Rojo & Gris es un maravilloso sueño plagado de simbolismo y vida. Un relato corto para ser leído antes de irse a dormir. Para entender el desconcierto antes de los sueños, mucho antes que las pesadillas...
.
Rojo & Gris
.
.
.
La niebla abrió las piernas a lo largo de la calle, para dejar pasar a Rojo. A pesar de la inquietante oscuridad que se agolpaba como polvo en los ojos, Rojo caminaba feliz, en soledad. Balanceaba los brazos hacia atrás y adelante, marcando el ritmo de sus pasos rebotados, el eco sobre la acera. Bajo las cejas lisas y arqueadas, sus ojos no se separaban del frente, grises como la ceniza que barría los portales de aquella ciudad, y siempre al frente. Sonreían perpetuos, sus labios, sonreían sin mentir, sin ironía. Las largas orejas de Rojo eran pilares de tierra que todo lo sentían. Entre paredes de piel y cemento se escurrían fríos susurros: el rozar de sus pantalones de tela vaquera, las voces del aire enmohecido sobre el cabello y algunas canciones de eras pasadas, de niños que ya no cantaban. Y debajo de su camisa de cuadros rojos: un corazón, ‘bum, bum…’.
Una correa partía del puño de Rojo hasta el suelo, en un viaje sin retorno. No tan alto como uno solo de los zapatos, su chiguagua galopaba a un lado, sorteaba hojas de periódicos y revistas olvidadas con agilidad y gracia, a pesar de ser diminuto. Ambos trotaban juntos, felices. Sin dar qué hablar, sin dejarse mirar. Inmersos en una burbuja amenazada por el triste entorno.
Una farola encogida miraba hacia abajo con su suave luz. Entre la densa neblina se apreciaba un perfecto cono amarillo apoyado sobre el suelo, roto por el contorno de una silueta encabezada por una capucha, dentro estaba Gris, con la espalda apoyada en el poste. La temperatura le había obligado a abrigarse con capas y retorcer el cuerpo sobre los hombros aquella noche. Su figura imitaba el bostezo de la farola, pero entre sus pocos dientes sólo se veía salir negro. La cara, ensombrecida bajo las telas, tenía la piel pelada, parecía estar cubierta por secas legañas. Por los ojos sólo veía la palma de la mano vacía, sin monedas; a su vez la mano le devolvía la mirada. Los semáforos del cruce de calles donde Gris esperaba cada noche jamás cambiaban de color.
Gris trasnochaba enfrente de un bar que hacía esquina en los bajos de los edificios. La entrada, formada por una amplia cristalera, estaba cubierta de suciedad y no se podía ver el interior. Desde la calle, la luz de la farola no acertaba a alumbrar la puerta de aquel desván de almas perdidas, aunque a nadie le importaba. Sin embargo, cada vez que alguien salía se sorprendía por la claridad de la noche, siempre relativa. Al tirar de la manilla, la puerta hacía sonar varitas metálicas colgadas en el marco. Un ruido molesto para el silencio, que gozaba del máximo respeto en las noches otoñales de aquella urbe. En ese instante era protagonista Gris, durante un segundo, aparecía acompañado del tintineo, su farola y la poca voluntad sentada sobre sus dedos temblorosos. Pero pocas veces lo era, protagonista, durante más de un segundo.
No había salido nadie todavía. Era un bar de clientela fija, “estática” pensó Gris, y tragó saliva y hambre. Entonces, apareció él. Siempre y cuando no le esperaran aparecía, como una descarga eléctrica, como un sueño erótico, sin previo aviso. Siempre antes de ser olvidado del todo, surgía de la nada. Se acercaba haciendo gala de su paso seguro, menospreciando las sombras que tapizaban la noche.
Balanceó sus brazos sin bajar el ritmo de los pasos, hasta llegar a la esquina donde aguardaban la farola, un hombre y el bar. Se estaba recogiendo las mangas, detuvo la marcha frente a la cristalera de la entrada y se agachó. El suelo de cemento desprendía un fuerte olor a orina y pimienta que Rojo no tardó en detectar. Recogió a su chiguagua entre las manos, lo introdujo en un bolsillo de la camisa de cuadros rojos y se levantó.
