28 febrero 2006

Alguien en 1984

1984 no son cuatro cifras que dejen indiferente.
Alguien, un día, algún lugar, en 1984


El esfuerzo que tuve que hacer para escribir dos líneas, diecisiete palabras, fue inmenso. Desperté con el sonido gris de la sirena, colgada en el muro del edificio al otro lado del callejón. La única ventana de mi habitáculo era la primera en advertir la señal, la bocina estaba situada justo enfrente, a poco más de cinco metros: la anchura del callejón. No emitía un sonido agradable pero tampoco espantaba mis sueños de un susto, se parecía al profundo llanto de un barco que avisa de su llegada al puerto. Su tono grave hacía vibrar el cristal, que traqueteaba dentro del marco de madera, y cedía en consistencia con el paso del tiempo. Las vibraciones se agolpaban en mis oídos, y las ensoñaciones, antes del despertar, reproducían por un instante la imagen de una persiana, cerrándose de golpe. Otras veces, parecía un código de barras que centraba mis sentidos en finas líneas que temblaban con el sonido, al igual que las cuerdas de un arpa. Eran imágenes inquietantes.
Cuando esto sucedía, todos los días, abría los ojos para no descubrir nada nuevo, pero la tristeza de una habitación prácticamente vacía se hacía llevadera. Antes de abandonar el colchón sobre el que descansaba, cogía un cuaderno que guardaba debajo de la almohada, escribía algo, dos o tres frases al menos. Normalmente intentaba describir algún sueño, hablaba de los deseos o contaba brevemente las cosas que pretendía hacer ese día. Este último no era un tema muy socorrido, ya que despertaba sabiendo qué debía hacer y poco habían de importarme otro tipo de ideas. Esta vez me costó escribir, no me apetecía y no sabía qué decir. Sin embargo, como esta práctica se acabó convirtiendo en costumbre y la costumbre se disfrazó de hábito, no me quedó otro remedio que pensar en algo. Desde que el Ministerio de la Verdad aconsejara esta nueva práctica, la acogí con mucho gusto, aunque he de decir que mi caligrafía espantaba al principio.

"La fila me está esperando, hoy no desayunaré. La persona que esté delante de mí podrá saludarme"

Ya había escrito esto varias veces, en otras ocasiones, quizás de otra forma, pero ya lo había hecho, ya me había engañado antes. En la fila nunca nos saludábamos, lo decían las normas. Sólo estaba permitido mirar a los ojos, este hecho significaba una advertencia: que la fila iba lenta ese día.
Me levanté del colchón y miré por la ventana, todo estaba oscuro. El aire era corría pálido, más bien brisa, corría brisa. Me volví para extender las mantas sobre el colchón, y dejar la cama preparada a mi vuelta. Me puse la ropa y acudí a mirarme al espejo. No tenía buen aspecto, pero ayer lo tenía aún peor. No me disgustaba mi imagen reflejada, cada día mejoraba y mi piel parecía estar más sana. Los pelos de la nariz se asomaban descarados, me hacían gracia, qué locos. El cuaderno de notas permanecía aún encerrado entre mis dedos, lo volví a dejar debajo de la almohada.


Salí por el portal del edificio sumergido en el abrigo, pasé por los aseos pero estaban ocupados por tres esposas hablando. No hacía calor sino mucho frío, pero el tiempo mejoraba, con un paso veloz me dejé arrastrar por el mal olor entre los callejones, el camino hasta la Plaza Alegría. Al doblar un recodo descubrí a alguien agachado, se ataba los cordones de los zapatos. Admití reconocerlo, estuvo posicionado delante, el día anterior, en la fila. Se apresuraba por terminar el nudo pero no lo conseguía, cada vez que tenía la segunda lazada dispuesta los cordones se escurrían entre sus dedos. Naturalmente no me paré demasiado y pronto aparté la mirad. Alcancé la plaza enseguida. La única luz, suspendida de un poste en el centro, alumbraba un escenario un tanto novedoso. La fila apenas se alargaba hasta la mitad de la Plaza Alegría.
Pronto me posicioné en mi lugar. Cada uno que llegaba debía ponerse detrás del último, sucesivamente, lógico. Me coloqué detrás de una gran espalda, y mi nariz tocó el abrigo gris que la cubría. Nada más sentir el contacto aquél alzó la mano derecha lo más que pudo, con la palma abierta hacia las nubes. Tal y como debía hacerse. Esperé entonces mi momento. Habitualmente alguien estampaba la nariz contra mi espalda en pocos segundos, los que formábamos la fila acudíamos con celeridad cada día. Cuando sintiera el contacto debía levantar el brazo derecho para señalizar que alguien cubría ya el puesto detrás, para advertir que la fila continuaba formándose. Era algo entretenido, uno no sabía cuando iba a suceder esto, y aquella incertidumbre me hacía sentir sensaciones curiosas. Pero esta vez mi brazo no tuvo opción de alzarse. En vez de notar el minúsculo empuje de una nariz en mi espalda algo rozó mi trasero, un ligero pinchazo.


