitación, fui cauteloso.
(03:91:05)
Una habitación, empapelada por tonos blancos y verdes. Un sofá, descosidos los apoyabrazos. Baldas cedidas por el peso. Y olor a guiso. Un murmullo de televisor en el aire y… pasos. Aunque de susto se detuvo, la que había sido mi mujer en otro… tiempo, rejuvenecida, irrumpió en aquella sala que tanto me era familiar; con la contundencia de sus pasos habló en voz alta, “…y yo tan feliz, fíjate, y no aguanto esta locura… ¿Qué carajo haces aquí? Que no te guste tu trabajo no significa que tengas a bien escaparte cuando quieras… que… que… pero, ¡apestas!”. Admiré su belleza un segundo, un segundo de vida por volver a mirarla a los ojos con toda su fuerza, era hermosa. “No me vas a explicar nada, porque, no quiero escuchar nada…” hablaba para sí, levantando una mano y mirando al suelo. Yo callaba a la vez que estiré los brazos para mostrarle aquello, mi artefacto. No lo vio, no se fijó, y fui consciente de una súbita sensación, mi condición única, alterada, contraria, la levedad del viajero. Por única contestación a mi compañera del pasado, disparé un grito descompuesto y malcriado. Le chillé a la cara con dolor y resentimiento y, al mismo tiempo, me pregunté si no pudiera llegar a volverme loco. Volteé las coordenadas hacia mí para volver a desaparecer…
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CAPÍTULO 2


No tengo miedo de reconocer que fui testigo de las más diversas épocas, cuyo momento histórico ignoraba por completo. Todos aquellos viajes tuvieron, sin embargo, su sitio en el pasado, y a menudo en lugares inhóspitos y desolados. Me atrevo a decir que fue fruto del azar el hecho de no acabar dando con mis huesos en algún paisaje futurista, algo que, por mi parte, hubiera sido de agradecer. Pero con creces me conformaba con tener que aguantar la adrenalina desencajada que insuflaba cada proyección hacia una nueva frontera.
El trato humano fue escaso y confuso, evité este contacto no permaneciendo más de quince o treinta minutos en cada escenario; aunque, he de admitir, la percepción del tiempo real se desvaneció como lógica sobre el altar. Aún recuerdo, rocas puntiagudas, aristas de caliza rota; una tormenta de arena sobre un desierto nocturno y lechoso de luna; un poderoso cauce azul y yo sobre un puente de piedra junto a lo que parecían ser romanos en guardia; un gran fuego alimentado por bocas de dolor, insufrible; montañas nevadas; y el reverberante eco de una combustión indómita a lo lejos, bajo un horizonte sangriento. La amenaza que suponían algunas estancias, lograron acobardarme y en un momento de lucidez forzosa provoqué la vuelta de tres cifras que indicaban el frío, el cartón, y el olor a ginebra de unos dedos arrugados.
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Permanecí quieto con los ojos cerrados y el corazón acelerado. Tenía las manos hinchadas y molestias en la cabeza, un dolor atenuado por la calma que, progresivamente, me traía de vuelta. Oteé el suelo y topé con la botella que dejé a mi lado, hice ademán de beber pero, ya lo sabía, estaba vacía; con cierta dejadez la empujé unos metros fuera del chamizo. Me froté los ojos y bostecé.
Un sonido estridente, parecido al llanto de una ballena, llamó mi atención hasta echar un vistazo al callejón. Una luz tímida se abría paso entre los altos tejados de los edificios, y los primeros autobuses atestados de trabajadores trazaban su ruta diaria por las calles colindantes. La carrocería articulada de uno de ellos se lamentó de nuevo con fuertes chirridos. Me costaba lo indecible hilar pensamientos, había pasado la noche cambiando de escenario. Mi entendimiento aturrullado se afanaba por preservar un mínimo de equilibrio constante, lo que hizo que recordase la fiesta en mi piso. Mis compañeros, sin duda, se habrían largado hace ya horas a sus casas, excepto A., que antes del alcohol me aseguró que si la cosa iba bien (es decir, mal) se quedaría a pasar la noche, algo probable. Avancé unos pocos pasos con intención de encaminarme hacia el portal, dentro de aproximadamente una hora debíamos presentarnos en el trabajo y pensé que no estaría demás intentar echarme un rato, asearme y cambiarme. Tampoco puse mucho empeño en la idea, pero los párpados se me entornaban en cascada.
Un reflejo muscular en el brazo me hizo recordar mi valiosa carga y me detuve para comprobar que seguía ahí, bajo la chaqueta, junto al cuerpo. “¿Sería posible resistirme a mostrar al resto del mundo aquel talismán, aquel insulto a la lógica?”, formulé para mí, desencajado. “¿Sería posible ocultarlo?”.
Cuando apenas di unos pasos más, una voz apremiante me asaltó de pronto en mis adentros.
─ ¿Dónde has estado?
Oteé mi cuerpo con las manos, después los oídos. Aquella voz rebotó en mi cabeza como un péndulo macizo, la entonación fue severa y real, existente. Pero no vi, no vi nada. “¿Quién habla?”, quise decir.
─ ¿Dónde has estado?
─ ¿Quién eres? ─ acerté a decir.
─ Soy A.
Un espasmo me sacudió. Aquel nombre cayó sobre mí como una losa desnuda de pesadas dimensiones, ni rastro de alivio. Una extraña sensación proveniente del exterior. Entonces, sentí en la nuca el aliento frío de un ser humano que aguardaba a mis espaldas.
─ ¡Demonios! No me castigues así a sustos, que no es un crimen abandonar la residencia de uno mismo cuando así se desea ─ vociferé dándome la vuelta.
Me sorprendieron sus dimensiones. Siempre había tenido A. una corpulencia respetable, poco menos que la mía propia, pero más curtida y de carnes apretadas. Sin embargo, me pareció grande, incluso amenazante. El contorno de su silueta permanecía emborronado y mezclado con el entorno oscuro del callejón y apenas reflejaba la poca luz que se asomaba mientras amanecía. Su rostro aparecía recto y casi inanimado. Los muchos años de amistad que llevaba compartidos con aquel individuo parecían perderse entre aquellos rasgos adustos, predominados por una mirada sin alma y pequeños labios abiertos que parecían reproducir en silencio la letra inicial de su nombre, A.
─ Nunca te gustaron las peleas, ni las broncas, por eso te fuiste.
Procuré recordar el momento en el que abandoné mi apartamento, pero era una tarea sumamente difícil.
─ Qué dirás. Quiero ir a casa, ¿vienes? ─ espeté.
─ No participas. Siempre te lo guardas todo y no sueltas nada. Te evades cuando te sientes molestado y ¿qué consigues?, que tus propios compañeros se maten a gritos, sin un moderador que encauce las discusiones. Ah, claro, pero un moderador necesita formar un criterio, de hecho, es el que precisa de mayor criterio. Y tú, no entiendes de eso. Eres un cobarde y aquí estás, empapado de frío, empapado en tu propia cobardía. Es eso lo que te mantiene alejado del cauce, lo que te vuelve loco y no te deja razonar. Es tu cobardía la que impide que otros avancen, y que yo mismo avance. Es tu cobardía la que, esta noche, está matando a un amigo que quiere explicarte. Es tu cobardía la que siempre te impedirá recuperar a tu mujer. La falta de luz te impide ver, te impide reconocer.
─ Pero… ¿qué coño estás diciendo? ─ asustado por el tono y la forma, intenté reponerme de la sorpresa y buscar una razón en aquella mirada acusadora. Sentí miedo de darle la espalda y me encaré frente a él; no con intención de mostrarme amenazador, sino como única respuesta posible en una situación que dejé de comprender ─. Si has salido a buscarme no hacía falta, sé volver a casa solito… ¿Por qué dijiste eso? ¿Tuvisteis pelea?
─ ¿Pelea? Se ha cometido un crimen… Dime, ¿cuánto tiempo hace que no la ves?
─ Qué… ─ mi desconcierto era descomunal. Aun así, tragué saliva y musité dolido ─ no sé de quién me hablas.
─ Está preciosa, como siempre. Es cosa curiosa, que la juventud nunca la abandona ─ levemente tuve la extraña sensación de ser yo quien lo dijo.
─ Hijo de puta, borracho… ─ aunque me pudo el enfado, mis palabras salieron ligeras, tímidas. Antes de que llegaran a sus oídos ya me daba la vuelta para marchar decidido hacia el portal.
─ Tendrías que verla, no existe el día que no se despierte con una sonrisa y una canción en el corazón. No te provoco, sólo te lo explico.
No contesté. Seguí avanzando mientras buscaba ginebra entre los dedos. No hallé alcohol, encontré el aroma del guiso y la imagen de un rostro en el pasado.
─ Siempre te evades, pero todo rincón tiene paredes, y así estás tú, encerrado. Apretando bajo el brazo la poca razón que te queda ─ dijo A. con voz rotunda. Me detuve con cautela y percibí de nuevo aquel bulto ─. Enséñamelo, deja de esconderlo, deja de esconderte. Continúa así y te darás cuenta de que siempre puede ser demasiado tarde. Enséñame eso que guardas con tanto recelo.
No adivino por qué, pero sus palabras me sacudieron esta vez. Me invadió la soledad que ofrece el desnudo. Atónito, me volví de nuevo para descubrir un semblante renovado. Dejó de parecerme amenazador. Los ojos le brillaban de inteligencia y pedían a gritos mi rendición, con un gesto prudente y condescendiente. Sin embargo, continuaba cubierto de sombras, mi sombra. Eso era, ciertamente, lo que siempre quise. Ahora no, ahora no, a estas horas no.
Lo reconozco, aquella vez, allí mismo, quise matarle, quise recuperar mi vida, mi mujer, el sabor. Quise ver más allá de la evidencia, más allá del perdedor que A. tenía delante. Pero no pude levantarme un palmo del suelo, aplastado como estaba, y ya en el fondo, miré hacia arriba como lo hacen los perros, y le quise como a un hermano.
─ ¿Demasiado tarde, amigo? ─ pregunté habiéndole tendido las manos bajo tres cifras rojas.
No contestó. Recogió de mis dedos aquel objeto y se quedó mirando, perplejo. El haz de luz esparcía el rojo a través de su semblante.
El silbido cortante de una bala se cruzó entre los dos, después otra, y otra. La niebla reinaba sobre un pasto de hierba alta que cubría las rodillas, y el estruendo de los cañones de guerra protestaba, como la maza de un juez, en mitad de un campo de batalla. No sé quién sufrió mayor desconcierto, si A. o el soldado que apareció en escena abriéndose paso entre la neblina y pronunciando desgañitadas palabras en francés. Quedó parado frente a nosotros mientras apuntaba con su arma. Su bigote subía y bajaba a la vez que pedía explicaciones, a mi juicio, sin mostrar muchos deseos de querer obtenerlas. Arrugó la frente con fuerza y amagó con el cuerpo como nervioso, vestía casaca roja debajo de un tabardo sucio y rasgado. Pronuncié algo que querían ser palabras y aproveché para acercarme más a A., con iniciativa. Estaba como ausente, pero aún aguantaba el artefacto con sus manos. Quise cogerlo pero, por sorpresa, un segundo soldado apareció detrás del primero, muy excitado y con otra arma. Irrumpió gritando, y no dejó de hacerlo cuando nos vio allí paralizados y controlados por su compañero, apenas intercambió dos palabras con él y apuntó con ímpetu hacia A. Una rosa roja explotó en el abdomen de mi compañero con una violencia incurable, algunos pétalos me salpicaron, pero pude coger de sus manos, a tiempo de caer al suelo, el billete de vuelta.
(03:91:12)
No dejé, en principio, que el pánico me viniera encima cuando volví al callejón. Con los reflejos exaltados que provoca un peligro inminente, busqué en derredor toda pista que confirmara que, en efecto, habíamos vuelto y que la mirada certera de un francés en guerra se había apagado para siempre. Aún me temblaban los oídos, asustados por el disparo; lo que me llevó, frenético, a palparme el cuerpo en busca de una herida huidiza. Ningún disparo me había alcanzado, la sangre me quemaba por dentro de la piel y no por fuera, donde el rastro de una rosa deshojada manchaba mis dedos. Llamó mi atención, aquella sangre estaba fría como el aire, y… estaba seca. El susto me estrujaba la garganta cuando quise pronunciar alguna palabra tranquilizadora, pero pareció ahogarme del todo cuando comprobé por fin, al extender la vista más allá de mi persona, que había vuelto yo solo. Nadie más había, con vida o sin vida, en aquel callejón.
Ciego de horror, busqué con pies y manos por el suelo y las paredes, levanté y descompuse el cartón de las cajas y más basura que se agolpaba en las esquinas y tiré abajo uno o dos chamizos que se interpusieron en mi camino. Busqué, pero A. no estaba allí, cosa que me costaba creer. Tanto dudé de su verdadera ausencia en aquel momento, que incluso vacilé sobre si yo mismo no seguiría aún inmerso en aquella revuelta francesa, y abstraído por el terror de los disparos no me había, sino, evadido de la mano de algún sueño de esos que llegan antes de la muerte.
Volví a descubrir el artefacto bajo el brazo y lo puse entre mis manos temblorosas. Entonces, me sobrevino el recuerdo desgarrado y doloroso de tres malditas coordenadas, cuyo olvido me impedían volver al rescate de un amigo perdido en el espacio-tiempo.