Rojo y Gris se cruzaron, al igual que sus miradas. Gris reaccionó con una mueca de mala gana y los ojos encendidos. Rojo abrió la puerta del bar, escuchó quieto el tintineo, y entró en la oscuridad, sin vacilar. Gris guardó su mano entre las capas.
Las pupilas se cerraron. La barra estaba cubierta por peladuras de cacahuetes atrapadas entre los cercos de alcohol que dejaban los vasos y alguna botella. Desbordados, los ceniceros contenían la risa de cigarros, puros, letras y fotografías. Un zumbido invisible equilibraba aquel tugurio enmudecido. Hasta las moscas estaban quietas, muertas. Detrás de la barra, que soportaba al fondo tres borrachos caídos, un barman dio la bienvenida al nuevo cliente con un movimiento de ojos. Rojo entró dos zancadas y alcanzó la esquina de la barra a su derecha, cerca todavía de la puerta. Se sentó sobre un taburete con el cuero rasgado y esperó la atención del camarero. Todos en el bar habían advertido su presencia pero nadie poseía fuerza suficiente para mirarle. Los tres borrachos casi soñaban y sentados sobre una mesa, una pareja de jóvenes discutía en silencio por la posesión de un vaso agarrado por ambos. Torcían las muñecas con intención de arrebatárselo el uno al otro de la mano. Parecía un juego de habilidad chino, pero ni él ni ella participaban, su apariencia sonámbula no mostraba la realidad del paraíso donde por ahora volaban. El vaso estaba vacío.
El barman, grueso y sudado, abandonó su puesto cercano a los borrachos y se acercó a Rojo, todavía sonriente. Su chiguagua permanecía vigilante con la minúscula cabeza asomada en el bolsillo.
-Um…- el camarero levantó la barbilla
-Un vaso de leche, lleno de leche, por favor- sugirió Rojo.
El camarero se arrodilló y alzó una jarra de metal. Rojo pudo verle los granos de la espalda. Vertió la leche sobre un vaso mojado y preguntó:
-¿Él también tomará?
-Sí señor, también tomará- Rojo acarició los bigotes del animal.
Junto al vaso dispuso un platito de taza de café y lo llenó de leche.
-Muy amable- agradeció Rojo.
Gris irrumpió en el local. Sacudió la puerta con un manotazo, las varitas de metal chocaron ruidosamente contra el techo, estaba nervioso y parecía enfadado. La joven pareja entreabrió los ojos, pero todos en el bar continuaron inmersos en sus lodosos asuntos. Gris iba y venía, ora se acercaba por la espalda a Rojo, ora se alejaba. Golpeaba en el suelo las servilletas de papel arrugadas y los paquetes de tabaco vacíos. Ya no llevaba puesta la capucha, en su lugar una manta de pelo gris y sin vida le caía hasta los hombros. Tenía las dos manos descubiertas, apoyadas en la cadera. Iba y venía, inquieto, malhumorado, un inventor sin inventos.
Nadie le prestó más atención, hasta que se detuvo y abrió la boca.
-¡Ha venido! Sí, fijaos…- señalo con ambas manos- …¡Ahí está!
Todos miraron a Gris, después a Rojo.
-¡Miradle bien!¡está ahí!¡joder! Está sentado sobre un taburete, bebiendo leche… Y está callado, pero hablará, hará algo, en cualquier momento, lo hará… -Gris insistía y gruñía, con voz burlona y frenética. Nadie entendía- ¡Vamos! Hazlo ya ¿qué esperas? ¡Hazlo!
Rojo sorbió un poco de leche y acercó el platito al chiguagua.
-¿Te vas a quedar parado?- la voz de Gris parecía quebrarse- Amigos, ¡es él! Él es ella… nos sentamos al lado ¡de la jodida suerte!