No era yo partidario de darme la vuelta para mirar, además, era pronto para saber si la fila iba rápida o lenta ese día. Ni me sentía amigo de las confusiones, ni de los malentendidos. La fila era un buen lugar para mí. Me aterraba la idea de que me llamaran por el altavoz de la plaza, confundiéndome por un vulgar alborotador. Permanecí recto con la nariz pegada. Recto y callado. Demasiado callado quizás.
En la cola nunca nadie hablaba, todos escuchaban, era importante escuchar... esta vez escuché tanto que acabé por oírme a mí mismo. Aquel roce en el trasero me hacía gritar por dentro ¿alguien había sentido antes un pinchazo en el trasero? Parecía un juego, un juego cuyas reglas abstractas se conformaban con el paso de los segundos. Era evidente, se trataba de un juego ¿qué sino? Pero la respiración comenzaba a salirse espesa por los agujeros de la nariz, y las reglas de aquel juego tomaban extraña forma en mi cabeza, imaginando qué podía estar ocurriendo.
Me calmé un momento, pero me engañaba, llevaba un rato largo como el último de la fila. Abandoné la calma, sentí el deseo de levantar el brazo para avisar que alguien se había incorporado ya detrás de mí... alguien podía estar impacientándose haya enfrente. No lo hice porque sabía perfectamente que detrás no había nadie, aunque, que yo supiera, la fila nunca había permanecido tanto tiempo sin más incorporaciones. Siempre alguien levantaba el brazo al de pocos segundos.
Mis nervios me atenazaban, alguien podría estar observándome, observando esta anomalía; y yo no era quién para aguantar con semejante carga de identidad.
Estaba alterado pero no levanté el brazo ¡ni loco! Entonces, pensé que la fila avanzaba lenta ese día, aunque, a decir verdad, siempre avanzaba lenta. A veces no avanzaba, pero siempre prosperaba más rápida que el día anterior, eso sí. De todos modos iba lenta, y podía mirar atrás para advertir de ello. Tal y como señalaban las reglas.
Con el impulso de la excusa me di la vuelta para mirar. No había nadie. Sabía que no vería a nadie ¿por qué iba yo a tener que darme la vuelta para avisar a alguien de que la fila iba lenta si sabía que allí no había nadie? Quizás alguien estaría a punto de llegar.


Mis ojos, oscuros como las tormentas en verano, escrutaron los callejones que desembocaban en la Plaza Alegría. Supe que mi conducta dejaba de sostenerse por un orden lógico, además, corría el peligro de volverme de nuevo y apoyar mi nariz sobre la espalda, y aquél alzaría de nuevo el brazo. Lo que provocaría una insalvable confusión. Supuse que el hombre de las espaldas anchas conocía la norma del brazo izquierdo: éste había de ser alzado cuando uno sentía el contacto sobre su espalda dos veces, de esta forma, se evitaba el conflicto que podía provocar la mirada atrás que avisara de la lentitud de la fila. Sin embargo, mirar atrás era una costumbre en desuso, ya que todos sabíamos que la fila cada vez avanzaba más veloz que en el día anterior. Por lo tanto, temí que aquél hubiera olvidado la norma del brazo izquierdo.
Sin saber qué hacer me quedé quieto de espaldas a la fila, observando la plaza, oscura como estaba. Coloqué la mano sobre el trasero. Recordé el suave pinchazo ¿qué fue aquello? ¿qué fue?... el peso de la duda me obligó a agachar la cabeza. Algo prohibido. Miré al suelo, no tenía más remedio.
Junto a mis pies, un sobre cerrado de color blanco contrastaba con el negro de las baldosas desgastadas. Su brillo me llamó tanto la atención, que me arrodillé para cogerlo. Tampoco tuve más remedio que abrirlo y leer la carta que contenía. Me sentía la persona más observada del mundo. La carta decía lo siguiente:

"Nadie podrá verte si levantas un brazo. Nadie podrá verte si desapareces. Nadie podrá verte si decides dar un paso fuera de la fila. Tus pasos pueden ser sordos"

Sentí satisfacción. Adiviné orgulloso qué escribiría en mi cuaderno el día después, para mayor rendimiento de mis ejercicios de redacción:

"Algunos sobres blancos contienen cartas escritas"

11 febrero 2006

El Paseo

El que sigue es un relato dialogado. Recomiendo que lo leas del tirón. No digo más.



