1984 no son cuatro cifras que dejen indiferente.
Alguien, un día, algún lugar, en 1984
El esfuerzo que tuve que hacer para escribir dos líneas, diecisiete palabras, fue inmenso. Desperté con el sonido gris de la sirena, colgada en el muro del edificio al otro lado del callejón. La única ventana de mi habitáculo era la primera en advertir la señal, la bocina estaba situada justo enfrente, a poco más de cinco metros: la anchura del callejón. No emitía un sonido agradable pero tampoco espantaba mis sueños de un susto, se parecía al profundo llanto de un barco que avisa de su llegada al puerto. Su tono grave hacía vibrar el cristal, que traqueteaba dentro del marco de madera, y cedía en consistencia con el paso del tiempo. Las vibraciones se agolpaban en mis oídos, y las ensoñaciones, antes del despertar, reproducían por un instante la imagen de una persiana, cerrándose de golpe. Otras veces, parecía un código de barras que centraba mis sentidos en finas líneas que temblaban con el sonido, al igual que las cuerdas de un arpa. Eran imágenes inquietantes.
Cuando esto sucedía, todos los días, abría los ojos para no descubrir nada nuevo, pero la tristeza de una habitación prácticamente vacía se hacía llevadera. Antes de abandonar el colchón sobre el que descansaba, cogía un cuaderno que guardaba debajo de la almohada, escribía algo, dos o tres frases al menos. Normalmente intentaba describir algún sueño, hablaba de los deseos o contaba brevemente las cosas que pretendía hacer ese día. Este último no era un tema muy socorrido, ya que despertaba sabiendo qué debía hacer y poco habían de importarme otro tipo de ideas. Esta vez me costó escribir, no me apetecía y no sabía qué decir. Sin embargo, como esta práctica se acabó convirtiendo en costumbre y la costumbre se disfrazó de hábito, no me quedó otro remedio que pensar en algo. Desde que el Ministerio de la Verdad aconsejara esta nueva práctica, la acogí con mucho gusto, aunque he de decir que mi caligrafía espantaba al principio.
"La fila me está esperando, hoy no desayunaré. La persona que esté delante de mí podrá saludarme"
Ya había escrito esto varias veces, en otras ocasiones, quizás de otra forma, pero ya lo había hecho, ya me había engañado antes. En la fila nunca nos saludábamos, lo decían las normas. Sólo estaba permitido mirar a los ojos, este hecho significaba una advertencia: que la fila iba lenta ese día.
Me levanté del colchón y miré por la ventana, todo estaba oscuro. El aire era corría pálido, más bien brisa, corría brisa. Me volví para extender las mantas sobre el colchón, y dejar la cama preparada a mi vuelta. Me puse la ropa y acudí a mirarme al espejo. No tenía buen aspecto, pero ayer lo tenía aún peor. No me disgustaba mi imagen reflejada, cada día mejoraba y mi piel parecía estar más sana. Los pelos de la nariz se asomaban descarados, me hacían gracia, qué locos. El cuaderno de notas permanecía aún encerrado entre mis dedos, lo volví a dejar debajo de la almohada.
Salí por el portal del edificio sumergido en el abrigo, pasé por los aseos pero estaban ocupados por tres esposas hablando. No hacía calor sino mucho frío, pero el tiempo mejoraba, con un paso veloz me dejé arrastrar por el mal olor entre los callejones, el camino hasta la Plaza Alegría. Al doblar un recodo descubrí a alguien agachado, se ataba los cordones de los zapatos. Admití reconocerlo, estuvo posicionado delante, el día anterior, en la fila. Se apresuraba por terminar el nudo pero no lo conseguía, cada vez que tenía la segunda lazada dispuesta los cordones se escurrían entre sus dedos. Naturalmente no me paré demasiado y pronto aparté la mirad. Alcancé la plaza enseguida. La única luz, suspendida de un poste en el centro, alumbraba un escenario un tanto novedoso. La fila apenas se alargaba hasta la mitad de la Plaza Alegría.
Pronto me posicioné en mi lugar. Cada uno que llegaba debía ponerse detrás del último, sucesivamente, lógico. Me coloqué detrás de una gran espalda, y mi nariz tocó el abrigo gris que la cubría. Nada más sentir el contacto aquél alzó la mano derecha lo más que pudo, con la palma abierta hacia las nubes. Tal y como debía hacerse. Esperé entonces mi momento. Habitualmente alguien estampaba la nariz contra mi espalda en pocos segundos, los que formábamos la fila acudíamos con celeridad cada día. Cuando sintiera el contacto debía levantar el brazo derecho para señalizar que alguien cubría ya el puesto detrás, para advertir que la fila continuaba formándose. Era algo entretenido, uno no sabía cuando iba a suceder esto, y aquella incertidumbre me hacía sentir sensaciones curiosas. Pero esta vez mi brazo no tuvo opción de alzarse. En vez de notar el minúsculo empuje de una nariz en mi espalda algo rozó mi trasero, un ligero pinchazo.
