(7:11:14)
Basado en un sueño real
CAPÍTULO 1
Mis manos. Todavía vibran cautelosas con el recuerdo de aquel artefacto. Un recuerdo cuya forma física mi memoria olvida con el paso del tiempo. Sin embargo, aún resuena en mis oídos, y el sentido profundo, el grave zumbido que provoca la agitación de tres malditas coordenadas, huecas, que levantarían las paredes de mi vida. Ésta es una historia de mente.
Es difícil para mí explicaros cuándo empezó todo. Echo la mirada atrás y entreveo: una vida agitada, exigente, y un hombre, embebido por responder. Un callejón apretado, un camino por recorrer, es así cómodo de decir.
Había yo salido de una fiesta que organicé en mi casa. Un acto de esos que la empresa nos concedía de tanto en tanto para ahogar el estrés en ginebra y discusiones de trabajo. El calor de la bebida y la calefacción para el invierno, me habían obligado a ausentarme un rato, por lo que dejé solos en el piso a mis invitados, que en ese momento se embroncaban entre sí. Los últimos ecos de sus voces me llegaban rebotados. M. chillaba con A. mientras A. malinterpretaba a D., con avidez D. aducía a M. lo que A. siempre pensó de él.
Abrí la puerta del portal y el aire helado se coló por los recodos de mi silueta. Puse un paso sobre la acera y saludé a la noche con un golpe de barbilla. Siempre fueron frías las horas nocturnas de la ciudad, pero estaba decidido a dar un rodeo en torno al edificio, por lo que eché a andar por un callejón. Me abroché la chaqueta al cuello y pensé en lamerme los dedos, que perdían temperatura. Desprendían aroma a alcohol y óxidos.
No había nadie afuera. La luna brillaba con fuerza y enseguida me vi rodeado de sombras y otros tonos grises. La luz se esconde cuando uno no quiere ver o no quiere ser visto, y continúo. Después de caminar un trecho, una fuerte arcada me sacudió el cuerpo, y los labios trémulos expulsaron un carraspeo picante. Mi estomago acusó los excesos. Tambaleante, me dirigí contra un muro para apoyar la espalda y doblar un instante las piernas, que vibraban. Recuerdo que volví a abrir los ojos ya tumbado en el suelo, con el corazón encogido y la vista volteada. Supuse un desmayo repentino que me dejó como muerto sobre unas húmedas cajas de cartón con olor a carnicería. Por encima del estado físico sentí una lástima enorme, ahorcada, que expulsé en un grito sin voz; justo antes de caer en un sueño esponjoso.
El primer viaje fue espantoso. El estallido metálico de una celda al cerrarse estiró mi cuerpo como una vara. Me puse en pie inmediatamente en el interior de un habitáculo cerrado por paredes de piedra y unas rejas negras. Al otro lado un pasillo dantesco con grilletes colgando de las paredes era iluminado por varias antorchas de fuego. La luz temblaba quejumbrosa con los lamentos de otros hombres que me acompañaban en aquella celda. Desnudos, o apenas cubiertos por trapos, silbaban o clamaban con palabras arrastradas de un idioma desconocido. Las respuestas volvían rebotadas por las paredes de aquella cueva, aquel calabozo. Dominado por el susto, me acerqué a uno de aquellos pobres guiñapos, y lo zarandeé con preguntas absurdas, comprendiendo al instante que ni mi lengua, siquiera mi presencia, fue acogida con gusto. El abundante cabello grasiento ocultaba la expresión de horror de aquel hombre que se echó de lado contra la pared, y lo único que comprendí en aquella situación fue que guardaba receloso un objeto entre sus manos. Un tonto comprendería que se trataba de algo vital y relevante, y no tardé en adivinar, además, que aquel bulto que protegía me había sido arrebatado momentos antes, mientras dormía. Con asombrosa facilidad se lo extraje de un forcejeo y contemplé boquiabierto, por primera vez, el artefacto. Absorbida mi atención, mi entorno cambió de nuevo.
Como ya dije, mi memoria ha optado por obviar la forma exacta de aquel chisme que con el tiempo se esfuma como la niebla. Pero conservo sí, con exactitud, la imagen digital de tres cifras rojas que se hallaban en su parte frontal. Tres coordenadas que nadie podrá borrar ya de mi mente y que sirvieron por primera vez para llevarme de vuelta a casa. Perdón, al callejón.