Los tres borrachos volvieron a hundir la cabeza entre los brazos abandonados sobre la barra. Con paso torpe, la pareja se acercó a Rojo, se apoyaban el uno al otro para andar. El escándalo les había despertado y mostraron cierto interés.
-Estás molestando- le advirtió el barman a Gris.
-No ¡es ella! ¿Os daréis cuenta? la jodida suerte… -y susurró entre dientes- Te odio.
El chico joven se limpió el sudor de la frente, apartando a un lado a su pareja preguntó, con algo que quería ser un balbuceo sonoro:
-¿Qué tiene que hacer?- su mirada perdida barrió el local.
La pregunta murió en el aire, compuesto de respuestas silenciosas.
Gris había tomado asiento en la barra, junto a los tres borrachos. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y de su interior brotaba olor a vómitos. Los jóvenes no habían cerrado la puerta al salir y podía escucharse la cisterna del retrete llenándose de nuevo. El chico se había sentado en la mesa y ella se agarraba la cabeza, junto a él. Habían vuelto, de algún modo, y él no dejaba de mirar al tipo de la camisa de cuadros rojos. Uno de los borrachos despertó y miró a Gris, que lloraba en silencio.
Se secó los labios con un pañuelo de tela y acarició el hocico del animal. Rojo deslizó el vaso vacío en la barra y desenvolvió las mangas de su camisa. Ató un botón, después el otro. Dos monedas repicaron sobre la barra.
La furia invadió el cuerpo de Gris. Se incorporó y golpeó la barra con sus manos, se estiró del pelo y volvió a gritar en medio del local:
-¡¡Vamos!!¡Haz algo demonios! ¡No pensarás irte así!
El joven, atacado por los nervios, se levantó de un salto de la mesa y se dirigió a Gris, empujándolo levemente.
-¡¿Pero qué tiene que hacer?!- le preguntó. Tenía los ojos rojos, irritados, pero muy abiertos.
-Ñiiii…-chilló Gris-¡Vamooooos!
-¿Qué coño pasa?- y el joven se dirigió a Rojo de un empujón, que aguardaba de pie- ¿Quién eres tú? ¡Haz lo que tengas que hacer para que este loco se calle! ¡Vamos!
-¡La jodida suerte!¡Ñiiiiiiiiiiiiiii…!- Gris comenzó a chillar sin freno.
Dentro del bar se levantó un fuerte barullo, los tres borrachos comenzaron a berrear entre sí y la joven acusó el dolor de cabeza, que olvidó gritando. El barman azuzó a Gris con más gritos, ordenándole que se marchara, su voz ronca se elevó por encima de todas. El chiguagua agachó la cabeza dentro del bolsillo. Tambaleante y la cara roja de violencia, el joven agarró el cuello de un casco de cerveza sobre la barra y se dirigió hacia Gris, que no paraba de chillar y agitar la cabeza dentro de su melena enmarañada.
Rojo paró el golpe. El barman permanecía detrás de la barra, observando cautelosamente. Rojo tenía cogida la mano del joven por la muñeca, la botella no había impactado en la cabeza de Gris, la agresión lo había asustado y miró a su defensor con ojos llorosos. La expresión sonriente de Rojo apenas había variado, pero el joven agresor temblaba de rabia; lo paralizó la cobardía. Con la otra mano, Rojo le quitó el arma de cristal y después, con suaves movimientos, le indicó con gestos que tomará asiento junto a su pareja. Obedeció. Gris calló de rodillas al suelo y ocultó los lloriqueos detrás de sus manos. Se oía:
-Te odio, te odio, te odio…
El silencio volvió al local, pero la atención de todos se centró en un solo objeto. El casco de cerveza se hallaba en la boca de Rojo, entre sus dientes, blancos como la espuma de afeitar. Con otro empujón suave, Rojo terminó de introducir la botella y selló los labios. Todos palpitaron a corazón abierto cuando escucharon el duro crujir de los cristales rotos. Sin perder la felicidad Rojo mascaba. Ninguno pudo olvidar los chasquidos. Gris se incorporó y volvió a tomar asiento en la barra, junto a los tres borrachos. Uno de ellos, lo miraba, le parecía que aquel hombre había rejuvenecido, su expresión ya no rezumaba ira, sus ojos brillaban de condenada pasión. Fue el único que dejó de observar la mandíbula de Rojo cuando comenzó a tragar.