No era yo partidario de darme la vuelta para mirar, además, era pronto para saber si la fila iba rápida o lenta ese día. Ni me sentía amigo de las confusiones, ni de los malentendidos. La fila era un buen lugar para mí. Me aterraba la idea de que me llamaran por el altavoz de la plaza, confundiéndome por un vulgar alborotador. Permanecí recto con la nariz pegada. Recto y callado. Demasiado callado quizás.
En la cola nunca nadie hablaba, todos escuchaban, era importante escuchar... esta vez escuché tanto que acabé por oírme a mí mismo. Aquel roce en el trasero me hacía gritar por dentro ¿alguien había sentido antes un pinchazo en el trasero? Parecía un juego, un juego cuyas reglas abstractas se conformaban con el paso de los segundos. Era evidente, se trataba de un juego ¿qué sino? Pero la respiración comenzaba a salirse espesa por los agujeros de la nariz, y las reglas de aquel juego tomaban extraña forma en mi cabeza, imaginando qué podía estar ocurriendo.
Me calmé un momento, pero me engañaba, llevaba un rato largo como el último de la fila. Abandoné la calma, sentí el deseo de levantar el brazo para avisar que alguien se había incorporado ya detrás de mí... alguien podía estar impacientándose haya enfrente. No lo hice porque sabía perfectamente que detrás no había nadie, aunque, que yo supiera, la fila nunca había permanecido tanto tiempo sin más incorporaciones. Siempre alguien levantaba el brazo al de pocos segundos.
Mis nervios me atenazaban, alguien podría estar observándome, observando esta anomalía; y yo no era quién para aguantar con semejante carga de identidad.
Estaba alterado pero no levanté el brazo ¡ni loco! Entonces, pensé que la fila avanzaba lenta ese día, aunque, a decir verdad, siempre avanzaba lenta. A veces no avanzaba, pero siempre prosperaba más rápida que el día anterior, eso sí. De todos modos iba lenta, y podía mirar atrás para advertir de ello. Tal y como señalaban las reglas.
Con el impulso de la excusa me di la vuelta para mirar. No había nadie. Sabía que no vería a nadie ¿por qué iba yo a tener que darme la vuelta para avisar a alguien de que la fila iba lenta si sabía que allí no había nadie? Quizás alguien estaría a punto de llegar.
Mis ojos, oscuros como las tormentas en verano, escrutaron los callejones que desembocaban en la Plaza Alegría. Supe que mi conducta dejaba de sostenerse por un orden lógico, además, corría el peligro de volverme de nuevo y apoyar mi nariz sobre la espalda, y aquél alzaría de nuevo el brazo. Lo que provocaría una insalvable confusión. Supuse que el hombre de las espaldas anchas conocía la norma del brazo izquierdo: éste había de ser alzado cuando uno sentía el contacto sobre su espalda dos veces, de esta forma, se evitaba el conflicto que podía provocar la mirada atrás que avisara de la lentitud de la fila. Sin embargo, mirar atrás era una costumbre en desuso, ya que todos sabíamos que la fila cada vez avanzaba más veloz que en el día anterior. Por lo tanto, temí que aquél hubiera olvidado la norma del brazo izquierdo.
Sin saber qué hacer me quedé quieto de espaldas a la fila, observando la plaza, oscura como estaba. Coloqué la mano sobre el trasero. Recordé el suave pinchazo ¿qué fue aquello? ¿qué fue?... el peso de la duda me obligó a agachar la cabeza. Algo prohibido. Miré al suelo, no tenía más remedio.