CAPÍTULO 3


Apenas sí había fijado la atención en la lamentable situación en la que se encontraba mi apariencia cuando entré en las oficinas de la empresa. No hubo tiempo. Salí disparado de la humedad del callejón y recorrí sin titubear el trayecto diario de casa al trabajo. No me detuve a hablar con nadie que no fuese capaz de comprender en absoluto el fatal suceso, por lo que volvía a sentir la levedad del viajero. Como en un bostezo constante, mantuve una mano pegada a la boca que aún no era capaz de expulsar el espanto. Los ojos, muy abiertos, se tragaban la luz de un sol madrugador que, al contrario de otros días, no me molestaba. El día brillaba con fuerza en la ciudad, pero en mi mente sólo persistía la niebla, un soldado y tres coordenadas que brotaban en infinitud de combinaciones imposibles, con unos, sietes y cuatros sin orden ni concilio, inmersas en el caos de la memoria. Así anduve yo kilómetro y medio a pie, sin reparar en los árboles privados de ciudad, sin oler las tostadas de los bajos, sin calzarme, un día más, el asfalto bajo los pies; ensimismado como estaba. Tres malditas coordenadas, volver, y regresar con A. sobre los hombros: un proceso rápido y sencillo cuyo gran obstáculo era yo, y nadie más. Yo el problema, yo la solución. Pero incapaz.
Aún susurraba números sueltos del cero al nueve, que sistemáticamente asignaba a mis dedos manchados para facilitar el cálculo, en el momento en el que posé un pie sobre la moqueta gris de la oficina. Al principio nadie se fijó en mí. Más de la mitad de los empleados se ocupaban ya de sus tareas entre las mesas repartidas por toda la sala. El de hoy parecía ser, sin embargo, uno de esos días donde reina el buen humor desde primera hora de la mañana, aquí y allá se repartían risas y efusivas bienvenidas que auguraban una jornada leve. Incluso, una compañera se fijó en mí desde la distancia y me dedicó una sonrisilla con cara de circunstancia; desde luego, no había reparado bien. Me sobrevino cierta sensación agradable de observador pasivo, que no se repetía desde… mi primer día de trabajo. Con tal panorama no supe a quién dirigirme, hasta que M. me cogió del hombro mientras entraba por la puerta detrás de mí.
─ Canalla. Ayer juerga con A. y… hoy… ─ su semblante cambió de una forma radical ─, pero si estás hecho un asco amigo ¡qué tienes!
Le miré de soslayo sin moverme más de lo justo.
─ Parece que te pegaron una paliza o algo así… ─ continuó ─ ¿de dónde vienes? No me digas que no te has ido a la cama porque me parto de risa.
─ No M., tienes que escucharme…
─ Oh, oh,… y ¿dónde anda entonces A.? Como le haya durado la marcha igual que a ti hoy tenemos conversación para rato ─ y rompió en una carcajada que atrajo las miradas del resto de los allí presentes.
Sus movimientos reflejaban la frescura del que ha dormido y desayunado muy bien. En aquel momento, hubiera jurado que M. no probó la ginebra en toda la noche; un pensamiento que me forzó a recordar los instantes de ebriedad que pase en el apartamento junto a mis compañeros.
─ Tienes que escucharme cojones ─ le dije agarrándole de la manga.
Quise moverle en dirección a los servicios, pero un pequeño grupo de personas se acercaban ya a nosotros con intención entusiasta de emprender, ellos también, una mañana de alegrías. Con otro tirón logré que M. callara, tras lo cual se puso algo más serio, y me dispuse a cruzar entre los escritorios de la oficina hasta llegar a los servicios, al otro lado. Sofía, secretaria y educada, me interrumpió el paso tocándome la cara con las manos.
─ Estás enfermo cariño ─ me acarició la mejilla, sus manos olían a esmalte de uñas recién untado ─ ¿por qué vienes a currar? ¿No le veis?
─ Lo que está es borracho, y bien borracho Sofía ─ soltó M. con más risas.
─ Dejadme un momento ¡por favor! ─ un mareo repentino hizo que me temblaran las piernas y lo disimulé apoyándome en el hombro de M.
─ No, de verdad, pienso que éste no está bien, menudos ojos lleva. ¡Oh! M., cómo eres, el alcohol no hace esto con este cacho de hombre.
─ Claro que no Sofía, ¡hace cosas peores! que uno conoce el medio…
─ Sólo eres un fanfarrón M., sólo eso. Que ya sé yo que llevas tiempo sin salir de casa por ahorrarte un duro más que el resto. Al menos éste se desmadra un rato.
Miré fijamente a los dos pero me costó verles con claridad y parte de mi barbilla parecía aletargarse con que, visiblemente extrañado, pregunté con dificultad.
─ Pero dime M., ayer en mi fiesta… ─ un pinchazo me arrugó por dentro ─ ¿A qué hora dejasteis el piso D. y tú?
─ ¡Cómo! ─ interrumpió Sofía ─ anoche éste únicamente calentó los calzones en el sofá. Que una fácil se entera del malvivir de otros.
─ ¡Llámalo malvivir! Pero al menos no traigo esta cara… ─ M. parecía algo malhumorado dada la falta de su privacidad, se volvió hacia mí ─ Oye tío, sé que A. y tú queríais intimidad para hablar de vuestras cosas y eso, pero no me digas ahora que tendría que haber ido porque a pesar de lo que diga esta bruja…
Perdí la consciencia y me desmayé sobre la moqueta que no llegué a sentir, al fondo pronunciaron mi nombre…
…tiempo que no deja de decir números…
…tú de eso, yo no puedo encargarme ahora…
… no lo sé, siete-catorce u once-catorce, déjalo ya cojones…
… que abría un poco los ojos te digo…
Desperté con terrible angustia, como si hubiese vuelto de una amarga pesadilla. Pronto iba a descubrir que estaba equivocado: aún no he vuelto.
Me encontraba en medio de un despacho, echado en un diván de gustoso cuero al que me aferraba sañudo con ambas manos. Era el lugar de trabajo del jefe de sección en la oficina, puesto que ocupaba D.. A un lado, una cristalera dejaba ver el resto de la oficina en la que varios compañeros trabajaban afanosos, de vez en cuando alguno miraba a través del cristal. Mi despertar atrajo más expectación. Junto a mí esperaban, como tres torres, M., D. y Sofía. Agradecí que rondaran tan cerca porque sus cabezas ocultaban la luz que salía a chorros de varios focos en el techo.
─ ¿Podéis bajar esa luz? ─ balbuceé.
─ Oh, gracias, vuelves, claro cariño ─ Sofía se acercó al regulador en la pared e hizo que todo oscureciera.
─ No sé chico, no te veo nada bien. Hemos llamado a un médico pero, en vez de eso, he pensado en mandarte directamente a casa para que duermas la mona. Cuando te metieron en mi despacho me asusté, pero según me cuentan M. y tu nuevo perfume… ¿Acaso no sabes telefonear? Ni falta hacía que vinieras en estas condiciones ─ expuso D. mientras se atusaba la barba y se fijaba en mis manos contraídas. M. callaba al lado, ya no sonreía tanto.
─ Llevas unos minutos inconsciente y… delirando, nos has dado un buen susto ─ comentó M. con prudencia.
─ No te entiendo. No… No entendéis, ¡tenéis que ayudarme! ─ aún no comprendía que no estuvieran enterados de nada. Tan fuerte me empuja la voluntad que bastaba mi mirada para hacer comprender el atasco en el que me encontraba.
─ ¿Lo ves? Te lo he dicho, no es normal ─ comentó M. sin quitarme los ojos de encima. Sentí que ambos hacían de médicos, con las manos a la espalda y ladeando negativamente la cabeza en gesto desaprobador. D. continuó hablando.
─ Pero ¿Qué te pasa? ¿En qué te podemos ayudar?
─ No lo vais a creer, pero… ¡Oh! Tenéis que ayudarme a recordar ¡Recordar! ─ me incorporé progresivamente sobre el diván ─ Son tres, amigos. Tres números o… tres coordenadas o cifras con dos dígitos cada una. Es decir, seis números emparejados en tres cifras. Cada cifra con unidades y decenas ¿comprendéis? Tres putos números… no lo sé… ─ me miré los dedos con intención de retomar un cálculo ─ tres, once o… doce, y sietes y un doce sí… mierda, cero y tres doce y ¡mierda! ¡No lo recuerdo! Lo vi, sólo sé que lo vi un instante antes de volver al callejón. Tuve que verlo un instante antes de pensar en el tres-noventa y uno-doce. Tiene que estar guardado en mi memoria y ¡tengo que sacarlo!
Ambos me miraban consternados. D. abría la boca con el propósito de añadir algo a mi torcido discurso, pero finalmente calló. Sus ojos hablaban demasiado. Sofía se mantuvo en un segundo plano, detrás de sus espaldas, con miedo de mostrarse mirona cuando la emoción me obligaba a hablar con más volumen del normal. Yo continué.
─ No entendéis pero dejadme que yo os explico. Cada combinación de números representa un lugar en el espacio y en el tiempo. Un punto… tres-noventa y uno-doce representa el ahora, el callejón ─ les miré a los ojos ─, el callejón de debajo de mi casa, el que da esquina a la calle de mi portal… ─ volví a contar con los dedos ─ El número que busco… son, siete, y doce, no, doce no… un cuatro y un tres… pero no… había unos, más de uno, era sencilla…
─ ¿Qué intentas decirnos? ¿Te ha ocurrido algún accidente? ¿Te golpeó alguien? ─ me preguntó D. visiblemente inquietado.
Al tiempo que él detenía mis cálculos con preguntas, Sofía se acercó por un lado y comenzó a inspeccionarme la cabeza. Sus dedos se enredaron como el velcro entre mis cabellos lo que me produjo, al principio, un cosquilleo soñador.
─ Hablas de números ─ dijo M.
─ Sí.
─ Mientras estabas inconsciente deliraste algunas palabras… parecía ¿francés?, y mencionaste algunos números.
─ Sí ¡Sí! El soldado francés… ¡sí! ¡Y los números! ¡Qué números!
─ No recuerdo… catorce, siete, doce, once… no sé. Ese tipo de números ─ M. se ponía nervioso, sus propias palabras le resultaban absurdas y movía de forma negativa la cabeza.
─ Sí, esos números, ¡recuérdalos! siete, catorce, once, doce… esos ¡esos! ─ miré para otro lado ─ Te saco de ahí A.. Pueden ser siete-catorce-once… pueden ser… ¡Yo te saco!
Se atenazaron mis nervios con la proximidad de una combinación posiblemente correcta. Sin embargo, una franja imposible de saltar desvanecía cada búsqueda certera y, a cada intento, volvía a caer de bruces sobre el fango pastoso de la angustia y la impotencia. Un proceso que se tornaba contagioso con el tiempo y netamente desesperanzador. De un manotazo aparté a Sofía, que aún continuaba hurgando en el pelo.
─ ¡Déjame en paz! Yo estoy bien, es A. quien tiene problemas.
Aquel gesto de furia contenida alteró la actitud de mis observadores, que se acercaron más a mí alargando sus pulposos brazos. Sofía, de aquella manera contrariada, abandonó veloz el despacho. Algunos fisgones se agolparon en la cristalera, pero no entraban. D. se acercó con palabras tranquilizadoras, pero el agarrón que imprimió sobre mi hombro no logró sino ponerme más irritable. M. habló.
─ Escucha D., algo pasa, en serio, A. no ha ocupado aún su mesa, y no es, precisamente, de los que burlan con tranquilidad el horario diario.
─ ¡Prestad atención compañeros! ─ mi voz excitada barruntaba cierta ironía ─ Después de nuestra fiesta, recordad, yo abandoné el apartamento, hastiado de alcohol…
─ Dirás. ¿Qué fiesta? ─ intentó M., D. levantó los hombros, pero yo continué.
─ …y descubrí, olvidado en el callejón, ¡un artefacto! ¡El artefacto! Cuya parte frontal presentaba tres cifras rojas ─ el estadillo de mi discurso acercó a toda la gente de la oficina ─. ¡Tres cifras que encarcelaron a A. en algún lugar, en algún instante, de una revuelta francesa! Justo antes de recibir un disparo en el pecho, en mitad de una contienda. Y justo antes, de que yo pudiera regresar salvo al callejón. ¡Necesito volver y arrancarle a la muerte la vida de mi amigo!
Todo se agitó en torno a mí.
─ ¡Éste es el artefacto!
A partir de aquello mal recuerdo lo sucedido. Me enfurecí hasta perder el control. Tomé una conducta anormal y agresiva y comencé a vociferar los nombres de mis compañeros cuando comprobé que no tenía en mi poder artefacto alguno.
Palpé cardíaco entre la ropa, bajo el brazo, y busqué con pies y manos por el suelo y las paredes; como ya lo hice en aquel callejón entre cajas de cartón. Pateé las sillas e incluso me subí a la mesa. Les pregunté desbocado dónde lo habían ocultado, y los acusé, a todos, de innumerables formas.