El Paseo
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─ De todos modos, prefiero ver la sociedad sin hacer caso de eso que dicen: lo establecido. A mi abuelo lo acaban de enterrar en la resi, vale ¡está de puta madre! tendrías que verlo, el cabrón no deja de sonreír. Me alegro por él. Paso de viejos amargados metidos en casas, donde nadie les hace caso y son ignorados por la propia familia. ¡Que sí, lo sé!, lo quieren con locura ¡es el abuelo! Por eso el mío está bien en su resi, así no lo vuelven loco con tanta responsabilidad. Tendrías que ver las conversaciones entre mi tío y mi madre, callan más que hablan. ¡Dios, qué cabrón el abuelo! qué feliz le veo... Cuando le veo. Mañana iré a verle, venga, así te vienes. Pero te vienes.
─ …
─ Como te decía, no me gusta ver las cosas así como establecidas. ¡Odio cuando mencionan la palabra realista! Hijo ¿cuándo pensarás un poco? ¡Sé realista alguna vez! Comeos vuestra realidad y dejarme pensar ¡Coño! ¿No es eso lo que me estáis pidiendo? ¡Qué! ¿Tú qué piensas? Joder, qué calladito estás hoy.
─ Pienso igual.
─ ¿Qué piensas igual: que estás calladito o que es bueno pensar? ¡Qué piensas! Joder macho, deja de pensar… Lo establecido, qué sabré yo. Lo que está y lo que no está. Qué sabrán ellos. Qué mierda. ¡Qué mierda más gorda, me parto de risa macho! Ayer me leí un artículo, ponía: una de las grandes preocupaciones familiares hoy en día es el cuidado de los mayores. Muchas familias se ven obligadas a enviar a los abuelos a residencias, o asignarles cuidadores… o ¡Ostias! Se ven obligadas, nos vemos obligados. Es normal, los tiempos cambian, todos trabajamos, nadie tiene tiempo. El significado del tiempo cambia. Todos reivindicamos el tiempo para nosotros mismos ¡No tengo tiempo! Claro, como las cosas cambian, la sociedad cambia y así, y así, nos tenemos que tragar las consecuencias. Nos tenemos que creer las consecuencias. Como si todo fuera dado, un todo establecido. Eso sí, el periodista basaba su artículo en los diferentes tipos de cuidados y servicios sociales para la tercera edad: resis, centros de día, asistentas… todo un abanico de posibilidades a su disposición señor cliente. Vea que puede elegir, no se queje, la solución es dar un paso hacia el modelo que más le convenga, lo último que queremos dañar es su comodidad y su bolsillo. Desde luego. He puesto tono de comercial idiota porque así me imaginé al periodista que escribió el artículo. O no… o era el puto amo. A mí me hace rabiar, pero mira qué feliz está el cabroncete de mi abuelo, tienen unas niñas allí cuidándolo... Me pasaba una temporada… ¡Qué! ¿Oye tío te tengo que dar un codazo para que hables?
─ No tío.
─ El periodista era el jefe. El jefe de la manada. A mí desde luego me ha hecho pensar. Mira, ¿ves?, estoy pensando. Joder… estoy criticando las cosas, ¿no? Esto es pensar, claro que sí. El jodido reportero estaba obligado a hablar del tema de las resis, y claro, no iba a ponerse a predicar, y te pongo tono telediario para que vayas catando mis dotes: ya que los tiempos están cambiando, a peor, y que ya las familias no tienen tiempo ni de cuidar a sus mayores… porque tienen que haber muchos sueldos en casa, mucho estudio, y muy poca pereza… todo consecuencia de un sistema que nos idiotiza convenciéndonos de que los cinco juegos de platos de cocina los tenemos porque somos muy listos, ganamos chonta y sabemos gastar y bla, bla, bla… Qué pesado, ¡no iba a decir todo eso! Pero como es algo que ya lo sabemos, bueno quizá no todos, ¡pero él sí, y confía! Pues directamente suelta su reportaje, para seguir cobrando, sin interferencias. Es tan jefe que me hacer pensar. Me hace pensar que no todo está establecido, es decir, que no es algo normal tener que elegir entre las fantásticas posibilidades que nos dan para deshacernos del viejo. Podría ser diferente, todo podría ser diferente. Que tenga que elegir es consecuencia de algo, como la obligación que tenía el periodista de asumir que las cosas son así y punto: mira, esto es lo que hay… No sé, a veces le veo como un pringao, puto periodista ¿Y si hay gente que no se empapa y piensa que es totalmente normal meter a los viejos en cárceles de lujo? ¿Ése sería más idiota? ¿Lo sería? El cabrón es el periodista por andar callando, que nadie nace sabiendo. Yo no me callo, ¿me ves? ¿me ves? no callo… ¡Coño di algo!
─ ¿Tienes un piti?
─ Vete a la mierda. Sabes que lo he dejado, desde nochevieja… No fumo una mierda, que le den por el culo al tabaco. Qué cabrón mi abuelo, no sabes cómo le quiero. No pienses que soy maricón. Pero le quiero, y está feliz. Para mí eso es cojonudo, lo principal. Además, me comunico con él de una manera especial ¿sabes? No te voy a decir que sea su nieto favorito, paso de eso. Lo sé, sin más. Sé que ve en mí algo más. Aunque a decir verdad mira que primos tengo… qué panda. Les haría pasar una noche entre cartones, coño, a ver si cambian. Pero mira, el fútbol es el fútbol y si lo adoran… pues que lo adoren. Mi abuelo no, él es especial y… le veo ahí sentado, en el salón de la resi… siempre con el periódico... ¡Dios, cómo cata! Es un catador de primera. Mañana te vienes fijo macho. Te vienes porque quiero ir a visitarlo ¡Qué! Estás pálido tío. Te veo todo el rato mirando para abajo. Que no pasa nada ¡nada! que nadie te obliga a mirar al suelo, no seas chorra. Bueno, sólo es otra opción, pero ¡mira yo! hoy para arriba, paso del suelo, ojos al frente. Qué ¿quieres unos euros para pillar tabaquito? No sé, igual andabas buscando monedas. Venga, toma. Mira, tienes ahí enfrente un estanco. Joder tío ese estanco tiene más años… ¡que mi abuelo, qué pasada! Joder cada vez que pienso en él… qué cabrón… me pongo triste… Va, venga, a ver si voy a empezar a agachar la cabeza yo también. Vamos, te acompaño al estanco. El abuelo, tú, ese sí que fuma, tres cajetillas lo menos. Yo paso.