Junto a mis pies, un sobre cerrado de color blanco contrastaba con el negro de las baldosas desgastadas. Su brillo me llamó tanto la atención, que me arrodillé para cogerlo. Tampoco tuve más remedio que abrirlo y leer la carta que contenía. Me sentía la persona más observada del mundo. La carta decía lo siguiente:
"Nadie podrá verte si levantas un brazo. Nadie podrá verte si desapareces. Nadie podrá verte si decides dar un paso fuera de la fila. Tus pasos pueden ser sordos"
Sentí satisfacción. Adiviné orgulloso qué escribiría en mi cuaderno el día después, para mayor rendimiento de mis ejercicios de redacción:
"Algunos sobres blancos contienen cartas escritas"
El esfuerzo que tuve que hacer para escribir dos líneas, diecisiete palabras, fue inmenso. Desperté con el sonido gris de la sirena, colgada en el muro del edificio al otro lado del callejón. La única ventana de mi habitáculo era la primera en advertir la señal, la bocina estaba situada justo enfrente, a poco más de cinco metros: la anchura del callejón. No emitía un sonido agradable pero tampoco espantaba mis sueños de un susto, se parecía al profundo llanto de un barco que avisa de su llegada al puerto. Su tono grave hacía vibrar el cristal, que traqueteaba dentro del marco de madera, y cedía en consistencia con el paso del tiempo. Las vibraciones se agolpaban en mis oídos, y las ensoñaciones, antes del despertar, reproducían por un instante la imagen de una persiana, cerrándose de golpe. Otras veces, parecía un código de barras que centraba mis sentidos en finas líneas que temblaban con el sonido, al igual que las cuerdas de un arpa. Eran imágenes inquietantes.
Cuando esto sucedía, todos los días, abría los ojos para no descubrir nada nuevo, pero la tristeza de una habitación prácticamente vacía se hacía llevadera. Antes de abandonar el colchón sobre el que descansaba, cogía un cuaderno que guardaba debajo de la almohada, escribía algo, dos o tres frases al menos. Normalmente intentaba describir algún sueño, hablaba de los deseos o contaba brevemente las cosas que pretendía hacer ese día. Este último no era un tema muy socorrido, ya que despertaba sabiendo qué debía hacer y poco habían de importarme otro tipo de ideas. Esta vez me costó escribir, no me apetecía y no sabía qué decir. Sin embargo, como esta práctica se acabó convirtiendo en costumbre y la costumbre se disfrazó de hábito, no me quedó otro remedio que pensar en algo. Desde que el Ministerio de la Verdad aconsejara esta nueva práctica, la acogí con mucho gusto, aunque he de decir que mi caligrafía espantaba al principio.
"La fila me está esperando, hoy no desayunaré. La persona que esté delante de mí podrá saludarme"
Ya había escrito esto varias veces, en otras ocasiones, quizás de otra forma, pero ya lo había hecho, ya me había engañado antes. En la fila nunca nos saludábamos, lo decían las normas. Sólo estaba permitido mirar a los ojos, este hecho significaba una advertencia: que la fila iba lenta ese día.
Me levanté del colchón y miré por la ventana, todo estaba oscuro. El aire era corría pálido, más bien brisa, corría brisa. Me volví para extender las mantas sobre el colchón, y dejar la cama preparada a mi vuelta. Me puse la ropa y acudí a mirarme al espejo. No tenía buen aspecto, pero ayer lo tenía aún peor. No me disgustaba mi imagen reflejada, cada día mejoraba y mi piel parecía estar más sana. Los pelos de la nariz se asomaban descarados, me hacían gracia, qué locos. El cuaderno de notas permanecía aún encerrado entre mis dedos, lo volví a dejar debajo de la almohada.
Salí por el portal del edificio sumergido en el abrigo, pasé por los aseos pero estaban ocupados por tres esposas hablando. No hacía calor sino mucho frío, pero el tiempo mejoraba, con un paso veloz me dejé arrastrar por el mal olor entre los callejones, el camino hasta la Plaza Alegría. Al doblar un recodo descubrí a alguien agachado, se ataba los cordones de los zapatos. Admití reconocerlo, estuvo posicionado delante, el día anterior, en la fila. Se apresuraba por terminar el nudo pero no lo conseguía, cada vez que tenía la segunda lazada dispuesta los cordones se escurrían entre sus dedos. Naturalmente no me paré demasiado y pronto aparté la mirad. Alcancé la plaza enseguida. La única luz, suspendida de un poste en el centro, alumbraba un escenario un tanto novedoso. La fila apenas se alargaba hasta la mitad de la Plaza Alegría.
Pronto me posicioné en mi lugar. Cada uno que llegaba debía ponerse detrás del último, sucesivamente, lógico. Me coloqué detrás de una gran espalda, y mi nariz tocó el abrigo gris que la cubría. Nada más sentir el contacto aquél alzó la mano derecha lo más que pudo, con la palma abierta hacia las nubes. Tal y como debía hacerse. Esperé entonces mi momento. Habitualmente alguien estampaba la nariz contra mi espalda en pocos segundos, los que formábamos la fila acudíamos con celeridad cada día. Cuando sintiera el contacto debía levantar el brazo derecho para señalizar que alguien cubría ya el puesto detrás, para advertir que la fila continuaba formándose. Era algo entretenido, uno no sabía cuando iba a suceder esto, y aquella incertidumbre me hacía sentir sensaciones curiosas. Pero esta vez mi brazo no tuvo opción de alzarse. En vez de notar el minúsculo empuje de una nariz en mi espalda algo rozó mi trasero, un ligero pinchazo.