CAPÍTULO 4


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─ …siete-once-catorce, siete-once-catorce,… ¡Oh A.! Qué insufrible y absurda me parece esta situación. Semejante insulto no recibió la locura cuando la tacharon de insana. ¡Y me llaman loco y me encierran! Y aquí tengo en mi memoria tu salvación. ¡Dios no pudo ser más irónico cuando señaló una manzana! Soy culpable sin duda, culpable por tener la llave y no abrir la cerradura de la puerta que te ata, la misma puerta que me ata. Me encerráis, y sois también culpables. Existe, sabed, una persona que clama a gritos un retorno, un segundo para volver, y le cerráis las puertas. Alguien que… ¡os está pidiendo vuestra atención! ¡Lo estáis matando!... En cada instante en que decidís no volver a por él. Cada vez que os tapáis los oídos para no escuchar y cerráis los ojos para esconderos de la luz. Pues bien, aquí tenéis: SIETE-ONCE-CATORCE. No más. Vuestra la puerta, vuestra la llave. Está enfermo… y yo lo veo… tiene frío.
A pesar de mis súplicas, M., el último en salir, cerró la puerta sin vacilar. Pronto me quedé sólo en este habitáculo de blancas paredes. Un pequeño cristal en forma de círculo y gruesos marcos me permitía mirar al otro lado: un pasillo. Observé un instante y volví a sentarme sobre unas sábanas limpias, sin ánimo alguno de silenciar la voz.
“… siete-once-catorce. Un cálculo perfecto, sobrehumano, que me ha venido flotando, envuelto en sueños, y sin embargo tan real, pero tarde. Tan real amigo A. que casi te siento aquí a mi lado, en conversación profunda contigo mismo. Así te veo, vivo y con actitud vehemente, y eso sí, sin sangre en las manos… Escúchame, yo te hablo, pero me dicen que tengo sangre tuya en los dedos, y sangre tuya en las ropas y, aún así, no me creen amigo. Y mira si les he explicado todo lo sucedido una y otra vez a M. a D. y a tantos otros desconocidos con ese afán que tienen todos de interponerse. Tantos han escuchado la verdad, a lo largo de dos días… pero no tienen oídos, y aquí me han dejado. Casi me tienen convencido, que yo te odiaba, que envidié tu vida hasta lo humano y… ¡ah! que preciosa era aquella… mi mujer, en verdad...”
“Que dicen que yo te maté, pues no existió tal fiesta, me lo ha dicho M. a los ojos hace tan sólo unos minutos. Eso dicen, que tan sólo bebimos tú y yo. Y que no viajé a ningún lugar recóndito, y que no vi a ningún romano, ningún francés… eso dicen; que perdí la cabeza, que me imaginé las cosas, que me negué tu muerte, que tampoco nos encontramos en el callejón apenas se asomaba el amanecer…, porque tu cuerpo no salió aquella noche de mi apartamento… eso dicen. Tendré trastornado el juicio, pero se equivocan: en verdad te maté, así es amigo, te di muerte, pero no en mi piso, no en mi mente. Te maté en aquel callejón, y allá continúa tu cuerpo silenciado, como el mío: en otro tiempo, en otro espacio.
¡Abandonados!”

…y busco entre mis dedos: sssnff ¡ah! la ginebra… no es demasiado tarde…

07 marzo 2006

A Bellas Artes'06

Una instantánea, desde el interior (ambos), sobre la facultad de Bellas Artes de Leioa.