─ Sólo necesito un euro ¿tienes?
─ Claro. El dinero, entre colegas me lo puedes pedir todo. Cada vez, paso más del dinero. Para qué a ver, ¿para qué coño sirve? Para acumular cosas, cosas, cosas y cosas. Como mi árbol de navidad, que cada año está más cargado de bolas y americanadas aquí y allá, como el Santa Clos ese. Qué pringao, tú, el Santa. Por mí, que se vaya a la mierda. Si el mamón es el fan number one de la coca. De la cooola. Joder tío no me sonrías con esas tonterías que estamos a martes y… tú ni siquiera sabes nada de nada. ¡Mira, escucha…! era el loco del Moro, por ahí va todo follado. Está como una cabra, qué cabrón como farda con el coche. Siempre que se compra uno nuevo, a fuego por el barrio. Ya me mola el forfiii. Oye morao, no me eches el humo a la cara que no quiero ni olerlo. Venga, vamos a darnos prisa que llegaremos tarde.
─ ¿Tienes hora?
─ Qué tontería, comprarse un coche tras otro, ¿a qué fin? Qué ganas tiene la gente de ponerse a trabajar para los bancos. Como si no tuviese bastante con su propia empresa, ¿no basta con un jefe? Aunque, soy de los que opinan que a los jefes no hay que odiarlos, es un tópico, no, ¿cómo es? Típico tópico, eso, típico tópico. Joder que sí ¡Pero si no tienen más remedio que serlo! Son yo-s o tú-s. Bueno, tú-s no, porque macho, hoy te llevas el oscar a la película muda de la centuria, ni Keaton. Me mofo de la peña que va siempre gritando: ¡putos jefes, habría que matarlos a todos! Qué ignorancia… Lo dicen como si los jefes tuvieran un clan, un lema común ¿Te imaginas? ¡La Nueva Internacional, sólo para jefes! dónde podrás compartir tu ideología de mando y dominación. ¡Pero si ellos mismos son unos mandados! Esos que critican, cuando sean jefes verás, entonces callarán ¡No! Encima presumirán de lo buenos jefes que son: porque yo sí sé llevar este cargo como hay que llevarlo. Eso sí, mi jefe es un cabrón…
─ ¿Quién, Manu?
─ Sí, el Manu ¡Esquetío! Cómo me toca los cojones que vaya de sabelotodo y de supergenio. Si tuviera veinte años más que yo me callaría, pero encima es un enano. Un enanito chiquitín, chiquitín, que me infla las pelotas hasta la estratosfera, hasta más no poder ¡Algún día, a mi jefe, lo mato!
─ …
─ Pero, en realidad, me da pena. Además, no soy violento, tú lo sabes. Me da pena porque él tiene el problema, está clarísimo. Que siga así y verá. No se puede ir así por la vida, ¡hombre! No se puede… Yo en cambio, ¿ves?, soy sincero. Aquí, contigo, le pongo verde sí, pero todo esto yo se lo digo, ¡se lo digo a la cara y bien dicho además! Paso de secretitos y chorradas. La gente que va con secretitos de un lado para otro, y le cuenta cosas a uno sí y a otro no…, mira no puedo, no les trago ¡Hay que ser sincero! Manu, mi jefe, sabe perfectamente lo que opino, por eso nos llevamos tal cual, por eso aguantamos. A ver… es normal que las personas rocen entre sí, lo llevamos en la sangre: somos amor, pero también odio, odio del bueno, ¿o no? El amor se expresa o no, eso da igual es bonito y ya está. Pero el odio sí, es algo más concreto, está definido, ¡y el odio se exterioriza! Yo, al menos, paso de tragar y guardarme toda la mierda cuando algo odio, que se lo coman otros, yo paso ¡no te jode! Se exterioriza y punto. Si odias a alguien díselo. Un momento… yo a mi jefe no lo odio, pero le digo las cosas que pienso, se las digo, no me las guardo, paso de sentirme culpable de nada. Mi conciencia está limpia, como el cielo. El cielo del campo, claro. Esta ciudad parece un vertedero, el cielo siempre está como gris, fíjate, es de un azul grisáceo… ¡Coño, y parecías tonto! Tú sí que sabes, te pasas el día mirando al suelo porque, ¡tienes razón, está hasta más limpio que el cielo! O las paredes, cuántas, paredes… Estamos rodeados de paredes, ¿eh? Mira. Mira como paso el dedo por la pared. Joder tío ¡mira, mira!...
─ Sí…
─ ¡Qué guarrada! ¡Parece que me lo he metido en el culo, qué asco! ¿No te molaría irnos a vivir al campo?... ¡Calla! ¿Qué decía esa vieja, iba hablando sola? Qué cabra… ¿Estaba hablando no sé qué de su perro? Joder, abuelo, qué bien estás en la resi. Tú sí que sabes ¡A ver si te iba a pillar a ti una loca de estas y te tostaba el día...! Imagínate, tú, jubileta, ¡imagínate!, te bajas tranquilamente a por el pan, como todas las mañanas, y ¡zas! ¡la puta vieja de siempre! Que si can, can, can… que no para de rajar todo el día. La cagas tío. Y así un día, y otro, y otro… ¡la vida del jubileta tío, es así! ¡Puto abuelo estás donde tienes que estar! Mira, para que lo oiga toda la calle: ¡¡Abuelo, te quiero!! ¡y mañana voy a visitarte! Jaime, ¿te vienes verdad?
─ Paco… soy gay.