(03:91:12)
Por mucho que apretara el frío, sudaba a chorros. Aún continuaba echado sobre las cajas de cartón de donde me levanté dudoso. El aire silbaba ondulante entre las fachadas de los edificios, por encima ningún sonido más, excepto el claqueteo de mis dientes tiritando. Oculté el artefacto bajo el brazo con miedo de ser visto y me deslicé calle adentro en busca de un cobijo donde poder pensar. Miré a ambos lados inquieto, no era aquel un lugar de paso para mí. Sistemáticamente trazaba la misma ruta hacia el trabajo día tras día cada mañana, y aquel callejón, aunque inofensivo, sólo se planteaba en la mente de borrachos y vagabundos. Volví a olisquearme los dedos, la ginebra impregnada traía consigo un recuerdo de voces furiosas, pero el reciente acontecimiento anuló cualquier conclusión hospitalaria a la que pudiera llegar respecto a mis invitados que indudablemente, continuaban disfrutando de su fiesta. Tropecé con una botella de cristal que me obligó a apoyar una mano en el suelo, acto seguido, observé una especie de habitáculo construido de madera y cartón, que se hallaba a la altura de mis ojos. Rodé hasta él. Tuve la impresión de usurpar la propiedad de alguien, y acerqué al alcance de las manos la botella con la que había tropezado. Apreté los dientes, el frío pasaba. Volví a fijar la vista en aquellas cifras rojas, cuya luminosidad tenían la capacidad de absorber toda mi atención. Otra cosa recuerdo, la levedad con la que sentía aquel artefacto entre las manos, junto a mi propia levedad, la levedad… de un viajero.
(03:91:12)
Con una ilusión y facilidad imposibles, acerté en su funcionamiento. Aquellas cifras representaban un tiempo, un tiempo sí… y también un espacio. Algo que comprendí mientras volvía a colocar los dedos bajo mis orificios nasales. Las tres coordenadas que ahora brillaban fogosas eran, sin duda, las que señalaban mi actual situación, las que, precisamente, me habían traído de vuelta de aquel mohoso calabozo. Supuse que aquel primer viaje, en algún rincón del medievo lejano, había sido un accidente que provoqué al caer sobre el artefacto que, sin duda, se encontraba perdido entre las cajas de cartón. Reconozco que a partir de aquel instante me asustó mi propia brillantez exaltada que, con sólo pensar, era capaz de alterar los dígitos de aquellas coordenadas. No obstante la excitación, fui cauteloso.
(03:91:05)
Una habitación, empapelada por tonos blancos y verdes. Un sofá, descosidos los apoyabrazos. Baldas cedidas por el peso. Y olor a guiso. Un murmullo de televisor en el aire y… pasos. Aunque de susto se detuvo, la que había sido mi mujer en otro… tiempo, rejuvenecida, irrumpió en aquella sala que tanto me era familiar; con la contundencia de sus pasos habló en voz alta, “…y yo tan feliz, fíjate, y no aguanto esta locura… ¿Qué carajo haces aquí? Que no te guste tu trabajo no significa que tengas a bien escaparte cuando quieras… que… que… pero, ¡apestas!”. Admiré su belleza un segundo, un segundo de vida por volver a mirarla a los ojos con toda su fuerza, era hermosa. “No me vas a explicar nada, porque, no quiero escuchar nada…” hablaba para sí, levantando una mano y mirando al suelo. Yo callaba a la vez que estiré los brazos para mostrarle aquello, mi artefacto. No lo vio, no se fijó, y fui consciente de una súbita sensación, mi condición única, alterada, contraria, la levedad del viajero. Por única contestación a mi compañera del pasado, disparé un grito descompuesto y malcriado. Le chillé a la cara con dolor y resentimiento y, al mismo tiempo, me pregunté si no pudiera llegar a volverme loco. Volteé las coordenadas hacia mí para volver a desaparecer…
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CAPÍTULO 2
No tengo miedo de reconocer que fui testigo de las más diversas épocas, cuyo momento histórico ignoraba por completo. Todos aquellos viajes tuvieron, sin embargo, su sitio en el pasado, y a menudo en lugares inhóspitos y desolados. Me atrevo a decir que fue fruto del azar el hecho de no acabar dando con mis huesos en algún paisaje futurista, algo que, por mi parte, hubiera sido de agradecer. Pero con creces me conformaba con tener que aguantar la adrenalina desencajada que insuflaba cada proyección hacia una nueva frontera.