-Condenado demonio…- el barman buscaba explicación en Gris, que parecía flotar en el vacío- ¿A quién coño nos has traído?¿Quién es?
Rojo se secó los labios con una servilleta, pero no había rastro de sangre. Abrió la boca y aspiró una bocanada del aire húmedo que reinaba en el local. Arrugó la servilleta y la introdujo en un bolsillo del pantalón de tela vaquera.
La pareja joven se levantó de la mesa. Ella era arrastrada por él. Dieron varios pasos hacia el cuarto del retrete, pero no le dieron la espalda a Rojo, en ningún momento. El joven caminaba hacia atrás, como un cowboy en duelo con la cara poseída. Una vez dentro, cerró la puerta. Rojo era observado por todos. Se acercó a la barra y observó las botellas llenas de alcohol sobre las baldas. Señaló una de las baldas, con el brazo y el dedo índice estirados. El barman se acercó a él, la balda señalada soportaba el peso de cinco botellas de güisqui, una caja de puritos y una postal navideña abandonada por el color. El barman rodeó con los dedos una de las botellas y miró a Rojo, pero no dejó de señalar. Tocó el resto de las botellas, pero las pupilas de Rojo no se movían, permanecían ancladas en un punto. Tampoco vibraron cuando el barman señaló la caja de tabaco.
-Qué querrás…- susurró el barman.
Acercó los dedos a la postal navideña y Rojo atrajo hacia sí la mano, cerrada en un puño sobre el pecho. Le tiró la postal sobre la barra. Rojo la levantó con los dos dedos. En un costado colgaba un lazo rosa de seda, cuyo nudo estaba presidido por una figurita en forma de oso. Separándolo del lazo y la postal, colocó el oso sobre la barra, encarado hacia Gris y los tres borrachos. No acertaban a distinguir qué era lo que estaban viendo, uno de ellos se frotaba los ojos. Gris se mantenía en trance. Rojo introdujo los dedos en el bolsillo de la camisa, donde el animal parecía revolverse en el interior, y sacó un minúsculo objeto. Lo acercó al oso. Era un laúd en miniatura. Se borró la sonrisa de su cara para colocar los labios en forma de círculo, Rojo comenzó a silbar. La melodía era suave, serena, como el ritmo de las olas, o el viento. Casi dejaba de ser música. El oso cogió el laúd y comenzó a caminar con las primeras notas de la canción. Junto a él, hizo sonar el instrumento de cuerda, y avanzó a lo largo de la barra sin vacilar, levantando una patita, y después la otra. Giraba la cabeza de lado a lado, al son de la música que brotaba arremolinada por todo el local.
Cuando se topaba con un obstáculo lo esquivaba, no tuvo problemas para llegar al otro lado de la barra, donde Gris y los tres borrachos aguardaban embelesados. Lo miraban todos, procurando comprender aquella realidad. El barman había agachado la cabeza a la altura de la barra, lo seguía de cerca, con la cara descompuesta por el júbilo de un loco. La canción, que repetía las notas a cada rato, era tarareada en silencio por todos; excepto por Gris, cuya expresión nadaba empapada en lágrimas.