03 febrero 2006

Rojo & Gris

Rojo & Gris es un maravilloso sueño plagado de simbolismo y vida. Un relato corto para ser leído antes de irse a dormir. Para entender el desconcierto antes de los sueños, mucho antes que las pesadillas...
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Rojo & Gris
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La niebla abrió las piernas a lo largo de la calle, para dejar pasar a Rojo. A pesar de la inquietante oscuridad que se agolpaba como polvo en los ojos, Rojo caminaba feliz, en soledad. Balanceaba los brazos hacia atrás y adelante, marcando el ritmo de sus pasos rebotados, el eco sobre la acera. Bajo las cejas lisas y arqueadas, sus ojos no se separaban del frente, grises como la ceniza que barría los portales de aquella ciudad, y siempre al frente. Sonreían perpetuos, sus labios, sonreían sin mentir, sin ironía. Las largas orejas de Rojo eran pilares de tierra que todo lo sentían. Entre paredes de piel y cemento se escurrían fríos susurros: el rozar de sus pantalones de tela vaquera, las voces del aire enmohecido sobre el cabello y algunas canciones de eras pasadas, de niños que ya no cantaban. Y debajo de su camisa de cuadros rojos: un corazón, ‘bum, bum…’.
Una correa partía del puño de Rojo hasta el suelo, en un viaje sin retorno. No tan alto como uno solo de los zapatos, su chiguagua galopaba a un lado, sorteaba hojas de periódicos y revistas olvidadas con agilidad y gracia, a pesar de ser diminuto. Ambos trotaban juntos, felices. Sin dar qué hablar, sin dejarse mirar. Inmersos en una burbuja amenazada por el triste entorno.