A Bellas Artes’06


Me acabo de sentar. No sé si es el ojo del huracán, pero he dejado de dar vueltas. Quizá haya sido la ansiedad lo que me ha llevado aquí, quizá no. Siempre quise sentarme. Pero eso no importa ¿Se puede escribir bajo los efectos de la ansiedad? Me está dando el sol en la espalda. Se cuela por los ventanales, por todos: los amplios y los estrechos. Como el agua. Pero da calor. El agua también puede dar calor. La ropa de invierno me aprieta las carnes pero no pienso despojarme de nada, me atrevo, pero prefiero aguantar protegido. Me aflige el miedo, estoy seguro. Puede que sea el mayor enemigo, pero no quiero creer en ello. Siempre puede provocar comprensión. Puede provocarla. En este momento me gustaría saborearla. Aunque es solo mía la culpa.

Para mi sorpresa la mesa no está destruida, la madera es suave, conserva la dignidad que la vio nacer en la empresa maderera. Apenas un boceto con forma humana a lápiz. Efímero. Yo mismo podría borrarlo. Ahora. No creo que deba alterar los hechos. De hecho, estoy en el ojo, en el centro quieto, yo diletante, del huracán.

Ya estoy más tranquilo. Como una droga, la calma y la confianza penetran en mi piel. He dejado que mi unidad lo asimile. Por fin, dejo de ser un extranjero. Después de tantas veces, tantos paseos, siento la familiaridad. Me ubico dentro y observo. Observo sin velo, sin miedos.

Es el efecto de la calma. Por sentarme. Por escribir. Porque rezumo mente en este establo de pasiones latentes. Por dejar de sentir. Un pincel apartado del lienzo que, por fin, puede ver la obra del arquitecto.

Pensé que hoy me inundaría el aroma a pintura, más que nunca. Pero no puedo evitar el humo, de tabaco. Es la condición, lo que tiene el ojo. De los que quieren la calma.

No creo que las ideas se detengan aquí. Pero por los pasillos el corazón tierno fluye. Fluye tierno, y doblado. Un papel higiénico que vuela a vueltas sobre su soporte. Gira y gira. Se descompone. Se estira. Enseña. Sirve.

Un joven acaba de cagar, se levanta, y el dinero, supuesto, privado. Entra en su cuarto, observa su acción, su ojo huracanado, su calma. Y exige ¡elige! También tiene destellos rosas, fosforitos. También se ven otras cosas.

Los grupos de estudiantes lo intentan, se alimentan, escupen y provocan. Se reúnen, ahogan y dialogan. Me ahogo y dialogo, contigo. Lo intentan. Lo consiguen. Lo conseguimos todos.

El arte. Pero el dinero, como el sol, como el agua, penetra en el ojo por los ventanales. Y da calor. Quema. Enciende los cigarros del humo que trago. Y alienta las pasiones de los ojos, cerrados.

El cielo se ha abrigado de nubes. La luz se rompe.

Veo el cuadro, en la pared, cagando. Comienzo a ser feliz de nuevo. He dejado de ser extraño.

Quizá pueda borrar el dibujo a lápiz, alterarlo. Y rasgar la suave madera. Puedo hacerlo. Estoy pensando… Veo guitarras, pero algunas solo tocan vergüenza. Ya. Me levanto…

Bellas Artes ‘06

03 marzo 2006

La Niña

Despertares de locura II. La Niña

La niña no dejaba de llorar. Tenía la cara arrugada y compungida por el rojo de la sangre que le subía a la cabeza. Ya no caían lágrimas, cada gesto de lloro empujaba cada facción de su expresión hacia el centro; como un embudo la alegría de la vida desaparecía por un desagüe abierto en el centro de su mirada perdida. El rugido que fluía entre sus dos dientes comenzaba a hacerse visible y decidí cogerla entre los brazos. No se calmaba, la besé en la frente pero no se calmaba. Le cubrí la parte trasera de su cabecita con la palma de mi mano y la acerqué a mí. La acuné con el balanceo de mi cuerpo y supo relajarse por fin. Qué animal tan hermoso, al igual que los primates e incluso otras muchas especies protagonistas de documentales me recordaban al ser humano, la personita que comenzaba a aferrarse a mi contorno poseía la candidez de un pequeño mamífero guiado por su instinto. Le hablé despacio, le conté con suavidad lo que pensaba de una niña tan bonita como ella, y permanecía callada. Alguna vez, pensé, tuve la oportunidad de tener hijos, de cuidarme y educarme de nuevo, desde afuera; pero nunca me decidí a dar el paso. Y reconozco que nunca tuve miedo, quizás la culpable fuera la inercia de mi vida, no me dejó tener nada por más tiempo que unos meses, y jamás me dio la oportunidad de echar el ancla al mar.

Esto era lo que pensaba, así que la niña desapareció de entre mis brazos, y pronto olvidé que había desaparecido. Me hallaba echado sobre una superficie similar a la hierba, por el tacto, pero era otra cosa. Mis piernas de las rodillas para abajo comenzaron a hundirse entre el extraño follaje. Alguien me quitó los brazos. Moví la cabeza de lado a lado, sintiendo el cuerpo inmovilizado, y volví a mirarme, alguien me quitó los brazos, estos dedos no eran los míos. De un lado a otro, instintivamente, se balanceaban los brazos de la niña, sustituyendo mis propias extremidades; movidos por el oleaje de mi mirada. Me estaba mareando. Apareció, estaba de nuevo aferrada a mi cuello, cariñosa, me miraba con sus ojos de almendra, la dulzura de su cara iluminaba una luna, tuve ganas de abrazarla. De pie, la sujetaba con firmeza sobre mi pecho. Ella dormía con una sonrisa. Y yo lloraba. Solo recordé este momento y desperté con este momento. La imagen fue en color, y un gusto salado tejía mi lengua.

Como un erizo me estiré en la cama. No pude levantarme hasta el mediodía, mi sueño y el recuerdo coparon el espejo del armario ropero a un lado de la cama. No pude apartar la mirada de una cara descompuesta por el lloro. Tumbado como estaba, rumbo a favor de tu calma.

El Espejo

Despertares de locura. El Espejo


Me despierto muy sudado. No ha sido una pesadilla, tampoco el calor de la habitación, en estas fechas veraniegas duermo con la ventana abierta y la temperatura me deja mezclar mi cuerpo con las sábanas. Boca arriba me incorporo un palmo apoyando los codos contra la almohada húmeda y pienso en levantarme. Un aliento de luz violeta tiñe las paredes evitando la pared negra de la ceguera, las sombras sonríen tras los libros y otros objetos de decoración. Algunas no sonríen, me miran serias. Gatos y perros.

Es el reloj de mesa digital, demasiado luminoso, demasiada luz violeta, demasiadas sombras. Marca las dos horas. Acompañado de un suspiro me seco el sudor de la frente, me dejaría caer de nuevo sobre la fruta del sueño pero tengo que volver a mirar el reloj luminoso, en un acto reflejo. Lo cojo y lo zarandeo sin levantarlo de la mesita de madera. Marca las 2:00. Las dos en punto. Qué raro. No parpadean los dos puntos que dividen la hora y los minutos. El tiempo se ha detenido dentro de mi reloj digital. El tiempo se ha estropeado dentro de un reloj digital. Y su intensa luz violeta me rodea la cara como una brisa constante, como un aliento de color.

De un tirón alzo la sábana. Mi pijama está mojado, mi cuello y la entrepierna nadan. Tendría fiebre, algún tipo de maldad estaría recorriendo mis venas. Y siento la cabeza abotargada, empeñada en presentar las ideas con una sola cara. Es humilde la resaca que, a pesar del peso de la noche sobre mis ojos, no me produce mareo. Mi atención permanece concentrada, muy concentrada.

Siento el cuerpo más mío que nunca, me siento tan dentro de mi piel que apenas tengo que realizar movimientos físicos para ser plenamente consciente del control que poseo sobre él, en todos los sentidos. Soy capaz de escuchar palmadas sin aplaudir, capaz de sentir el calor de la sangre bombeada, treinta y siete grados; el sudor que escapa por los poros abiertos de mi pellejo. Mi imaginación se excita, y noto que algo se escapa de mi poder, algo se apodera de mi mente para diluirla y constituirla en sangre y hueso. Una sensación intensa que no he experimentado antes.

Concentrado como estoy me incorporo fuera de la cama, el vello de mi cuerpo se deshace del abrazo de la sábana baja, más rugosa que nunca. Al igual que el velcro se divide en dos, me despego de este tejido. Me sitúo en el medio de la habitación, los pies plantados en profundidad sobre la alfombra, y con un suspiro dilato cada pulmón hasta donde soy capaz.

La luz blanca del cuarto de baño me despabila de un susto. El sonido cortante del interruptor se hace visible. He llegado hasta aquí saliendo al pasillo y caminando apenas cuatro pasos. Los pasos más pesados que he dado en mi vida. No quiero decir que me cueste andar, cada vez que apoyo la planta del pie en el suelo, todas las partes del todo en mi interior se asientan como los escombros desplomados de un edificio derribado. La luz blanca del cuarto de baño aprieta mis pupilas.

Pronto me siento como un plomo sobre la taza y lo que no forma parte de mí comienza a salir lentamente, acariciando mi piel con la sensibilidad del tacto de los dedos. El cuerpo desnudo ha dejado de sudar y un escalofrío motivado por el frío acicala mi cara como el lamido de un perro. La soledad que siento en este cuarto es inmensa. Saberme indefenso en la habitación más iluminada de la casa es algo difícil de asimilar, poco normal. Como un grito opaco a las puertas de la noche.

Liberado echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. La baldosa es muy dura y el cabello se arremolina entre sí como loco, la punta de cada pelo busca una salida. Termino… y se abre el telón, sin previo aviso.

Enfrente a mí un gran espejo cubre la pared. Un espejo limpio, puro, llano, y hasta hoy demasiado real.

Entorno los ojos hacia él, su altura no me permite verme reflejado, debo alargar el cuello para poder apreciar parte de mi cabello, sentado como estoy.

Aparece en un pestañear.

