Una instantánea, desde el interior (ambos), sobre la facultad de Bellas Artes de Leioa.
A Bellas Artes’06
Me acabo de sentar. No sé si es el ojo del huracán, pero he dejado de dar vueltas. Quizá haya sido la ansiedad lo que me ha llevado aquí, quizá no. Siempre quise sentarme. Pero eso no importa ¿Se puede escribir bajo los efectos de la ansiedad? Me está dando el sol en la espalda. Se cuela por los ventanales, por todos: los amplios y los estrechos. Como el agua. Pero da calor. El agua también puede dar calor. La ropa de invierno me aprieta las carnes pero no pienso despojarme de nada, me atrevo, pero prefiero aguantar protegido. Me aflige el miedo, estoy seguro. Puede que sea el mayor enemigo, pero no quiero creer en ello. Siempre puede provocar comprensión. Puede provocarla. En este momento me gustaría saborearla. Aunque es solo mía la culpa.
Para mi sorpresa la mesa no está destruida, la madera es suave, conserva la dignidad que la vio nacer en la empresa maderera. Apenas un boceto con forma humana a lápiz. Efímero. Yo mismo podría borrarlo. Ahora. No creo que deba alterar los hechos. De hecho, estoy en el ojo, en el centro quieto, yo diletante, del huracán.
Ya estoy más tranquilo. Como una droga, la calma y la confianza penetran en mi piel. He dejado que mi unidad lo asimile. Por fin, dejo de ser un extranjero. Después de tantas veces, tantos paseos, siento la familiaridad. Me ubico dentro y observo. Observo sin velo, sin miedos.
Es el efecto de la calma. Por sentarme. Por escribir. Porque rezumo mente en este establo de pasiones latentes. Por dejar de sentir. Un pincel apartado del lienzo que, por fin, puede ver la obra del arquitecto.
Pensé que hoy me inundaría el aroma a pintura, más que nunca. Pero no puedo evitar el humo, de tabaco. Es la condición, lo que tiene el ojo. De los que quieren la calma.
No creo que las ideas se detengan aquí. Pero por los pasillos el corazón tierno fluye. Fluye tierno, y doblado. Un papel higiénico que vuela a vueltas sobre su soporte. Gira y gira. Se descompone. Se estira. Enseña. Sirve.
Un joven acaba de cagar, se levanta, y el dinero, supuesto, privado. Entra en su cuarto, observa su acción, su ojo huracanado, su calma. Y exige ¡elige! También tiene destellos rosas, fosforitos. También se ven otras cosas.
Los grupos de estudiantes lo intentan, se alimentan, escupen y provocan. Se reúnen, ahogan y dialogan. Me ahogo y dialogo, contigo. Lo intentan. Lo consiguen. Lo conseguimos todos.
El arte. Pero el dinero, como el sol, como el agua, penetra en el ojo por los ventanales. Y da calor. Quema. Enciende los cigarros del humo que trago. Y alienta las pasiones de los ojos, cerrados.
El cielo se ha abrigado de nubes. La luz se rompe.
Veo el cuadro, en la pared, cagando. Comienzo a ser feliz de nuevo. He dejado de ser extraño.
Quizá pueda borrar el dibujo a lápiz, alterarlo. Y rasgar la suave madera. Puedo hacerlo. Estoy pensando… Veo guitarras, pero algunas solo tocan vergüenza. Ya. Me levanto…
Bellas Artes ‘06
A Bellas Artes’06
Me acabo de sentar. No sé si es el ojo del huracán, pero he dejado de dar vueltas. Quizá haya sido la ansiedad lo que me ha llevado aquí, quizá no. Siempre quise sentarme. Pero eso no importa ¿Se puede escribir bajo los efectos de la ansiedad? Me está dando el sol en la espalda. Se cuela por los ventanales, por todos: los amplios y los estrechos. Como el agua. Pero da calor. El agua también puede dar calor. La ropa de invierno me aprieta las carnes pero no pienso despojarme de nada, me atrevo, pero prefiero aguantar protegido. Me aflige el miedo, estoy seguro. Puede que sea el mayor enemigo, pero no quiero creer en ello. Siempre puede provocar comprensión. Puede provocarla. En este momento me gustaría saborearla. Aunque es solo mía la culpa.
Para mi sorpresa la mesa no está destruida, la madera es suave, conserva la dignidad que la vio nacer en la empresa maderera. Apenas un boceto con forma humana a lápiz. Efímero. Yo mismo podría borrarlo. Ahora. No creo que deba alterar los hechos. De hecho, estoy en el ojo, en el centro quieto, yo diletante, del huracán.
Ya estoy más tranquilo. Como una droga, la calma y la confianza penetran en mi piel. He dejado que mi unidad lo asimile. Por fin, dejo de ser un extranjero. Después de tantas veces, tantos paseos, siento la familiaridad. Me ubico dentro y observo. Observo sin velo, sin miedos.
Es el efecto de la calma. Por sentarme. Por escribir. Porque rezumo mente en este establo de pasiones latentes. Por dejar de sentir. Un pincel apartado del lienzo que, por fin, puede ver la obra del arquitecto.
Pensé que hoy me inundaría el aroma a pintura, más que nunca. Pero no puedo evitar el humo, de tabaco. Es la condición, lo que tiene el ojo. De los que quieren la calma.
No creo que las ideas se detengan aquí. Pero por los pasillos el corazón tierno fluye. Fluye tierno, y doblado. Un papel higiénico que vuela a vueltas sobre su soporte. Gira y gira. Se descompone. Se estira. Enseña. Sirve.
Un joven acaba de cagar, se levanta, y el dinero, supuesto, privado. Entra en su cuarto, observa su acción, su ojo huracanado, su calma. Y exige ¡elige! También tiene destellos rosas, fosforitos. También se ven otras cosas.
Los grupos de estudiantes lo intentan, se alimentan, escupen y provocan. Se reúnen, ahogan y dialogan. Me ahogo y dialogo, contigo. Lo intentan. Lo consiguen. Lo conseguimos todos.
El arte. Pero el dinero, como el sol, como el agua, penetra en el ojo por los ventanales. Y da calor. Quema. Enciende los cigarros del humo que trago. Y alienta las pasiones de los ojos, cerrados.
El cielo se ha abrigado de nubes. La luz se rompe.
Veo el cuadro, en la pared, cagando. Comienzo a ser feliz de nuevo. He dejado de ser extraño.
Quizá pueda borrar el dibujo a lápiz, alterarlo. Y rasgar la suave madera. Puedo hacerlo. Estoy pensando… Veo guitarras, pero algunas solo tocan vergüenza. Ya. Me levanto…
Bellas Artes ‘06