03 marzo 2006

La Niña

Despertares de locura II. La Niña

La niña no dejaba de llorar. Tenía la cara arrugada y compungida por el rojo de la sangre que le subía a la cabeza. Ya no caían lágrimas, cada gesto de lloro empujaba cada facción de su expresión hacia el centro; como un embudo la alegría de la vida desaparecía por un desagüe abierto en el centro de su mirada perdida. El rugido que fluía entre sus dos dientes comenzaba a hacerse visible y decidí cogerla entre los brazos. No se calmaba, la besé en la frente pero no se calmaba. Le cubrí la parte trasera de su cabecita con la palma de mi mano y la acerqué a mí. La acuné con el balanceo de mi cuerpo y supo relajarse por fin. Qué animal tan hermoso, al igual que los primates e incluso otras muchas especies protagonistas de documentales me recordaban al ser humano, la personita que comenzaba a aferrarse a mi contorno poseía la candidez de un pequeño mamífero guiado por su instinto. Le hablé despacio, le conté con suavidad lo que pensaba de una niña tan bonita como ella, y permanecía callada. Alguna vez, pensé, tuve la oportunidad de tener hijos, de cuidarme y educarme de nuevo, desde afuera; pero nunca me decidí a dar el paso. Y reconozco que nunca tuve miedo, quizás la culpable fuera la inercia de mi vida, no me dejó tener nada por más tiempo que unos meses, y jamás me dio la oportunidad de echar el ancla al mar.

Esto era lo que pensaba, así que la niña desapareció de entre mis brazos, y pronto olvidé que había desaparecido. Me hallaba echado sobre una superficie similar a la hierba, por el tacto, pero era otra cosa. Mis piernas de las rodillas para abajo comenzaron a hundirse entre el extraño follaje. Alguien me quitó los brazos. Moví la cabeza de lado a lado, sintiendo el cuerpo inmovilizado, y volví a mirarme, alguien me quitó los brazos, estos dedos no eran los míos. De un lado a otro, instintivamente, se balanceaban los brazos de la niña, sustituyendo mis propias extremidades; movidos por el oleaje de mi mirada. Me estaba mareando. Apareció, estaba de nuevo aferrada a mi cuello, cariñosa, me miraba con sus ojos de almendra, la dulzura de su cara iluminaba una luna, tuve ganas de abrazarla. De pie, la sujetaba con firmeza sobre mi pecho. Ella dormía con una sonrisa. Y yo lloraba. Solo recordé este momento y desperté con este momento. La imagen fue en color, y un gusto salado tejía mi lengua.

Como un erizo me estiré en la cama. No pude levantarme hasta el mediodía, mi sueño y el recuerdo coparon el espejo del armario ropero a un lado de la cama. No pude apartar la mirada de una cara descompuesta por el lloro. Tumbado como estaba, rumbo a favor de tu calma.

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