Una farola encogida miraba hacia abajo con su suave luz. Entre la densa neblina se apreciaba un perfecto cono amarillo apoyado sobre el suelo, roto por el contorno de una silueta encabezada por una capucha, dentro estaba Gris, con la espalda apoyada en el poste. La temperatura le había obligado a abrigarse con capas y retorcer el cuerpo sobre los hombros aquella noche. Su figura imitaba el bostezo de la farola, pero entre sus pocos dientes sólo se veía salir negro. La cara, ensombrecida bajo las telas, tenía la piel pelada, parecía estar cubierta por secas legañas. Por los ojos sólo veía la palma de la mano vacía, sin monedas; a su vez la mano le devolvía la mirada. Los semáforos del cruce de calles donde Gris esperaba cada noche jamás cambiaban de color.
Gris trasnochaba enfrente de un bar que hacía esquina en los bajos de los edificios. La entrada, formada por una amplia cristalera, estaba cubierta de suciedad y no se podía ver el interior. Desde la calle, la luz de la farola no acertaba a alumbrar la puerta de aquel desván de almas perdidas, aunque a nadie le importaba. Sin embargo, cada vez que alguien salía se sorprendía por la claridad de la noche, siempre relativa. Al tirar de la manilla, la puerta hacía sonar varitas metálicas colgadas en el marco. Un ruido molesto para el silencio, que gozaba del máximo respeto en las noches otoñales de aquella urbe. En ese instante era protagonista Gris, durante un segundo, aparecía acompañado del tintineo, su farola y la poca voluntad sentada sobre sus dedos temblorosos. Pero pocas veces lo era, protagonista, durante más de un segundo.


No había salido nadie todavía. Era un bar de clientela fija, “estática” pensó Gris, y tragó saliva y hambre. Entonces, apareció él. Siempre y cuando no le esperaran aparecía, como una descarga eléctrica, como un sueño erótico, sin previo aviso. Siempre antes de ser olvidado del todo, surgía de la nada. Se acercaba haciendo gala de su paso seguro, menospreciando las sombras que tapizaban la noche.
Balanceó sus brazos sin bajar el ritmo de los pasos, hasta llegar a la esquina donde aguardaban la farola, un hombre y el bar. Se estaba recogiendo las mangas, detuvo la marcha frente a la cristalera de la entrada y se agachó. El suelo de cemento desprendía un fuerte olor a orina y pimienta que Rojo no tardó en detectar. Recogió a su chiguagua entre las manos, lo introdujo en un bolsillo de la camisa de cuadros rojos y se levantó.
Rojo y Gris se cruzaron, al igual que sus miradas. Gris reaccionó con una mueca de mala gana y los ojos encendidos. Rojo abrió la puerta del bar, escuchó quieto el tintineo, y entró en la oscuridad, sin vacilar. Gris guardó su mano entre las capas.


Las pupilas se cerraron. La barra estaba cubierta por peladuras de cacahuetes atrapadas entre los cercos de alcohol que dejaban los vasos y alguna botella. Desbordados, los ceniceros contenían la risa de cigarros, puros, letras y fotografías. Un zumbido invisible equilibraba aquel tugurio enmudecido. Hasta las moscas estaban quietas, muertas. Detrás de la barra, que soportaba al fondo tres borrachos caídos, un barman dio la bienvenida al nuevo cliente con un movimiento de ojos. Rojo entró dos zancadas y alcanzó la esquina de la barra a su derecha, cerca todavía de la puerta. Se sentó sobre un taburete con el cuero rasgado y esperó la atención del camarero. Todos en el bar habían advertido su presencia pero nadie poseía fuerza suficiente para mirarle. Los tres borrachos casi soñaban y sentados sobre una mesa, una pareja de jóvenes discutía en silencio por la posesión de un vaso agarrado por ambos. Torcían las muñecas con intención de arrebatárselo el uno al otro de la mano. Parecía un juego de habilidad chino, pero ni él ni ella participaban, su apariencia sonámbula no mostraba la realidad del paraíso donde por ahora volaban. El vaso estaba vacío.
El barman, grueso y sudado, abandonó su puesto cercano a los borrachos y se acercó a Rojo, todavía sonriente. Su chiguagua permanecía vigilante con la minúscula cabeza asomada en el bolsillo.
-Um…- el camarero levantó la barbilla
-Un vaso de leche, lleno de leche, por favor- sugirió Rojo.
El camarero se arrodilló y alzó una jarra de metal. Rojo pudo verle los granos de la espalda. Vertió la leche sobre un vaso mojado y preguntó:
-¿Él también tomará?
-Sí señor, también tomará- Rojo acarició los bigotes del animal.
Junto al vaso dispuso un platito de taza de café y lo llenó de leche.
-Muy amable- agradeció Rojo.