Rodeado por los cinco espectadores, el oso se detuvo enfrente de Gris y dejó de tocar la melodía, el silencio volvió a hacerse presente. Torció la cabeza lentamente y le miró a los ojos con dos puntos negros dibujados por un fino pincel. El barman y los tres borrachos volvieron la mirada a Gris, esperando una respuesta. El oso dejó el laúd sobre el suelo de la barra y alzó los brazos en señal de abrazo. Gris susurró abstraído:
-La jodida suerte…
Una correa partía del puño de Rojo hasta el suelo, en un viaje sin retorno. No tan alto como uno solo de los zapatos, su chiguagua galopaba a un lado, sorteaba hojas de periódicos y revistas olvidadas con agilidad y gracia, a pesar de ser diminuto. Ambos trotaban juntos, felices. Sin dar qué hablar, sin dejarse mirar. Inmersos en una burbuja amenazada por el triste entorno.
Una farola encogida miraba hacia abajo con su suave luz. Entre la densa neblina se apreciaba un perfecto cono amarillo apoyado sobre el suelo, roto por el contorno de una silueta encabezada por una capucha, dentro estaba Gris, con la espalda apoyada en el poste. La temperatura le había obligado a abrigarse con capas y retorcer el cuerpo sobre los hombros aquella noche. Su figura imitaba el bostezo de la farola, pero entre sus pocos dientes sólo se veía salir negro. La cara, ensombrecida bajo las telas, tenía la piel pelada, parecía estar cubierta por secas legañas. Por los ojos sólo veía la palma de la mano vacía, sin monedas; a su vez la mano le devolvía la mirada. Los semáforos del cruce de calles donde Gris esperaba cada noche jamás cambiaban de color.
Gris trasnochaba enfrente de un bar que hacía esquina en los bajos de los edificios. La entrada, formada por una amplia cristalera, estaba cubierta de suciedad y no se podía ver el interior. Desde la calle, la luz de la farola no acertaba a alumbrar la puerta de aquel desván de almas perdidas, aunque a nadie le importaba. Sin embargo, cada vez que alguien salía se sorprendía por la claridad de la noche, siempre relativa. Al tirar de la manilla, la puerta hacía sonar varitas metálicas colgadas en el marco. Un ruido molesto para el silencio, que gozaba del máximo respeto en las noches otoñales de aquella urbe. En ese instante era protagonista Gris, durante un segundo, aparecía acompañado del tintineo, su farola y la poca voluntad sentada sobre sus dedos temblorosos. Pero pocas veces lo era, protagonista, durante más de un segundo.
No había salido nadie todavía. Era un bar de clientela fija, “estática” pensó Gris, y tragó saliva y hambre. Entonces, apareció él. Siempre y cuando no le esperaran aparecía, como una descarga eléctrica, como un sueño erótico, sin previo aviso. Siempre antes de ser olvidado del todo, surgía de la nada. Se acercaba haciendo gala de su paso seguro, menospreciando las sombras que tapizaban la noche.
Balanceó sus brazos sin bajar el ritmo de los pasos, hasta llegar a la esquina donde aguardaban la farola, un hombre y el bar. Se estaba recogiendo las mangas, detuvo la marcha frente a la cristalera de la entrada y se agachó. El suelo de cemento desprendía un fuerte olor a orina y pimienta que Rojo no tardó en detectar. Recogió a su chiguagua entre las manos, lo introdujo en un bolsillo de la camisa de cuadros rojos y se levantó.
Rojo y Gris se cruzaron, al igual que sus miradas. Gris reaccionó con una mueca de mala gana y los ojos encendidos. Rojo abrió la puerta del bar, escuchó quieto el tintineo, y entró en la oscuridad, sin vacilar. Gris guardó su mano entre las capas.
Las pupilas se cerraron. La barra estaba cubierta por peladuras de cacahuetes atrapadas entre los cercos de alcohol que dejaban los vasos y alguna botella. Desbordados, los ceniceros contenían la risa de cigarros, puros, letras y fotografías. Un zumbido invisible equilibraba aquel tugurio enmudecido. Hasta las moscas estaban quietas, muertas. Detrás de la barra, que soportaba al fondo tres borrachos caídos, un barman dio la bienvenida al nuevo cliente con un movimiento de ojos. Rojo entró dos zancadas y alcanzó la esquina de la barra a su derecha, cerca todavía de la puerta. Se sentó sobre un taburete con el cuero rasgado y esperó la atención del camarero. Todos en el bar habían advertido su presencia pero nadie poseía fuerza suficiente para mirarle. Los tres borrachos casi soñaban y sentados sobre una mesa, una pareja de jóvenes discutía en silencio por la posesión de un vaso agarrado por ambos. Torcían las muñecas con intención de arrebatárselo el uno al otro de la mano. Parecía un juego de habilidad chino, pero ni él ni ella participaban, su apariencia sonámbula no mostraba la realidad del paraíso donde por ahora volaban. El vaso estaba vacío.