Dentro de ese otro cuarto que sólo el espejo es capaz de reproducir una figura de pie, quieta y orgullosa me observa. Ha clavado los ojos en mí, no se mueve, no suda, apenas respira. Permanezco sentado un instante, aterrado, y apenas puedo comprender lo que veo: soy yo, asomado al espejo, al otro lado, observando cómo se agarrota mi cuerpo desnudo sentado en una ridícula taza.

Miro a los ojos, no tienen fondo, me pierdo en ellos en el instante en que puedo observarme a mí mismo, durante un fotograma no sé siquiera quién soy yo. Me incorporo con suavidad temiendo hacer ruido. Mi mente bloqueada no busca un por qué, continúa enraizada en el cuerpo y junto a él se incorpora, no escapa, permanece encarcelada en la agudeza de los sentidos, sólo siente.

Sus ojos, los míos tras el espejo, no abandonan su tarea. No aparta la mirada y ciertamente parece mi perfecto reflejo cuando me pongo recto, o esa sensación tengo. Entonces me fundo con él, la alucinación busca la realidad, inmóvil como estoy el espejo vuelve a ser fiel a su ley. Pero el terror no cesa: no puedo moverme, no puedo moverme en absoluto, si lo hago corro el riesgo de enfrentarme de nuevo a la irrealidad, a la realidad. Es entonces cuando comienzo a pensar y dudar, dudar y pensar. Quiero que alguien me escuche ‘No puedo moverme ¿no lo entiendes? ¡No puedo!’. Estoy solo. ¿Realmente estoy solo?

Desaparece el espejo. La imagen se vuelve tan nítida que la impresión de estar frente a mí, verdaderamente frente a mi persona, copa todo el sentido. Aquella forma de conciencia es de pronto tan clara que sólo puede ser reflejada por un estadillo de mis sentidos, como un pinchazo en la espalda, entroniza mi alma.

Los colores se vuelven brillantes y se adueñan de la fuerza y la atención alrededor de mi mirada. La rugosidad de los azulejos se acentúa hasta parecer exagerada, las formas desprenden un halo de doble sentido, tan ficticias como reales. Cada tono de color exagera sus posibilidades hasta hacerme olvidar su significado, no hay blancos o amarillos, no existen azules o verdes en los adornos a media altura en la pared. No son colores, son insultos dirigidos a mi capacidad de razonar, pero en este momento esta capacidad se halla frustrada y casi destruida.

Me siento embotellado, embutido en conserva, la visión que entra como un torrente a través de mis ojos me aprieta contra un mundo que dejo de comprender. Esto ocurre en torno a mí, pero yo permanezco inmóvil.

Basta. La luminosidad crece y yo desaparezco. La boca y las fosas nasales se inundan de sabores y olores desconocidos derivados de los colores que ahora lo invaden todo. Entran en mí. La piel se quema con tonos duros y es congelada por los claros. Los bordes de la silueta de mi reflejo al otro lado se difuminan progresivamente. Pero él continua escrutándome.

Lo último que veo antes de perder la coherencia visual son sus ojos, mis ojos, abiertos, apuntalados como clavos en el espacio.

Escucho una explosión en mi interior. En el exterior. Después silencio. El silencio de las estrellas.

28 febrero 2006

Alguien en 1984

1984 no son cuatro cifras que dejen indiferente.
Alguien, un día, algún lugar, en 1984


El esfuerzo que tuve que hacer para escribir dos líneas, diecisiete palabras, fue inmenso. Desperté con el sonido gris de la sirena, colgada en el muro del edificio al otro lado del callejón. La única ventana de mi habitáculo era la primera en advertir la señal, la bocina estaba situada justo enfrente, a poco más de cinco metros: la anchura del callejón. No emitía un sonido agradable pero tampoco espantaba mis sueños de un susto, se parecía al profundo llanto de un barco que avisa de su llegada al puerto. Su tono grave hacía vibrar el cristal, que traqueteaba dentro del marco de madera, y cedía en consistencia con el paso del tiempo. Las vibraciones se agolpaban en mis oídos, y las ensoñaciones, antes del despertar, reproducían por un instante la imagen de una persiana, cerrándose de golpe. Otras veces, parecía un código de barras que centraba mis sentidos en finas líneas que temblaban con el sonido, al igual que las cuerdas de un arpa. Eran imágenes inquietantes.
Cuando esto sucedía, todos los días, abría los ojos para no descubrir nada nuevo, pero la tristeza de una habitación prácticamente vacía se hacía llevadera. Antes de abandonar el colchón sobre el que descansaba, cogía un cuaderno que guardaba debajo de la almohada, escribía algo, dos o tres frases al menos. Normalmente intentaba describir algún sueño, hablaba de los deseos o contaba brevemente las cosas que pretendía hacer ese día. Este último no era un tema muy socorrido, ya que despertaba sabiendo qué debía hacer y poco habían de importarme otro tipo de ideas. Esta vez me costó escribir, no me apetecía y no sabía qué decir. Sin embargo, como esta práctica se acabó convirtiendo en costumbre y la costumbre se disfrazó de hábito, no me quedó otro remedio que pensar en algo. Desde que el Ministerio de la Verdad aconsejara esta nueva práctica, la acogí con mucho gusto, aunque he de decir que mi caligrafía espantaba al principio.

"La fila me está esperando, hoy no desayunaré. La persona que esté delante de mí podrá saludarme"

Ya había escrito esto varias veces, en otras ocasiones, quizás de otra forma, pero ya lo había hecho, ya me había engañado antes. En la fila nunca nos saludábamos, lo decían las normas. Sólo estaba permitido mirar a los ojos, este hecho significaba una advertencia: que la fila iba lenta ese día.
Me levanté del colchón y miré por la ventana, todo estaba oscuro. El aire era corría pálido, más bien brisa, corría brisa. Me volví para extender las mantas sobre el colchón, y dejar la cama preparada a mi vuelta. Me puse la ropa y acudí a mirarme al espejo. No tenía buen aspecto, pero ayer lo tenía aún peor. No me disgustaba mi imagen reflejada, cada día mejoraba y mi piel parecía estar más sana. Los pelos de la nariz se asomaban descarados, me hacían gracia, qué locos. El cuaderno de notas permanecía aún encerrado entre mis dedos, lo volví a dejar debajo de la almohada.


Salí por el portal del edificio sumergido en el abrigo, pasé por los aseos pero estaban ocupados por tres esposas hablando. No hacía calor sino mucho frío, pero el tiempo mejoraba, con un paso veloz me dejé arrastrar por el mal olor entre los callejones, el camino hasta la Plaza Alegría. Al doblar un recodo descubrí a alguien agachado, se ataba los cordones de los zapatos. Admití reconocerlo, estuvo posicionado delante, el día anterior, en la fila. Se apresuraba por terminar el nudo pero no lo conseguía, cada vez que tenía la segunda lazada dispuesta los cordones se escurrían entre sus dedos. Naturalmente no me paré demasiado y pronto aparté la mirad. Alcancé la plaza enseguida. La única luz, suspendida de un poste en el centro, alumbraba un escenario un tanto novedoso. La fila apenas se alargaba hasta la mitad de la Plaza Alegría.
Pronto me posicioné en mi lugar. Cada uno que llegaba debía ponerse detrás del último, sucesivamente, lógico. Me coloqué detrás de una gran espalda, y mi nariz tocó el abrigo gris que la cubría. Nada más sentir el contacto aquél alzó la mano derecha lo más que pudo, con la palma abierta hacia las nubes. Tal y como debía hacerse. Esperé entonces mi momento. Habitualmente alguien estampaba la nariz contra mi espalda en pocos segundos, los que formábamos la fila acudíamos con celeridad cada día. Cuando sintiera el contacto debía levantar el brazo derecho para señalizar que alguien cubría ya el puesto detrás, para advertir que la fila continuaba formándose. Era algo entretenido, uno no sabía cuando iba a suceder esto, y aquella incertidumbre me hacía sentir sensaciones curiosas. Pero esta vez mi brazo no tuvo opción de alzarse. En vez de notar el minúsculo empuje de una nariz en mi espalda algo rozó mi trasero, un ligero pinchazo.


No era yo partidario de darme la vuelta para mirar, además, era pronto para saber si la fila iba rápida o lenta ese día. Ni me sentía amigo de las confusiones, ni de los malentendidos. La fila era un buen lugar para mí. Me aterraba la idea de que me llamaran por el altavoz de la plaza, confundiéndome por un vulgar alborotador. Permanecí recto con la nariz pegada. Recto y callado. Demasiado callado quizás.
En la cola nunca nadie hablaba, todos escuchaban, era importante escuchar... esta vez escuché tanto que acabé por oírme a mí mismo. Aquel roce en el trasero me hacía gritar por dentro ¿alguien había sentido antes un pinchazo en el trasero? Parecía un juego, un juego cuyas reglas abstractas se conformaban con el paso de los segundos. Era evidente, se trataba de un juego ¿qué sino? Pero la respiración comenzaba a salirse espesa por los agujeros de la nariz, y las reglas de aquel juego tomaban extraña forma en mi cabeza, imaginando qué podía estar ocurriendo.
Me calmé un momento, pero me engañaba, llevaba un rato largo como el último de la fila. Abandoné la calma, sentí el deseo de levantar el brazo para avisar que alguien se había incorporado ya detrás de mí... alguien podía estar impacientándose haya enfrente. No lo hice porque sabía perfectamente que detrás no había nadie, aunque, que yo supiera, la fila nunca había permanecido tanto tiempo sin más incorporaciones. Siempre alguien levantaba el brazo al de pocos segundos.
Mis nervios me atenazaban, alguien podría estar observándome, observando esta anomalía; y yo no era quién para aguantar con semejante carga de identidad.
Estaba alterado pero no levanté el brazo ¡ni loco! Entonces, pensé que la fila avanzaba lenta ese día, aunque, a decir verdad, siempre avanzaba lenta. A veces no avanzaba, pero siempre prosperaba más rápida que el día anterior, eso sí. De todos modos iba lenta, y podía mirar atrás para advertir de ello. Tal y como señalaban las reglas.
Con el impulso de la excusa me di la vuelta para mirar. No había nadie. Sabía que no vería a nadie ¿por qué iba yo a tener que darme la vuelta para avisar a alguien de que la fila iba lenta si sabía que allí no había nadie? Quizás alguien estaría a punto de llegar.