Gris irrumpió en el local. Sacudió la puerta con un manotazo, las varitas de metal chocaron ruidosamente contra el techo, estaba nervioso y parecía enfadado. La joven pareja entreabrió los ojos, pero todos en el bar continuaron inmersos en sus lodosos asuntos. Gris iba y venía, ora se acercaba por la espalda a Rojo, ora se alejaba. Golpeaba en el suelo las servilletas de papel arrugadas y los paquetes de tabaco vacíos. Ya no llevaba puesta la capucha, en su lugar una manta de pelo gris y sin vida le caía hasta los hombros. Tenía las dos manos descubiertas, apoyadas en la cadera. Iba y venía, inquieto, malhumorado, un inventor sin inventos.
Nadie le prestó más atención, hasta que se detuvo y abrió la boca.
-¡Ha venido! Sí, fijaos…- señalo con ambas manos- …¡Ahí está!
Todos miraron a Gris, después a Rojo.
-¡Miradle bien!¡está ahí!¡joder! Está sentado sobre un taburete, bebiendo leche… Y está callado, pero hablará, hará algo, en cualquier momento, lo hará… -Gris insistía y gruñía, con voz burlona y frenética. Nadie entendía- ¡Vamos! Hazlo ya ¿qué esperas? ¡Hazlo!
Rojo sorbió un poco de leche y acercó el platito al chiguagua.
-¿Te vas a quedar parado?- la voz de Gris parecía quebrarse- Amigos, ¡es él! Él es ella… nos sentamos al lado ¡de la jodida suerte!
Los tres borrachos volvieron a hundir la cabeza entre los brazos abandonados sobre la barra. Con paso torpe, la pareja se acercó a Rojo, se apoyaban el uno al otro para andar. El escándalo les había despertado y mostraron cierto interés.
-Estás molestando- le advirtió el barman a Gris.
-No ¡es ella! ¿Os daréis cuenta? la jodida suerte… -y susurró entre dientes- Te odio.
El chico joven se limpió el sudor de la frente, apartando a un lado a su pareja preguntó, con algo que quería ser un balbuceo sonoro:
-¿Qué tiene que hacer?- su mirada perdida barrió el local.
La pregunta murió en el aire, compuesto de respuestas silenciosas.