El barman, grueso y sudado, abandonó su puesto cercano a los borrachos y se acercó a Rojo, todavía sonriente. Su chiguagua permanecía vigilante con la minúscula cabeza asomada en el bolsillo.
-Um…- el camarero levantó la barbilla
-Un vaso de leche, lleno de leche, por favor- sugirió Rojo.
El camarero se arrodilló y alzó una jarra de metal. Rojo pudo verle los granos de la espalda. Vertió la leche sobre un vaso mojado y preguntó:
-¿Él también tomará?
-Sí señor, también tomará- Rojo acarició los bigotes del animal.
Junto al vaso dispuso un platito de taza de café y lo llenó de leche.
-Muy amable- agradeció Rojo.
Gris irrumpió en el local. Sacudió la puerta con un manotazo, las varitas de metal chocaron ruidosamente contra el techo, estaba nervioso y parecía enfadado. La joven pareja entreabrió los ojos, pero todos en el bar continuaron inmersos en sus lodosos asuntos. Gris iba y venía, ora se acercaba por la espalda a Rojo, ora se alejaba. Golpeaba en el suelo las servilletas de papel arrugadas y los paquetes de tabaco vacíos. Ya no llevaba puesta la capucha, en su lugar una manta de pelo gris y sin vida le caía hasta los hombros. Tenía las dos manos descubiertas, apoyadas en la cadera. Iba y venía, inquieto, malhumorado, un inventor sin inventos.
Nadie le prestó más atención, hasta que se detuvo y abrió la boca.
-¡Ha venido! Sí, fijaos…- señalo con ambas manos- …¡Ahí está!
Todos miraron a Gris, después a Rojo.
-¡Miradle bien!¡está ahí!¡joder! Está sentado sobre un taburete, bebiendo leche… Y está callado, pero hablará, hará algo, en cualquier momento, lo hará… -Gris insistía y gruñía, con voz burlona y frenética. Nadie entendía- ¡Vamos! Hazlo ya ¿qué esperas? ¡Hazlo!
Rojo sorbió un poco de leche y acercó el platito al chiguagua.
-¿Te vas a quedar parado?- la voz de Gris parecía quebrarse- Amigos, ¡es él! Él es ella… nos sentamos al lado ¡de la jodida suerte!
Los tres borrachos volvieron a hundir la cabeza entre los brazos abandonados sobre la barra. Con paso torpe, la pareja se acercó a Rojo, se apoyaban el uno al otro para andar. El escándalo les había despertado y mostraron cierto interés.
-Estás molestando- le advirtió el barman a Gris.
-No ¡es ella! ¿Os daréis cuenta? la jodida suerte… -y susurró entre dientes- Te odio.
El chico joven se limpió el sudor de la frente, apartando a un lado a su pareja preguntó, con algo que quería ser un balbuceo sonoro:
-¿Qué tiene que hacer?- su mirada perdida barrió el local.
La pregunta murió en el aire, compuesto de respuestas silenciosas.
Gris había tomado asiento en la barra, junto a los tres borrachos. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y de su interior brotaba olor a vómitos. Los jóvenes no habían cerrado la puerta al salir y podía escucharse la cisterna del retrete llenándose de nuevo. El chico se había sentado en la mesa y ella se agarraba la cabeza, junto a él. Habían vuelto, de algún modo, y él no dejaba de mirar al tipo de la camisa de cuadros rojos. Uno de los borrachos despertó y miró a Gris, que lloraba en silencio.