No era yo partidario de darme la vuelta para mirar, además, era pronto para saber si la fila iba rápida o lenta ese día. Ni me sentía amigo de las confusiones, ni de los malentendidos. La fila era un buen lugar para mí. Me aterraba la idea de que me llamaran por el altavoz de la plaza, confundiéndome por un vulgar alborotador. Permanecí recto con la nariz pegada. Recto y callado. Demasiado callado quizás.
En la cola nunca nadie hablaba, todos escuchaban, era importante escuchar... esta vez escuché tanto que acabé por oírme a mí mismo. Aquel roce en el trasero me hacía gritar por dentro ¿alguien había sentido antes un pinchazo en el trasero? Parecía un juego, un juego cuyas reglas abstractas se conformaban con el paso de los segundos. Era evidente, se trataba de un juego ¿qué sino? Pero la respiración comenzaba a salirse espesa por los agujeros de la nariz, y las reglas de aquel juego tomaban extraña forma en mi cabeza, imaginando qué podía estar ocurriendo.
Me calmé un momento, pero me engañaba, llevaba un rato largo como el último de la fila. Abandoné la calma, sentí el deseo de levantar el brazo para avisar que alguien se había incorporado ya detrás de mí... alguien podía estar impacientándose haya enfrente. No lo hice porque sabía perfectamente que detrás no había nadie, aunque, que yo supiera, la fila nunca había permanecido tanto tiempo sin más incorporaciones. Siempre alguien levantaba el brazo al de pocos segundos.
Mis nervios me atenazaban, alguien podría estar observándome, observando esta anomalía; y yo no era quién para aguantar con semejante carga de identidad.
Estaba alterado pero no levanté el brazo ¡ni loco! Entonces, pensé que la fila avanzaba lenta ese día, aunque, a decir verdad, siempre avanzaba lenta. A veces no avanzaba, pero siempre prosperaba más rápida que el día anterior, eso sí. De todos modos iba lenta, y podía mirar atrás para advertir de ello. Tal y como señalaban las reglas.
Con el impulso de la excusa me di la vuelta para mirar. No había nadie. Sabía que no vería a nadie ¿por qué iba yo a tener que darme la vuelta para avisar a alguien de que la fila iba lenta si sabía que allí no había nadie? Quizás alguien estaría a punto de llegar.
Mis ojos, oscuros como las tormentas en verano, escrutaron los callejones que desembocaban en la Plaza Alegría. Supe que mi conducta dejaba de sostenerse por un orden lógico, además, corría el peligro de volverme de nuevo y apoyar mi nariz sobre la espalda, y aquél alzaría de nuevo el brazo. Lo que provocaría una insalvable confusión. Supuse que el hombre de las espaldas anchas conocía la norma del brazo izquierdo: éste había de ser alzado cuando uno sentía el contacto sobre su espalda dos veces, de esta forma, se evitaba el conflicto que podía provocar la mirada atrás que avisara de la lentitud de la fila. Sin embargo, mirar atrás era una costumbre en desuso, ya que todos sabíamos que la fila cada vez avanzaba más veloz que en el día anterior. Por lo tanto, temí que aquél hubiera olvidado la norma del brazo izquierdo.
Sin saber qué hacer me quedé quieto de espaldas a la fila, observando la plaza, oscura como estaba. Coloqué la mano sobre el trasero. Recordé el suave pinchazo ¿qué fue aquello? ¿qué fue?... el peso de la duda me obligó a agachar la cabeza. Algo prohibido. Miré al suelo, no tenía más remedio.
Junto a mis pies, un sobre cerrado de color blanco contrastaba con el negro de las baldosas desgastadas. Su brillo me llamó tanto la atención, que me arrodillé para cogerlo. Tampoco tuve más remedio que abrirlo y leer la carta que contenía. Me sentía la persona más observada del mundo. La carta decía lo siguiente:
"Nadie podrá verte si levantas un brazo. Nadie podrá verte si desapareces. Nadie podrá verte si decides dar un paso fuera de la fila. Tus pasos pueden ser sordos"
Sentí satisfacción. Adiviné orgulloso qué escribiría en mi cuaderno el día después, para mayor rendimiento de mis ejercicios de redacción:
"Algunos sobres blancos contienen cartas escritas"
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