Gris había tomado asiento en la barra, junto a los tres borrachos. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y de su interior brotaba olor a vómitos. Los jóvenes no habían cerrado la puerta al salir y podía escucharse la cisterna del retrete llenándose de nuevo. El chico se había sentado en la mesa y ella se agarraba la cabeza, junto a él. Habían vuelto, de algún modo, y él no dejaba de mirar al tipo de la camisa de cuadros rojos. Uno de los borrachos despertó y miró a Gris, que lloraba en silencio.
Se secó los labios con un pañuelo de tela y acarició el hocico del animal. Rojo deslizó el vaso vacío en la barra y desenvolvió las mangas de su camisa. Ató un botón, después el otro. Dos monedas repicaron sobre la barra.
La furia invadió el cuerpo de Gris. Se incorporó y golpeó la barra con sus manos, se estiró del pelo y volvió a gritar en medio del local:
-¡¡Vamos!!¡Haz algo demonios! ¡No pensarás irte así!
El joven, atacado por los nervios, se levantó de un salto de la mesa y se dirigió a Gris, empujándolo levemente.
-¡¿Pero qué tiene que hacer?!- le preguntó. Tenía los ojos rojos, irritados, pero muy abiertos.
-Ñiiii…-chilló Gris-¡Vamooooos!
-¿Qué coño pasa?- y el joven se dirigió a Rojo de un empujón, que aguardaba de pie- ¿Quién eres tú? ¡Haz lo que tengas que hacer para que este loco se calle! ¡Vamos!
-¡La jodida suerte!¡Ñiiiiiiiiiiiiiii…!- Gris comenzó a chillar sin freno.
Dentro del bar se levantó un fuerte barullo, los tres borrachos comenzaron a berrear entre sí y la joven acusó el dolor de cabeza, que olvidó gritando. El barman azuzó a Gris con más gritos, ordenándole que se marchara, su voz ronca se elevó por encima de todas. El chiguagua agachó la cabeza dentro del bolsillo. Tambaleante y la cara roja de violencia, el joven agarró el cuello de un casco de cerveza sobre la barra y se dirigió hacia Gris, que no paraba de chillar y agitar la cabeza dentro de su melena enmarañada.
Rojo paró el golpe. El barman permanecía detrás de la barra, observando cautelosamente. Rojo tenía cogida la mano del joven por la muñeca, la botella no había impactado en la cabeza de Gris, la agresión lo había asustado y miró a su defensor con ojos llorosos. La expresión sonriente de Rojo apenas había variado, pero el joven agresor temblaba de rabia; lo paralizó la cobardía. Con la otra mano, Rojo le quitó el arma de cristal y después, con suaves movimientos, le indicó con gestos que tomará asiento junto a su pareja. Obedeció. Gris calló de rodillas al suelo y ocultó los lloriqueos detrás de sus manos. Se oía:
-Te odio, te odio, te odio…
El silencio volvió al local, pero la atención de todos se centró en un solo objeto. El casco de cerveza se hallaba en la boca de Rojo, entre sus dientes, blancos como la espuma de afeitar. Con otro empujón suave, Rojo terminó de introducir la botella y selló los labios. Todos palpitaron a corazón abierto cuando escucharon el duro crujir de los cristales rotos. Sin perder la felicidad Rojo mascaba. Ninguno pudo olvidar los chasquidos. Gris se incorporó y volvió a tomar asiento en la barra, junto a los tres borrachos. Uno de ellos, lo miraba, le parecía que aquel hombre había rejuvenecido, su expresión ya no rezumaba ira, sus ojos brillaban de condenada pasión. Fue el único que dejó de observar la mandíbula de Rojo cuando comenzó a tragar.
-Condenado demonio…- el barman buscaba explicación en Gris, que parecía flotar en el vacío- ¿A quién coño nos has traído?¿Quién es?
Rojo se secó los labios con una servilleta, pero no había rastro de sangre. Abrió la boca y aspiró una bocanada del aire húmedo que reinaba en el local. Arrugó la servilleta y la introdujo en un bolsillo del pantalón de tela vaquera.
La pareja joven se levantó de la mesa. Ella era arrastrada por él. Dieron varios pasos hacia el cuarto del retrete, pero no le dieron la espalda a Rojo, en ningún momento. El joven caminaba hacia atrás, como un cowboy en duelo con la cara poseída. Una vez dentro, cerró la puerta. Rojo era observado por todos. Se acercó a la barra y observó las botellas llenas de alcohol sobre las baldas. Señaló una de las baldas, con el brazo y el dedo índice estirados. El barman se acercó a él, la balda señalada soportaba el peso de cinco botellas de güisqui, una caja de puritos y una postal navideña abandonada por el color. El barman rodeó con los dedos una de las botellas y miró a Rojo, pero no dejó de señalar. Tocó el resto de las botellas, pero las pupilas de Rojo no se movían, permanecían ancladas en un punto. Tampoco vibraron cuando el barman señaló la caja de tabaco.
-Qué querrás…- susurró el barman.
Acercó los dedos a la postal navideña y Rojo atrajo hacia sí la mano, cerrada en un puño sobre el pecho. Le tiró la postal sobre la barra. Rojo la levantó con los dos dedos. En un costado colgaba un lazo rosa de seda, cuyo nudo estaba presidido por una figurita en forma de oso. Separándolo del lazo y la postal, colocó el oso sobre la barra, encarado hacia Gris y los tres borrachos. No acertaban a distinguir qué era lo que estaban viendo, uno de ellos se frotaba los ojos. Gris se mantenía en trance. Rojo introdujo los dedos en el bolsillo de la camisa, donde el animal parecía revolverse en el interior, y sacó un minúsculo objeto. Lo acercó al oso. Era un laúd en miniatura. Se borró la sonrisa de su cara para colocar los labios en forma de círculo, Rojo comenzó a silbar. La melodía era suave, serena, como el ritmo de las olas, o el viento. Casi dejaba de ser música. El oso cogió el laúd y comenzó a caminar con las primeras notas de la canción. Junto a él, hizo sonar el instrumento de cuerda, y avanzó a lo largo de la barra sin vacilar, levantando una patita, y después la otra. Giraba la cabeza de lado a lado, al son de la música que brotaba arremolinada por todo el local.
Cuando se topaba con un obstáculo lo esquivaba, no tuvo problemas para llegar al otro lado de la barra, donde Gris y los tres borrachos aguardaban embelesados. Lo miraban todos, procurando comprender aquella realidad. El barman había agachado la cabeza a la altura de la barra, lo seguía de cerca, con la cara descompuesta por el júbilo de un loco. La canción, que repetía las notas a cada rato, era tarareada en silencio por todos; excepto por Gris, cuya expresión nadaba empapada en lágrimas.
Rodeado por los cinco espectadores, el oso se detuvo enfrente de Gris y dejó de tocar la melodía, el silencio volvió a hacerse presente. Torció la cabeza lentamente y le miró a los ojos con dos puntos negros dibujados por un fino pincel. El barman y los tres borrachos volvieron la mirada a Gris, esperando una respuesta. El oso dejó el laúd sobre el suelo de la barra y alzó los brazos en señal de abrazo. Gris susurró abstraído:
-La jodida suerte…

Bajo el tintineo de las varitas metálicas, la puerta abierta daba paso a una luz desbordante, que nacía muy lejos de aquel bar y aquella ciudad. Estaba saliendo el sol.