Se secó los labios con un pañuelo de tela y acarició el hocico del animal. Rojo deslizó el vaso vacío en la barra y desenvolvió las mangas de su camisa. Ató un botón, después el otro. Dos monedas repicaron sobre la barra.
La furia invadió el cuerpo de Gris. Se incorporó y golpeó la barra con sus manos, se estiró del pelo y volvió a gritar en medio del local:
-¡¡Vamos!!¡Haz algo demonios! ¡No pensarás irte así!
El joven, atacado por los nervios, se levantó de un salto de la mesa y se dirigió a Gris, empujándolo levemente.
-¡¿Pero qué tiene que hacer?!- le preguntó. Tenía los ojos rojos, irritados, pero muy abiertos.
-Ñiiii…-chilló Gris-¡Vamooooos!
-¿Qué coño pasa?- y el joven se dirigió a Rojo de un empujón, que aguardaba de pie- ¿Quién eres tú? ¡Haz lo que tengas que hacer para que este loco se calle! ¡Vamos!
-¡La jodida suerte!¡Ñiiiiiiiiiiiiiii…!- Gris comenzó a chillar sin freno.
Dentro del bar se levantó un fuerte barullo, los tres borrachos comenzaron a berrear entre sí y la joven acusó el dolor de cabeza, que olvidó gritando. El barman azuzó a Gris con más gritos, ordenándole que se marchara, su voz ronca se elevó por encima de todas. El chiguagua agachó la cabeza dentro del bolsillo. Tambaleante y la cara roja de violencia, el joven agarró el cuello de un casco de cerveza sobre la barra y se dirigió hacia Gris, que no paraba de chillar y agitar la cabeza dentro de su melena enmarañada.
Rojo paró el golpe. El barman permanecía detrás de la barra, observando cautelosamente. Rojo tenía cogida la mano del joven por la muñeca, la botella no había impactado en la cabeza de Gris, la agresión lo había asustado y miró a su defensor con ojos llorosos. La expresión sonriente de Rojo apenas había variado, pero el joven agresor temblaba de rabia; lo paralizó la cobardía. Con la otra mano, Rojo le quitó el arma de cristal y después, con suaves movimientos, le indicó con gestos que tomará asiento junto a su pareja. Obedeció. Gris calló de rodillas al suelo y ocultó los lloriqueos detrás de sus manos. Se oía:
-Te odio, te odio, te odio…
El silencio volvió al local, pero la atención de todos se centró en un solo objeto. El casco de cerveza se hallaba en la boca de Rojo, entre sus dientes, blancos como la espuma de afeitar. Con otro empujón suave, Rojo terminó de introducir la botella y selló los labios. Todos palpitaron a corazón abierto cuando escucharon el duro crujir de los cristales rotos. Sin perder la felicidad Rojo mascaba. Ninguno pudo olvidar los chasquidos. Gris se incorporó y volvió a tomar asiento en la barra, junto a los tres borrachos. Uno de ellos, lo miraba, le parecía que aquel hombre había rejuvenecido, su expresión ya no rezumaba ira, sus ojos brillaban de condenada pasión. Fue el único que dejó de observar la mandíbula de Rojo cuando comenzó a tragar.
-Condenado demonio…- el barman buscaba explicación en Gris, que parecía flotar en el vacío- ¿A quién coño nos has traído?¿Quién es?
Rojo se secó los labios con una servilleta, pero no había rastro de sangre. Abrió la boca y aspiró una bocanada del aire húmedo que reinaba en el local. Arrugó la servilleta y la introdujo en un bolsillo del pantalón de tela vaquera.