Mis ojos, oscuros como las tormentas en verano, escrutaron los callejones que desembocaban en la Plaza Alegría. Supe que mi conducta dejaba de sostenerse por un orden lógico, además, corría el peligro de volverme de nuevo y apoyar mi nariz sobre la espalda, y aquél alzaría de nuevo el brazo. Lo que provocaría una insalvable confusión. Supuse que el hombre de las espaldas anchas conocía la norma del brazo izquierdo: éste había de ser alzado cuando uno sentía el contacto sobre su espalda dos veces, de esta forma, se evitaba el conflicto que podía provocar la mirada atrás que avisara de la lentitud de la fila. Sin embargo, mirar atrás era una costumbre en desuso, ya que todos sabíamos que la fila cada vez avanzaba más veloz que en el día anterior. Por lo tanto, temí que aquél hubiera olvidado la norma del brazo izquierdo.
Sin saber qué hacer me quedé quieto de espaldas a la fila, observando la plaza, oscura como estaba. Coloqué la mano sobre el trasero. Recordé el suave pinchazo ¿qué fue aquello? ¿qué fue?... el peso de la duda me obligó a agachar la cabeza. Algo prohibido. Miré al suelo, no tenía más remedio.
Junto a mis pies, un sobre cerrado de color blanco contrastaba con el negro de las baldosas desgastadas. Su brillo me llamó tanto la atención, que me arrodillé para cogerlo. Tampoco tuve más remedio que abrirlo y leer la carta que contenía. Me sentía la persona más observada del mundo. La carta decía lo siguiente:

"Nadie podrá verte si levantas un brazo. Nadie podrá verte si desapareces. Nadie podrá verte si decides dar un paso fuera de la fila. Tus pasos pueden ser sordos"

Sentí satisfacción. Adiviné orgulloso qué escribiría en mi cuaderno el día después, para mayor rendimiento de mis ejercicios de redacción:

"Algunos sobres blancos contienen cartas escritas"

11 febrero 2006

El Paseo

El que sigue es un relato dialogado. Recomiendo que lo leas del tirón. No digo más.



El Paseo
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─ De todos modos, prefiero ver la sociedad sin hacer caso de eso que dicen: lo establecido. A mi abuelo lo acaban de enterrar en la resi, vale ¡está de puta madre! tendrías que verlo, el cabrón no deja de sonreír. Me alegro por él. Paso de viejos amargados metidos en casas, donde nadie les hace caso y son ignorados por la propia familia. ¡Que sí, lo sé!, lo quieren con locura ¡es el abuelo! Por eso el mío está bien en su resi, así no lo vuelven loco con tanta responsabilidad. Tendrías que ver las conversaciones entre mi tío y mi madre, callan más que hablan. ¡Dios, qué cabrón el abuelo! qué feliz le veo... Cuando le veo. Mañana iré a verle, venga, así te vienes. Pero te vienes.
─ …
─ Como te decía, no me gusta ver las cosas así como establecidas. ¡Odio cuando mencionan la palabra realista! Hijo ¿cuándo pensarás un poco? ¡Sé realista alguna vez! Comeos vuestra realidad y dejarme pensar ¡Coño! ¿No es eso lo que me estáis pidiendo? ¡Qué! ¿Tú qué piensas? Joder, qué calladito estás hoy.
─ Pienso igual.
─ ¿Qué piensas igual: que estás calladito o que es bueno pensar? ¡Qué piensas! Joder macho, deja de pensar… Lo establecido, qué sabré yo. Lo que está y lo que no está. Qué sabrán ellos. Qué mierda. ¡Qué mierda más gorda, me parto de risa macho! Ayer me leí un artículo, ponía: una de las grandes preocupaciones familiares hoy en día es el cuidado de los mayores. Muchas familias se ven obligadas a enviar a los abuelos a residencias, o asignarles cuidadores… o ¡Ostias! Se ven obligadas, nos vemos obligados. Es normal, los tiempos cambian, todos trabajamos, nadie tiene tiempo. El significado del tiempo cambia. Todos reivindicamos el tiempo para nosotros mismos ¡No tengo tiempo! Claro, como las cosas cambian, la sociedad cambia y así, y así, nos tenemos que tragar las consecuencias. Nos tenemos que creer las consecuencias. Como si todo fuera dado, un todo establecido. Eso sí, el periodista basaba su artículo en los diferentes tipos de cuidados y servicios sociales para la tercera edad: resis, centros de día, asistentas… todo un abanico de posibilidades a su disposición señor cliente. Vea que puede elegir, no se queje, la solución es dar un paso hacia el modelo que más le convenga, lo último que queremos dañar es su comodidad y su bolsillo. Desde luego. He puesto tono de comercial idiota porque así me imaginé al periodista que escribió el artículo. O no… o era el puto amo. A mí me hace rabiar, pero mira qué feliz está el cabroncete de mi abuelo, tienen unas niñas allí cuidándolo... Me pasaba una temporada… ¡Qué! ¿Oye tío te tengo que dar un codazo para que hables?
─ No tío.
─ El periodista era el jefe. El jefe de la manada. A mí desde luego me ha hecho pensar. Mira, ¿ves?, estoy pensando. Joder… estoy criticando las cosas, ¿no? Esto es pensar, claro que sí. El jodido reportero estaba obligado a hablar del tema de las resis, y claro, no iba a ponerse a predicar, y te pongo tono telediario para que vayas catando mis dotes: ya que los tiempos están cambiando, a peor, y que ya las familias no tienen tiempo ni de cuidar a sus mayores… porque tienen que haber muchos sueldos en casa, mucho estudio, y muy poca pereza… todo consecuencia de un sistema que nos idiotiza convenciéndonos de que los cinco juegos de platos de cocina los tenemos porque somos muy listos, ganamos chonta y sabemos gastar y bla, bla, bla… Qué pesado, ¡no iba a decir todo eso! Pero como es algo que ya lo sabemos, bueno quizá no todos, ¡pero él sí, y confía! Pues directamente suelta su reportaje, para seguir cobrando, sin interferencias. Es tan jefe que me hacer pensar. Me hace pensar que no todo está establecido, es decir, que no es algo normal tener que elegir entre las fantásticas posibilidades que nos dan para deshacernos del viejo. Podría ser diferente, todo podría ser diferente. Que tenga que elegir es consecuencia de algo, como la obligación que tenía el periodista de asumir que las cosas son así y punto: mira, esto es lo que hay… No sé, a veces le veo como un pringao, puto periodista ¿Y si hay gente que no se empapa y piensa que es totalmente normal meter a los viejos en cárceles de lujo? ¿Ése sería más idiota? ¿Lo sería? El cabrón es el periodista por andar callando, que nadie nace sabiendo. Yo no me callo, ¿me ves? ¿me ves? no callo… ¡Coño di algo!
─ ¿Tienes un piti?
─ Vete a la mierda. Sabes que lo he dejado, desde nochevieja… No fumo una mierda, que le den por el culo al tabaco. Qué cabrón mi abuelo, no sabes cómo le quiero. No pienses que soy maricón. Pero le quiero, y está feliz. Para mí eso es cojonudo, lo principal. Además, me comunico con él de una manera especial ¿sabes? No te voy a decir que sea su nieto favorito, paso de eso. Lo sé, sin más. Sé que ve en mí algo más. Aunque a decir verdad mira que primos tengo… qué panda. Les haría pasar una noche entre cartones, coño, a ver si cambian. Pero mira, el fútbol es el fútbol y si lo adoran… pues que lo adoren. Mi abuelo no, él es especial y… le veo ahí sentado, en el salón de la resi… siempre con el periódico... ¡Dios, cómo cata! Es un catador de primera. Mañana te vienes fijo macho. Te vienes porque quiero ir a visitarlo ¡Qué! Estás pálido tío. Te veo todo el rato mirando para abajo. Que no pasa nada ¡nada! que nadie te obliga a mirar al suelo, no seas chorra. Bueno, sólo es otra opción, pero ¡mira yo! hoy para arriba, paso del suelo, ojos al frente. Qué ¿quieres unos euros para pillar tabaquito? No sé, igual andabas buscando monedas. Venga, toma. Mira, tienes ahí enfrente un estanco. Joder tío ese estanco tiene más años… ¡que mi abuelo, qué pasada! Joder cada vez que pienso en él… qué cabrón… me pongo triste… Va, venga, a ver si voy a empezar a agachar la cabeza yo también. Vamos, te acompaño al estanco. El abuelo, tú, ese sí que fuma, tres cajetillas lo menos. Yo paso.
─ Sólo necesito un euro ¿tienes?
─ Claro. El dinero, entre colegas me lo puedes pedir todo. Cada vez, paso más del dinero. Para qué a ver, ¿para qué coño sirve? Para acumular cosas, cosas, cosas y cosas. Como mi árbol de navidad, que cada año está más cargado de bolas y americanadas aquí y allá, como el Santa Clos ese. Qué pringao, tú, el Santa. Por mí, que se vaya a la mierda. Si el mamón es el fan number one de la coca. De la cooola. Joder tío no me sonrías con esas tonterías que estamos a martes y… tú ni siquiera sabes nada de nada. ¡Mira, escucha…! era el loco del Moro, por ahí va todo follado. Está como una cabra, qué cabrón como farda con el coche. Siempre que se compra uno nuevo, a fuego por el barrio. Ya me mola el forfiii. Oye morao, no me eches el humo a la cara que no quiero ni olerlo. Venga, vamos a darnos prisa que llegaremos tarde.
─ ¿Tienes hora?
─ Qué tontería, comprarse un coche tras otro, ¿a qué fin? Qué ganas tiene la gente de ponerse a trabajar para los bancos. Como si no tuviese bastante con su propia empresa, ¿no basta con un jefe? Aunque, soy de los que opinan que a los jefes no hay que odiarlos, es un tópico, no, ¿cómo es? Típico tópico, eso, típico tópico. Joder que sí ¡Pero si no tienen más remedio que serlo! Son yo-s o tú-s. Bueno, tú-s no, porque macho, hoy te llevas el oscar a la película muda de la centuria, ni Keaton. Me mofo de la peña que va siempre gritando: ¡putos jefes, habría que matarlos a todos! Qué ignorancia… Lo dicen como si los jefes tuvieran un clan, un lema común ¿Te imaginas? ¡La Nueva Internacional, sólo para jefes! dónde podrás compartir tu ideología de mando y dominación. ¡Pero si ellos mismos son unos mandados! Esos que critican, cuando sean jefes verás, entonces callarán ¡No! Encima presumirán de lo buenos jefes que son: porque yo sí sé llevar este cargo como hay que llevarlo. Eso sí, mi jefe es un cabrón…
─ ¿Quién, Manu?
─ Sí, el Manu ¡Esquetío! Cómo me toca los cojones que vaya de sabelotodo y de supergenio. Si tuviera veinte años más que yo me callaría, pero encima es un enano. Un enanito chiquitín, chiquitín, que me infla las pelotas hasta la estratosfera, hasta más no poder ¡Algún día, a mi jefe, lo mato!
─ …
─ Pero, en realidad, me da pena. Además, no soy violento, tú lo sabes. Me da pena porque él tiene el problema, está clarísimo. Que siga así y verá. No se puede ir así por la vida, ¡hombre! No se puede… Yo en cambio, ¿ves?, soy sincero. Aquí, contigo, le pongo verde sí, pero todo esto yo se lo digo, ¡se lo digo a la cara y bien dicho además! Paso de secretitos y chorradas. La gente que va con secretitos de un lado para otro, y le cuenta cosas a uno sí y a otro no…, mira no puedo, no les trago ¡Hay que ser sincero! Manu, mi jefe, sabe perfectamente lo que opino, por eso nos llevamos tal cual, por eso aguantamos. A ver… es normal que las personas rocen entre sí, lo llevamos en la sangre: somos amor, pero también odio, odio del bueno, ¿o no? El amor se expresa o no, eso da igual es bonito y ya está. Pero el odio sí, es algo más concreto, está definido, ¡y el odio se exterioriza! Yo, al menos, paso de tragar y guardarme toda la mierda cuando algo odio, que se lo coman otros, yo paso ¡no te jode! Se exterioriza y punto. Si odias a alguien díselo. Un momento… yo a mi jefe no lo odio, pero le digo las cosas que pienso, se las digo, no me las guardo, paso de sentirme culpable de nada. Mi conciencia está limpia, como el cielo. El cielo del campo, claro. Esta ciudad parece un vertedero, el cielo siempre está como gris, fíjate, es de un azul grisáceo… ¡Coño, y parecías tonto! Tú sí que sabes, te pasas el día mirando al suelo porque, ¡tienes razón, está hasta más limpio que el cielo! O las paredes, cuántas, paredes… Estamos rodeados de paredes, ¿eh? Mira. Mira como paso el dedo por la pared. Joder tío ¡mira, mira!...
─ Sí…
─ ¡Qué guarrada! ¡Parece que me lo he metido en el culo, qué asco! ¿No te molaría irnos a vivir al campo?... ¡Calla! ¿Qué decía esa vieja, iba hablando sola? Qué cabra… ¿Estaba hablando no sé qué de su perro? Joder, abuelo, qué bien estás en la resi. Tú sí que sabes ¡A ver si te iba a pillar a ti una loca de estas y te tostaba el día...! Imagínate, tú, jubileta, ¡imagínate!, te bajas tranquilamente a por el pan, como todas las mañanas, y ¡zas! ¡la puta vieja de siempre! Que si can, can, can… que no para de rajar todo el día. La cagas tío. Y así un día, y otro, y otro… ¡la vida del jubileta tío, es así! ¡Puto abuelo estás donde tienes que estar! Mira, para que lo oiga toda la calle: ¡¡Abuelo, te quiero!! ¡y mañana voy a visitarte! Jaime, ¿te vienes verdad?
─ Paco… soy gay.

