Despertares de locura. El Espejo
Me despierto muy sudado. No ha sido una pesadilla, tampoco el calor de la habitación, en estas fechas veraniegas duermo con la ventana abierta y la temperatura me deja mezclar mi cuerpo con las sábanas. Boca arriba me incorporo un palmo apoyando los codos contra la almohada húmeda y pienso en levantarme. Un aliento de luz violeta tiñe las paredes evitando la pared negra de la ceguera, las sombras sonríen tras los libros y otros objetos de decoración. Algunas no sonríen, me miran serias. Gatos y perros.
Es el reloj de mesa digital, demasiado luminoso, demasiada luz violeta, demasiadas sombras. Marca las dos horas. Acompañado de un suspiro me seco el sudor de la frente, me dejaría caer de nuevo sobre la fruta del sueño pero tengo que volver a mirar el reloj luminoso, en un acto reflejo. Lo cojo y lo zarandeo sin levantarlo de la mesita de madera. Marca las 2:00. Las dos en punto. Qué raro. No parpadean los dos puntos que dividen la hora y los minutos. El tiempo se ha detenido dentro de mi reloj digital. El tiempo se ha estropeado dentro de un reloj digital. Y su intensa luz violeta me rodea la cara como una brisa constante, como un aliento de color.
De un tirón alzo la sábana. Mi pijama está mojado, mi cuello y la entrepierna nadan. Tendría fiebre, algún tipo de maldad estaría recorriendo mis venas. Y siento la cabeza abotargada, empeñada en presentar las ideas con una sola cara. Es humilde la resaca que, a pesar del peso de la noche sobre mis ojos, no me produce mareo. Mi atención permanece concentrada, muy concentrada.
Siento el cuerpo más mío que nunca, me siento tan dentro de mi piel que apenas tengo que realizar movimientos físicos para ser plenamente consciente del control que poseo sobre él, en todos los sentidos. Soy capaz de escuchar palmadas sin aplaudir, capaz de sentir el calor de la sangre bombeada, treinta y siete grados; el sudor que escapa por los poros abiertos de mi pellejo. Mi imaginación se excita, y noto que algo se escapa de mi poder, algo se apodera de mi mente para diluirla y constituirla en sangre y hueso. Una sensación intensa que no he experimentado antes.
Concentrado como estoy me incorporo fuera de la cama, el vello de mi cuerpo se deshace del abrazo de la sábana baja, más rugosa que nunca. Al igual que el velcro se divide en dos, me despego de este tejido. Me sitúo en el medio de la habitación, los pies plantados en profundidad sobre la alfombra, y con un suspiro dilato cada pulmón hasta donde soy capaz.
La luz blanca del cuarto de baño me despabila de un susto. El sonido cortante del interruptor se hace visible. He llegado hasta aquí saliendo al pasillo y caminando apenas cuatro pasos. Los pasos más pesados que he dado en mi vida. No quiero decir que me cueste andar, cada vez que apoyo la planta del pie en el suelo, todas las partes del todo en mi interior se asientan como los escombros desplomados de un edificio derribado. La luz blanca del cuarto de baño aprieta mis pupilas.
Pronto me siento como un plomo sobre la taza y lo que no forma parte de mí comienza a salir lentamente, acariciando mi piel con la sensibilidad del tacto de los dedos. El cuerpo desnudo ha dejado de sudar y un escalofrío motivado por el frío acicala mi cara como el lamido de un perro. La soledad que siento en este cuarto es inmensa. Saberme indefenso en la habitación más iluminada de la casa es algo difícil de asimilar, poco normal. Como un grito opaco a las puertas de la noche.
Liberado echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. La baldosa es muy dura y el cabello se arremolina entre sí como loco, la punta de cada pelo busca una salida. Termino… y se abre el telón, sin previo aviso.
Enfrente a mí un gran espejo cubre la pared. Un espejo limpio, puro, llano, y hasta hoy demasiado real.
Entorno los ojos hacia él, su altura no me permite verme reflejado, debo alargar el cuello para poder apreciar parte de mi cabello, sentado como estoy.
Aparece en un pestañear.
Dentro de ese otro cuarto que sólo el espejo es capaz de reproducir una figura de pie, quieta y orgullosa me observa. Ha clavado los ojos en mí, no se mueve, no suda, apenas respira. Permanezco sentado un instante, aterrado, y apenas puedo comprender lo que veo: soy yo, asomado al espejo, al otro lado, observando cómo se agarrota mi cuerpo desnudo sentado en una ridícula taza.
Miro a los ojos, no tienen fondo, me pierdo en ellos en el instante en que puedo observarme a mí mismo, durante un fotograma no sé siquiera quién soy yo. Me incorporo con suavidad temiendo hacer ruido. Mi mente bloqueada no busca un por qué, continúa enraizada en el cuerpo y junto a él se incorpora, no escapa, permanece encarcelada en la agudeza de los sentidos, sólo siente.