El trato humano fue escaso y confuso, evité este contacto no permaneciendo más de quince o treinta minutos en cada escenario; aunque, he de admitir, la percepción del tiempo real se desvaneció como lógica sobre el altar. Aún recuerdo, rocas puntiagudas, aristas de caliza rota; una tormenta de arena sobre un desierto nocturno y lechoso de luna; un poderoso cauce azul y yo sobre un puente de piedra junto a lo que parecían ser romanos en guardia; un gran fuego alimentado por bocas de dolor, insufrible; montañas nevadas; y el reverberante eco de una combustión indómita a lo lejos, bajo un horizonte sangriento. La amenaza que suponían algunas estancias, lograron acobardarme y en un momento de lucidez forzosa provoqué la vuelta de tres cifras que indicaban el frío, el cartón, y el olor a ginebra de unos dedos arrugados.
(03:91:12)
Permanecí quieto con los ojos cerrados y el corazón acelerado. Tenía las manos hinchadas y molestias en la cabeza, un dolor atenuado por la calma que, progresivamente, me traía de vuelta. Oteé el suelo y topé con la botella que dejé a mi lado, hice ademán de beber pero, ya lo sabía, estaba vacía; con cierta dejadez la empujé unos metros fuera del chamizo. Me froté los ojos y bostecé.
Un sonido estridente, parecido al llanto de una ballena, llamó mi atención hasta echar un vistazo al callejón. Una luz tímida se abría paso entre los altos tejados de los edificios, y los primeros autobuses atestados de trabajadores trazaban su ruta diaria por las calles colindantes. La carrocería articulada de uno de ellos se lamentó de nuevo con fuertes chirridos. Me costaba lo indecible hilar pensamientos, había pasado la noche cambiando de escenario. Mi entendimiento aturrullado se afanaba por preservar un mínimo de equilibrio constante, lo que hizo que recordase la fiesta en mi piso. Mis compañeros, sin duda, se habrían largado hace ya horas a sus casas, excepto A., que antes del alcohol me aseguró que si la cosa iba bien (es decir, mal) se quedaría a pasar la noche, algo probable. Avancé unos pocos pasos con intención de encaminarme hacia el portal, dentro de aproximadamente una hora debíamos presentarnos en el trabajo y pensé que no estaría demás intentar echarme un rato, asearme y cambiarme. Tampoco puse mucho empeño en la idea, pero los párpados se me entornaban en cascada.
Un reflejo muscular en el brazo me hizo recordar mi valiosa carga y me detuve para comprobar que seguía ahí, bajo la chaqueta, junto al cuerpo. “¿Sería posible resistirme a mostrar al resto del mundo aquel talismán, aquel insulto a la lógica?”, formulé para mí, desencajado. “¿Sería posible ocultarlo?”.
Cuando apenas di unos pasos más, una voz apremiante me asaltó de pronto en mis adentros.
─ ¿Dónde has estado?
Oteé mi cuerpo con las manos, después los oídos. Aquella voz rebotó en mi cabeza como un péndulo macizo, la entonación fue severa y real, existente. Pero no vi, no vi nada. “¿Quién habla?”, quise decir.
─ ¿Dónde has estado?
─ ¿Quién eres? ─ acerté a decir.
─ Soy A.
Un espasmo me sacudió. Aquel nombre cayó sobre mí como una losa desnuda de pesadas dimensiones, ni rastro de alivio. Una extraña sensación proveniente del exterior. Entonces, sentí en la nuca el aliento frío de un ser humano que aguardaba a mis espaldas.
─ ¡Demonios! No me castigues así a sustos, que no es un crimen abandonar la residencia de uno mismo cuando así se desea ─ vociferé dándome la vuelta.