03 febrero 2006

Rojo & Gris

Rojo & Gris es un maravilloso sueño plagado de simbolismo y vida. Un relato corto para ser leído antes de irse a dormir. Para entender el desconcierto antes de los sueños, mucho antes que las pesadillas...
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Rojo & Gris
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La niebla abrió las piernas a lo largo de la calle, para dejar pasar a Rojo. A pesar de la inquietante oscuridad que se agolpaba como polvo en los ojos, Rojo caminaba feliz, en soledad. Balanceaba los brazos hacia atrás y adelante, marcando el ritmo de sus pasos rebotados, el eco sobre la acera. Bajo las cejas lisas y arqueadas, sus ojos no se separaban del frente, grises como la ceniza que barría los portales de aquella ciudad, y siempre al frente. Sonreían perpetuos, sus labios, sonreían sin mentir, sin ironía. Las largas orejas de Rojo eran pilares de tierra que todo lo sentían. Entre paredes de piel y cemento se escurrían fríos susurros: el rozar de sus pantalones de tela vaquera, las voces del aire enmohecido sobre el cabello y algunas canciones de eras pasadas, de niños que ya no cantaban. Y debajo de su camisa de cuadros rojos: un corazón, ‘bum, bum…’.
Una correa partía del puño de Rojo hasta el suelo, en un viaje sin retorno. No tan alto como uno solo de los zapatos, su chiguagua galopaba a un lado, sorteaba hojas de periódicos y revistas olvidadas con agilidad y gracia, a pesar de ser diminuto. Ambos trotaban juntos, felices. Sin dar qué hablar, sin dejarse mirar. Inmersos en una burbuja amenazada por el triste entorno.


Una farola encogida miraba hacia abajo con su suave luz. Entre la densa neblina se apreciaba un perfecto cono amarillo apoyado sobre el suelo, roto por el contorno de una silueta encabezada por una capucha, dentro estaba Gris, con la espalda apoyada en el poste. La temperatura le había obligado a abrigarse con capas y retorcer el cuerpo sobre los hombros aquella noche. Su figura imitaba el bostezo de la farola, pero entre sus pocos dientes sólo se veía salir negro. La cara, ensombrecida bajo las telas, tenía la piel pelada, parecía estar cubierta por secas legañas. Por los ojos sólo veía la palma de la mano vacía, sin monedas; a su vez la mano le devolvía la mirada. Los semáforos del cruce de calles donde Gris esperaba cada noche jamás cambiaban de color.
Gris trasnochaba enfrente de un bar que hacía esquina en los bajos de los edificios. La entrada, formada por una amplia cristalera, estaba cubierta de suciedad y no se podía ver el interior. Desde la calle, la luz de la farola no acertaba a alumbrar la puerta de aquel desván de almas perdidas, aunque a nadie le importaba. Sin embargo, cada vez que alguien salía se sorprendía por la claridad de la noche, siempre relativa. Al tirar de la manilla, la puerta hacía sonar varitas metálicas colgadas en el marco. Un ruido molesto para el silencio, que gozaba del máximo respeto en las noches otoñales de aquella urbe. En ese instante era protagonista Gris, durante un segundo, aparecía acompañado del tintineo, su farola y la poca voluntad sentada sobre sus dedos temblorosos. Pero pocas veces lo era, protagonista, durante más de un segundo.


No había salido nadie todavía. Era un bar de clientela fija, “estática” pensó Gris, y tragó saliva y hambre. Entonces, apareció él. Siempre y cuando no le esperaran aparecía, como una descarga eléctrica, como un sueño erótico, sin previo aviso. Siempre antes de ser olvidado del todo, surgía de la nada. Se acercaba haciendo gala de su paso seguro, menospreciando las sombras que tapizaban la noche.
Balanceó sus brazos sin bajar el ritmo de los pasos, hasta llegar a la esquina donde aguardaban la farola, un hombre y el bar. Se estaba recogiendo las mangas, detuvo la marcha frente a la cristalera de la entrada y se agachó. El suelo de cemento desprendía un fuerte olor a orina y pimienta que Rojo no tardó en detectar. Recogió a su chiguagua entre las manos, lo introdujo en un bolsillo de la camisa de cuadros rojos y se levantó.
Rojo y Gris se cruzaron, al igual que sus miradas. Gris reaccionó con una mueca de mala gana y los ojos encendidos. Rojo abrió la puerta del bar, escuchó quieto el tintineo, y entró en la oscuridad, sin vacilar. Gris guardó su mano entre las capas.


Las pupilas se cerraron. La barra estaba cubierta por peladuras de cacahuetes atrapadas entre los cercos de alcohol que dejaban los vasos y alguna botella. Desbordados, los ceniceros contenían la risa de cigarros, puros, letras y fotografías. Un zumbido invisible equilibraba aquel tugurio enmudecido. Hasta las moscas estaban quietas, muertas. Detrás de la barra, que soportaba al fondo tres borrachos caídos, un barman dio la bienvenida al nuevo cliente con un movimiento de ojos. Rojo entró dos zancadas y alcanzó la esquina de la barra a su derecha, cerca todavía de la puerta. Se sentó sobre un taburete con el cuero rasgado y esperó la atención del camarero. Todos en el bar habían advertido su presencia pero nadie poseía fuerza suficiente para mirarle. Los tres borrachos casi soñaban y sentados sobre una mesa, una pareja de jóvenes discutía en silencio por la posesión de un vaso agarrado por ambos. Torcían las muñecas con intención de arrebatárselo el uno al otro de la mano. Parecía un juego de habilidad chino, pero ni él ni ella participaban, su apariencia sonámbula no mostraba la realidad del paraíso donde por ahora volaban. El vaso estaba vacío.
El barman, grueso y sudado, abandonó su puesto cercano a los borrachos y se acercó a Rojo, todavía sonriente. Su chiguagua permanecía vigilante con la minúscula cabeza asomada en el bolsillo.
-Um…- el camarero levantó la barbilla
-Un vaso de leche, lleno de leche, por favor- sugirió Rojo.
El camarero se arrodilló y alzó una jarra de metal. Rojo pudo verle los granos de la espalda. Vertió la leche sobre un vaso mojado y preguntó:
-¿Él también tomará?
-Sí señor, también tomará- Rojo acarició los bigotes del animal.
Junto al vaso dispuso un platito de taza de café y lo llenó de leche.
-Muy amable- agradeció Rojo.