Sus ojos, los míos tras el espejo, no abandonan su tarea. No aparta la mirada y ciertamente parece mi perfecto reflejo cuando me pongo recto, o esa sensación tengo. Entonces me fundo con él, la alucinación busca la realidad, inmóvil como estoy el espejo vuelve a ser fiel a su ley. Pero el terror no cesa: no puedo moverme, no puedo moverme en absoluto, si lo hago corro el riesgo de enfrentarme de nuevo a la irrealidad, a la realidad. Es entonces cuando comienzo a pensar y dudar, dudar y pensar. Quiero que alguien me escuche ‘No puedo moverme ¿no lo entiendes? ¡No puedo!’. Estoy solo. ¿Realmente estoy solo?
Desaparece el espejo. La imagen se vuelve tan nítida que la impresión de estar frente a mí, verdaderamente frente a mi persona, copa todo el sentido. Aquella forma de conciencia es de pronto tan clara que sólo puede ser reflejada por un estadillo de mis sentidos, como un pinchazo en la espalda, entroniza mi alma.
Los colores se vuelven brillantes y se adueñan de la fuerza y la atención alrededor de mi mirada. La rugosidad de los azulejos se acentúa hasta parecer exagerada, las formas desprenden un halo de doble sentido, tan ficticias como reales. Cada tono de color exagera sus posibilidades hasta hacerme olvidar su significado, no hay blancos o amarillos, no existen azules o verdes en los adornos a media altura en la pared. No son colores, son insultos dirigidos a mi capacidad de razonar, pero en este momento esta capacidad se halla frustrada y casi destruida.
Me siento embotellado, embutido en conserva, la visión que entra como un torrente a través de mis ojos me aprieta contra un mundo que dejo de comprender. Esto ocurre en torno a mí, pero yo permanezco inmóvil.
Basta. La luminosidad crece y yo desaparezco. La boca y las fosas nasales se inundan de sabores y olores desconocidos derivados de los colores que ahora lo invaden todo. Entran en mí. La piel se quema con tonos duros y es congelada por los claros. Los bordes de la silueta de mi reflejo al otro lado se difuminan progresivamente. Pero él continua escrutándome.
Lo último que veo antes de perder la coherencia visual son sus ojos, mis ojos, abiertos, apuntalados como clavos en el espacio.
Escucho una explosión en mi interior. En el exterior. Después silencio. El silencio de las estrellas.
Me despierto muy sudado. No ha sido una pesadilla, tampoco el calor de la habitación, en estas fechas veraniegas duermo con la ventana abierta y la temperatura me deja mezclar mi cuerpo con las sábanas. Boca arriba me incorporo un palmo apoyando los codos contra la almohada húmeda y pienso en levantarme. Un aliento de luz violeta tiñe las paredes evitando la pared negra de la ceguera, las sombras sonríen tras los libros y otros objetos de decoración. Algunas no sonríen, me miran serias. Gatos y perros.
Es el reloj de mesa digital, demasiado luminoso, demasiada luz violeta, demasiadas sombras. Marca las dos horas. Acompañado de un suspiro me seco el sudor de la frente, me dejaría caer de nuevo sobre la fruta del sueño pero tengo que volver a mirar el reloj luminoso, en un acto reflejo. Lo cojo y lo zarandeo sin levantarlo de la mesita de madera. Marca las 2:00. Las dos en punto. Qué raro. No parpadean los dos puntos que dividen la hora y los minutos. El tiempo se ha detenido dentro de mi reloj digital. El tiempo se ha estropeado dentro de un reloj digital. Y su intensa luz violeta me rodea la cara como una brisa constante, como un aliento de color.
De un tirón alzo la sábana. Mi pijama está mojado, mi cuello y la entrepierna nadan. Tendría fiebre, algún tipo de maldad estaría recorriendo mis venas. Y siento la cabeza abotargada, empeñada en presentar las ideas con una sola cara. Es humilde la resaca que, a pesar del peso de la noche sobre mis ojos, no me produce mareo. Mi atención permanece concentrada, muy concentrada.
Siento el cuerpo más mío que nunca, me siento tan dentro de mi piel que apenas tengo que realizar movimientos físicos para ser plenamente consciente del control que poseo sobre él, en todos los sentidos. Soy capaz de escuchar palmadas sin aplaudir, capaz de sentir el calor de la sangre bombeada, treinta y siete grados; el sudor que escapa por los poros abiertos de mi pellejo. Mi imaginación se excita, y noto que algo se escapa de mi poder, algo se apodera de mi mente para diluirla y constituirla en sangre y hueso. Una sensación intensa que no he experimentado antes.