La pareja joven se levantó de la mesa. Ella era arrastrada por él. Dieron varios pasos hacia el cuarto del retrete, pero no le dieron la espalda a Rojo, en ningún momento. El joven caminaba hacia atrás, como un cowboy en duelo con la cara poseída. Una vez dentro, cerró la puerta. Rojo era observado por todos. Se acercó a la barra y observó las botellas llenas de alcohol sobre las baldas. Señaló una de las baldas, con el brazo y el dedo índice estirados. El barman se acercó a él, la balda señalada soportaba el peso de cinco botellas de güisqui, una caja de puritos y una postal navideña abandonada por el color. El barman rodeó con los dedos una de las botellas y miró a Rojo, pero no dejó de señalar. Tocó el resto de las botellas, pero las pupilas de Rojo no se movían, permanecían ancladas en un punto. Tampoco vibraron cuando el barman señaló la caja de tabaco.
-Qué querrás…- susurró el barman.
Acercó los dedos a la postal navideña y Rojo atrajo hacia sí la mano, cerrada en un puño sobre el pecho. Le tiró la postal sobre la barra. Rojo la levantó con los dos dedos. En un costado colgaba un lazo rosa de seda, cuyo nudo estaba presidido por una figurita en forma de oso. Separándolo del lazo y la postal, colocó el oso sobre la barra, encarado hacia Gris y los tres borrachos. No acertaban a distinguir qué era lo que estaban viendo, uno de ellos se frotaba los ojos. Gris se mantenía en trance. Rojo introdujo los dedos en el bolsillo de la camisa, donde el animal parecía revolverse en el interior, y sacó un minúsculo objeto. Lo acercó al oso. Era un laúd en miniatura. Se borró la sonrisa de su cara para colocar los labios en forma de círculo, Rojo comenzó a silbar. La melodía era suave, serena, como el ritmo de las olas, o el viento. Casi dejaba de ser música. El oso cogió el laúd y comenzó a caminar con las primeras notas de la canción. Junto a él, hizo sonar el instrumento de cuerda, y avanzó a lo largo de la barra sin vacilar, levantando una patita, y después la otra. Giraba la cabeza de lado a lado, al son de la música que brotaba arremolinada por todo el local.
Cuando se topaba con un obstáculo lo esquivaba, no tuvo problemas para llegar al otro lado de la barra, donde Gris y los tres borrachos aguardaban embelesados. Lo miraban todos, procurando comprender aquella realidad. El barman había agachado la cabeza a la altura de la barra, lo seguía de cerca, con la cara descompuesta por el júbilo de un loco. La canción, que repetía las notas a cada rato, era tarareada en silencio por todos; excepto por Gris, cuya expresión nadaba empapada en lágrimas.
Rodeado por los cinco espectadores, el oso se detuvo enfrente de Gris y dejó de tocar la melodía, el silencio volvió a hacerse presente. Torció la cabeza lentamente y le miró a los ojos con dos puntos negros dibujados por un fino pincel. El barman y los tres borrachos volvieron la mirada a Gris, esperando una respuesta. El oso dejó el laúd sobre el suelo de la barra y alzó los brazos en señal de abrazo. Gris susurró abstraído:
-La jodida suerte…
Bajo el tintineo de las varitas metálicas, la puerta abierta daba paso a una luz desbordante, que nacía muy lejos de aquel bar y aquella ciudad. Estaba saliendo el sol.

3 comentarios:
Ongi etorri blogerrera! Mosu bet Trapagaranetik
Kaixo, mi querido únicocomentario.
Lo sé, ya lo sé. Te sientes sólo ¿qué quieres que haga yo? Lo intento, te lo juro. Tranquilo, ¿me ves a mí alterado? ¿A veces? Puede que tengas razón... ¿Pero de qué sirve la vida si no se altera uno? Al fin y al cabo es lo que nos gusta. Lo sé, no siempre...
Me despido, únicocomentario. Lo que te digo siempre: no seas egoísta, lo tienes todo para ti.
Besarkada bat.
Aupa, Itoiz!
Por fin he conseguido entrar a tu blog.
Te envío una frase que he encontrado mientras navegaba por la red y pienso que te gustará:
"La objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la burla son indicios de salud; todo lo incondicional pertenece a la patología". Nietzsche
Saludos!Hasta el lunes!
Ido
Publicar un comentario en la entrada