Gris irrumpió en el local. Sacudió la puerta con un manotazo, las varitas de metal chocaron ruidosamente contra el techo, estaba nervioso y parecía enfadado. La joven pareja entreabrió los ojos, pero todos en el bar continuaron inmersos en sus lodosos asuntos. Gris iba y venía, ora se acercaba por la espalda a Rojo, ora se alejaba. Golpeaba en el suelo las servilletas de papel arrugadas y los paquetes de tabaco vacíos. Ya no llevaba puesta la capucha, en su lugar una manta de pelo gris y sin vida le caía hasta los hombros. Tenía las dos manos descubiertas, apoyadas en la cadera. Iba y venía, inquieto, malhumorado, un inventor sin inventos.
Nadie le prestó más atención, hasta que se detuvo y abrió la boca.
-¡Ha venido! Sí, fijaos…- señalo con ambas manos- …¡Ahí está!
Todos miraron a Gris, después a Rojo.
-¡Miradle bien!¡está ahí!¡joder! Está sentado sobre un taburete, bebiendo leche… Y está callado, pero hablará, hará algo, en cualquier momento, lo hará… -Gris insistía y gruñía, con voz burlona y frenética. Nadie entendía- ¡Vamos! Hazlo ya ¿qué esperas? ¡Hazlo!
Rojo sorbió un poco de leche y acercó el platito al chiguagua.
-¿Te vas a quedar parado?- la voz de Gris parecía quebrarse- Amigos, ¡es él! Él es ella… nos sentamos al lado ¡de la jodida suerte!
Los tres borrachos volvieron a hundir la cabeza entre los brazos abandonados sobre la barra. Con paso torpe, la pareja se acercó a Rojo, se apoyaban el uno al otro para andar. El escándalo les había despertado y mostraron cierto interés.
-Estás molestando- le advirtió el barman a Gris.
-No ¡es ella! ¿Os daréis cuenta? la jodida suerte… -y susurró entre dientes- Te odio.
El chico joven se limpió el sudor de la frente, apartando a un lado a su pareja preguntó, con algo que quería ser un balbuceo sonoro:
-¿Qué tiene que hacer?- su mirada perdida barrió el local.
La pregunta murió en el aire, compuesto de respuestas silenciosas.


Gris había tomado asiento en la barra, junto a los tres borrachos. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y de su interior brotaba olor a vómitos. Los jóvenes no habían cerrado la puerta al salir y podía escucharse la cisterna del retrete llenándose de nuevo. El chico se había sentado en la mesa y ella se agarraba la cabeza, junto a él. Habían vuelto, de algún modo, y él no dejaba de mirar al tipo de la camisa de cuadros rojos. Uno de los borrachos despertó y miró a Gris, que lloraba en silencio.
Se secó los labios con un pañuelo de tela y acarició el hocico del animal. Rojo deslizó el vaso vacío en la barra y desenvolvió las mangas de su camisa. Ató un botón, después el otro. Dos monedas repicaron sobre la barra.
La furia invadió el cuerpo de Gris. Se incorporó y golpeó la barra con sus manos, se estiró del pelo y volvió a gritar en medio del local:
-¡¡Vamos!!¡Haz algo demonios! ¡No pensarás irte así!
El joven, atacado por los nervios, se levantó de un salto de la mesa y se dirigió a Gris, empujándolo levemente.
-¡¿Pero qué tiene que hacer?!- le preguntó. Tenía los ojos rojos, irritados, pero muy abiertos.
-Ñiiii…-chilló Gris-¡Vamooooos!
-¿Qué coño pasa?- y el joven se dirigió a Rojo de un empujón, que aguardaba de pie- ¿Quién eres tú? ¡Haz lo que tengas que hacer para que este loco se calle! ¡Vamos!
-¡La jodida suerte!¡Ñiiiiiiiiiiiiiii…!- Gris comenzó a chillar sin freno.
Dentro del bar se levantó un fuerte barullo, los tres borrachos comenzaron a berrear entre sí y la joven acusó el dolor de cabeza, que olvidó gritando. El barman azuzó a Gris con más gritos, ordenándole que se marchara, su voz ronca se elevó por encima de todas. El chiguagua agachó la cabeza dentro del bolsillo. Tambaleante y la cara roja de violencia, el joven agarró el cuello de un casco de cerveza sobre la barra y se dirigió hacia Gris, que no paraba de chillar y agitar la cabeza dentro de su melena enmarañada.
Rojo paró el golpe. El barman permanecía detrás de la barra, observando cautelosamente. Rojo tenía cogida la mano del joven por la muñeca, la botella no había impactado en la cabeza de Gris, la agresión lo había asustado y miró a su defensor con ojos llorosos. La expresión sonriente de Rojo apenas había variado, pero el joven agresor temblaba de rabia; lo paralizó la cobardía. Con la otra mano, Rojo le quitó el arma de cristal y después, con suaves movimientos, le indicó con gestos que tomará asiento junto a su pareja. Obedeció. Gris calló de rodillas al suelo y ocultó los lloriqueos detrás de sus manos. Se oía:
-Te odio, te odio, te odio…
El silencio volvió al local, pero la atención de todos se centró en un solo objeto. El casco de cerveza se hallaba en la boca de Rojo, entre sus dientes, blancos como la espuma de afeitar. Con otro empujón suave, Rojo terminó de introducir la botella y selló los labios. Todos palpitaron a corazón abierto cuando escucharon el duro crujir de los cristales rotos. Sin perder la felicidad Rojo mascaba. Ninguno pudo olvidar los chasquidos. Gris se incorporó y volvió a tomar asiento en la barra, junto a los tres borrachos. Uno de ellos, lo miraba, le parecía que aquel hombre había rejuvenecido, su expresión ya no rezumaba ira, sus ojos brillaban de condenada pasión. Fue el único que dejó de observar la mandíbula de Rojo cuando comenzó a tragar.
-Condenado demonio…- el barman buscaba explicación en Gris, que parecía flotar en el vacío- ¿A quién coño nos has traído?¿Quién es?
Rojo se secó los labios con una servilleta, pero no había rastro de sangre. Abrió la boca y aspiró una bocanada del aire húmedo que reinaba en el local. Arrugó la servilleta y la introdujo en un bolsillo del pantalón de tela vaquera.
La pareja joven se levantó de la mesa. Ella era arrastrada por él. Dieron varios pasos hacia el cuarto del retrete, pero no le dieron la espalda a Rojo, en ningún momento. El joven caminaba hacia atrás, como un cowboy en duelo con la cara poseída. Una vez dentro, cerró la puerta. Rojo era observado por todos. Se acercó a la barra y observó las botellas llenas de alcohol sobre las baldas. Señaló una de las baldas, con el brazo y el dedo índice estirados. El barman se acercó a él, la balda señalada soportaba el peso de cinco botellas de güisqui, una caja de puritos y una postal navideña abandonada por el color. El barman rodeó con los dedos una de las botellas y miró a Rojo, pero no dejó de señalar. Tocó el resto de las botellas, pero las pupilas de Rojo no se movían, permanecían ancladas en un punto. Tampoco vibraron cuando el barman señaló la caja de tabaco.
-Qué querrás…- susurró el barman.
Acercó los dedos a la postal navideña y Rojo atrajo hacia sí la mano, cerrada en un puño sobre el pecho. Le tiró la postal sobre la barra. Rojo la levantó con los dos dedos. En un costado colgaba un lazo rosa de seda, cuyo nudo estaba presidido por una figurita en forma de oso. Separándolo del lazo y la postal, colocó el oso sobre la barra, encarado hacia Gris y los tres borrachos. No acertaban a distinguir qué era lo que estaban viendo, uno de ellos se frotaba los ojos. Gris se mantenía en trance. Rojo introdujo los dedos en el bolsillo de la camisa, donde el animal parecía revolverse en el interior, y sacó un minúsculo objeto. Lo acercó al oso. Era un laúd en miniatura. Se borró la sonrisa de su cara para colocar los labios en forma de círculo, Rojo comenzó a silbar. La melodía era suave, serena, como el ritmo de las olas, o el viento. Casi dejaba de ser música. El oso cogió el laúd y comenzó a caminar con las primeras notas de la canción. Junto a él, hizo sonar el instrumento de cuerda, y avanzó a lo largo de la barra sin vacilar, levantando una patita, y después la otra. Giraba la cabeza de lado a lado, al son de la música que brotaba arremolinada por todo el local.
Cuando se topaba con un obstáculo lo esquivaba, no tuvo problemas para llegar al otro lado de la barra, donde Gris y los tres borrachos aguardaban embelesados. Lo miraban todos, procurando comprender aquella realidad. El barman había agachado la cabeza a la altura de la barra, lo seguía de cerca, con la cara descompuesta por el júbilo de un loco. La canción, que repetía las notas a cada rato, era tarareada en silencio por todos; excepto por Gris, cuya expresión nadaba empapada en lágrimas.
Rodeado por los cinco espectadores, el oso se detuvo enfrente de Gris y dejó de tocar la melodía, el silencio volvió a hacerse presente. Torció la cabeza lentamente y le miró a los ojos con dos puntos negros dibujados por un fino pincel. El barman y los tres borrachos volvieron la mirada a Gris, esperando una respuesta. El oso dejó el laúd sobre el suelo de la barra y alzó los brazos en señal de abrazo. Gris susurró abstraído:
-La jodida suerte…

Bajo el tintineo de las varitas metálicas, la puerta abierta daba paso a una luz desbordante, que nacía muy lejos de aquel bar y aquella ciudad. Estaba saliendo el sol.