Concentrado como estoy me incorporo fuera de la cama, el vello de mi cuerpo se deshace del abrazo de la sábana baja, más rugosa que nunca. Al igual que el velcro se divide en dos, me despego de este tejido. Me sitúo en el medio de la habitación, los pies plantados en profundidad sobre la alfombra, y con un suspiro dilato cada pulmón hasta donde soy capaz.
La luz blanca del cuarto de baño me despabila de un susto. El sonido cortante del interruptor se hace visible. He llegado hasta aquí saliendo al pasillo y caminando apenas cuatro pasos. Los pasos más pesados que he dado en mi vida. No quiero decir que me cueste andar, cada vez que apoyo la planta del pie en el suelo, todas las partes del todo en mi interior se asientan como los escombros desplomados de un edificio derribado. La luz blanca del cuarto de baño aprieta mis pupilas.
Pronto me siento como un plomo sobre la taza y lo que no forma parte de mí comienza a salir lentamente, acariciando mi piel con la sensibilidad del tacto de los dedos. El cuerpo desnudo ha dejado de sudar y un escalofrío motivado por el frío acicala mi cara como el lamido de un perro. La soledad que siento en este cuarto es inmensa. Saberme indefenso en la habitación más iluminada de la casa es algo difícil de asimilar, poco normal. Como un grito opaco a las puertas de la noche.
Liberado echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. La baldosa es muy dura y el cabello se arremolina entre sí como loco, la punta de cada pelo busca una salida. Termino… y se abre el telón, sin previo aviso.
Enfrente a mí un gran espejo cubre la pared. Un espejo limpio, puro, llano, y hasta hoy demasiado real.
Entorno los ojos hacia él, su altura no me permite verme reflejado, debo alargar el cuello para poder apreciar parte de mi cabello, sentado como estoy.
Aparece en un pestañear.
Dentro de ese otro cuarto que sólo el espejo es capaz de reproducir una figura de pie, quieta y orgullosa me observa. Ha clavado los ojos en mí, no se mueve, no suda, apenas respira. Permanezco sentado un instante, aterrado, y apenas puedo comprender lo que veo: soy yo, asomado al espejo, al otro lado, observando cómo se agarrota mi cuerpo desnudo sentado en una ridícula taza.
Miro a los ojos, no tienen fondo, me pierdo en ellos en el instante en que puedo observarme a mí mismo, durante un fotograma no sé siquiera quién soy yo. Me incorporo con suavidad temiendo hacer ruido. Mi mente bloqueada no busca un por qué, continúa enraizada en el cuerpo y junto a él se incorpora, no escapa, permanece encarcelada en la agudeza de los sentidos, sólo siente.
Sus ojos, los míos tras el espejo, no abandonan su tarea. No aparta la mirada y ciertamente parece mi perfecto reflejo cuando me pongo recto, o esa sensación tengo. Entonces me fundo con él, la alucinación busca la realidad, inmóvil como estoy el espejo vuelve a ser fiel a su ley. Pero el terror no cesa: no puedo moverme, no puedo moverme en absoluto, si lo hago corro el riesgo de enfrentarme de nuevo a la irrealidad, a la realidad. Es entonces cuando comienzo a pensar y dudar, dudar y pensar. Quiero que alguien me escuche ‘No puedo moverme ¿no lo entiendes? ¡No puedo!’. Estoy solo. ¿Realmente estoy solo?
Desaparece el espejo. La imagen se vuelve tan nítida que la impresión de estar frente a mí, verdaderamente frente a mi persona, copa todo el sentido. Aquella forma de conciencia es de pronto tan clara que sólo puede ser reflejada por un estadillo de mis sentidos, como un pinchazo en la espalda, entroniza mi alma.
Los colores se vuelven brillantes y se adueñan de la fuerza y la atención alrededor de mi mirada. La rugosidad de los azulejos se acentúa hasta parecer exagerada, las formas desprenden un halo de doble sentido, tan ficticias como reales. Cada tono de color exagera sus posibilidades hasta hacerme olvidar su significado, no hay blancos o amarillos, no existen azules o verdes en los adornos a media altura en la pared. No son colores, son insultos dirigidos a mi capacidad de razonar, pero en este momento esta capacidad se halla frustrada y casi destruida.
Me siento embotellado, embutido en conserva, la visión que entra como un torrente a través de mis ojos me aprieta contra un mundo que dejo de comprender. Esto ocurre en torno a mí, pero yo permanezco inmóvil.
Basta. La luminosidad crece y yo desaparezco. La boca y las fosas nasales se inundan de sabores y olores desconocidos derivados de los colores que ahora lo invaden todo. Entran en mí. La piel se quema con tonos duros y es congelada por los claros. Los bordes de la silueta de mi reflejo al otro lado se difuminan progresivamente. Pero él continua escrutándome.
Lo último que veo antes de perder la coherencia visual son sus ojos, mis ojos, abiertos, apuntalados como clavos en el espacio.
Escucho una explosión en mi interior. En el exterior. Después silencio. El silencio de las estrellas.
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