Me sorprendieron sus dimensiones. Siempre había tenido A. una corpulencia respetable, poco menos que la mía propia, pero más curtida y de carnes apretadas. Sin embargo, me pareció grande, incluso amenazante. El contorno de su silueta permanecía emborronado y mezclado con el entorno oscuro del callejón y apenas reflejaba la poca luz que se asomaba mientras amanecía. Su rostro aparecía recto y casi inanimado. Los muchos años de amistad que llevaba compartidos con aquel individuo parecían perderse entre aquellos rasgos adustos, predominados por una mirada sin alma y pequeños labios abiertos que parecían reproducir en silencio la letra inicial de su nombre, A.
─ Nunca te gustaron las peleas, ni las broncas, por eso te fuiste.
Procuré recordar el momento en el que abandoné mi apartamento, pero era una tarea sumamente difícil.
─ Qué dirás. Quiero ir a casa, ¿vienes? ─ espeté.
─ No participas. Siempre te lo guardas todo y no sueltas nada. Te evades cuando te sientes molestado y ¿qué consigues?, que tus propios compañeros se maten a gritos, sin un moderador que encauce las discusiones. Ah, claro, pero un moderador necesita formar un criterio, de hecho, es el que precisa de mayor criterio. Y tú, no entiendes de eso. Eres un cobarde y aquí estás, empapado de frío, empapado en tu propia cobardía. Es eso lo que te mantiene alejado del cauce, lo que te vuelve loco y no te deja razonar. Es tu cobardía la que impide que otros avancen, y que yo mismo avance. Es tu cobardía la que, esta noche, está matando a un amigo que quiere explicarte. Es tu cobardía la que siempre te impedirá recuperar a tu mujer. La falta de luz te impide ver, te impide reconocer.
─ Pero… ¿qué coño estás diciendo? ─ asustado por el tono y la forma, intenté reponerme de la sorpresa y buscar una razón en aquella mirada acusadora. Sentí miedo de darle la espalda y me encaré frente a él; no con intención de mostrarme amenazador, sino como única respuesta posible en una situación que dejé de comprender ─. Si has salido a buscarme no hacía falta, sé volver a casa solito… ¿Por qué dijiste eso? ¿Tuvisteis pelea?
─ ¿Pelea? Se ha cometido un crimen… Dime, ¿cuánto tiempo hace que no la ves?
─ Qué… ─ mi desconcierto era descomunal. Aun así, tragué saliva y musité dolido ─ no sé de quién me hablas.
─ Está preciosa, como siempre. Es cosa curiosa, que la juventud nunca la abandona ─ levemente tuve la extraña sensación de ser yo quien lo dijo.
─ Hijo de puta, borracho… ─ aunque me pudo el enfado, mis palabras salieron ligeras, tímidas. Antes de que llegaran a sus oídos ya me daba la vuelta para marchar decidido hacia el portal.
─ Tendrías que verla, no existe el día que no se despierte con una sonrisa y una canción en el corazón. No te provoco, sólo te lo explico.
No contesté. Seguí avanzando mientras buscaba ginebra entre los dedos. No hallé alcohol, encontré el aroma del guiso y la imagen de un rostro en el pasado.
─ Siempre te evades, pero todo rincón tiene paredes, y así estás tú, encerrado. Apretando bajo el brazo la poca razón que te queda ─ dijo A. con voz rotunda. Me detuve con cautela y percibí de nuevo aquel bulto ─. Enséñamelo, deja de esconderlo, deja de esconderte. Continúa así y te darás cuenta de que siempre puede ser demasiado tarde. Enséñame eso que guardas con tanto recelo.
No adivino por qué, pero sus palabras me sacudieron esta vez. Me invadió la soledad que ofrece el desnudo. Atónito, me volví de nuevo para descubrir un semblante renovado. Dejó de parecerme amenazador. Los ojos le brillaban de inteligencia y pedían a gritos mi rendición, con un gesto prudente y condescendiente. Sin embargo, continuaba cubierto de sombras, mi sombra. Eso era, ciertamente, lo que siempre quise. Ahora no, ahora no, a estas horas no.
Lo reconozco, aquella vez, allí mismo, quise matarle, quise recuperar mi vida, mi mujer, el sabor. Quise ver más allá de la evidencia, más allá del perdedor que A. tenía delante. Pero no pude levantarme un palmo del suelo, aplastado como estaba, y ya en el fondo, miré hacia arriba como lo hacen los perros, y le quise como a un hermano.
─ ¿Demasiado tarde, amigo? ─ pregunté habiéndole tendido las manos bajo tres cifras rojas.
No contestó. Recogió de mis dedos aquel objeto y se quedó mirando, perplejo. El haz de luz esparcía el rojo a través de su semblante.
El silbido cortante de una bala se cruzó entre los dos, después otra, y otra. La niebla reinaba sobre un pasto de hierba alta que cubría las rodillas, y el estruendo de los cañones de guerra protestaba, como la maza de un juez, en mitad de un campo de batalla. No sé quién sufrió mayor desconcierto, si A. o el soldado que apareció en escena abriéndose paso entre la neblina y pronunciando desgañitadas palabras en francés. Quedó parado frente a nosotros mientras apuntaba con su arma. Su bigote subía y bajaba a la vez que pedía explicaciones, a mi juicio, sin mostrar muchos deseos de querer obtenerlas. Arrugó la frente con fuerza y amagó con el cuerpo como nervioso, vestía casaca roja debajo de un tabardo sucio y rasgado. Pronuncié algo que querían ser palabras y aproveché para acercarme más a A., con iniciativa. Estaba como ausente, pero aún aguantaba el artefacto con sus manos. Quise cogerlo pero, por sorpresa, un segundo soldado apareció detrás del primero, muy excitado y con otra arma. Irrumpió gritando, y no dejó de hacerlo cuando nos vio allí paralizados y controlados por su compañero, apenas intercambió dos palabras con él y apuntó con ímpetu hacia A. Una rosa roja explotó en el abdomen de mi compañero con una violencia incurable, algunos pétalos me salpicaron, pero pude coger de sus manos, a tiempo de caer al suelo, el billete de vuelta.
(03:91:12)
No dejé, en principio, que el pánico me viniera encima cuando volví al callejón. Con los reflejos exaltados que provoca un peligro inminente, busqué en derredor toda pista que confirmara que, en efecto, habíamos vuelto y que la mirada certera de un francés en guerra se había apagado para siempre. Aún me temblaban los oídos, asustados por el disparo; lo que me llevó, frenético, a palparme el cuerpo en busca de una herida huidiza. Ningún disparo me había alcanzado, la sangre me quemaba por dentro de la piel y no por fuera, donde el rastro de una rosa deshojada manchaba mis dedos. Llamó mi atención, aquella sangre estaba fría como el aire, y… estaba seca. El susto me estrujaba la garganta cuando quise pronunciar alguna palabra tranquilizadora, pero pareció ahogarme del todo cuando comprobé por fin, al extender la vista más allá de mi persona, que había vuelto yo solo. Nadie más había, con vida o sin vida, en aquel callejón.
Ciego de horror, busqué con pies y manos por el suelo y las paredes, levanté y descompuse el cartón de las cajas y más basura que se agolpaba en las esquinas y tiré abajo uno o dos chamizos que se interpusieron en mi camino. Busqué, pero A. no estaba allí, cosa que me costaba creer. Tanto dudé de su verdadera ausencia en aquel momento, que incluso vacilé sobre si yo mismo no seguiría aún inmerso en aquella revuelta francesa, y abstraído por el terror de los disparos no me había, sino, evadido de la mano de algún sueño de esos que llegan antes de la muerte.
Volví a descubrir el artefacto bajo el brazo y lo puse entre mis manos temblorosas. Entonces, me sobrevino el recuerdo desgarrado y doloroso de tres malditas coordenadas, cuyo olvido me impedían volver al rescate de un amigo perdido en el espacio-tiempo.
CAPÍTULO 3
Apenas sí había fijado la atención en la lamentable situación en la que se encontraba mi apariencia cuando entré en las oficinas de la empresa. No hubo tiempo. Salí disparado de la humedad del callejón y recorrí sin titubear el trayecto diario de casa al trabajo. No me detuve a hablar con nadie que no fuese capaz de comprender en absoluto el fatal suceso, por lo que volvía a sentir la levedad del viajero. Como en un bostezo constante, mantuve una mano pegada a la boca que aún no era capaz de expulsar el espanto. Los ojos, muy abiertos, se tragaban la luz de un sol madrugador que, al contrario de otros días, no me molestaba. El día brillaba con fuerza en la ciudad, pero en mi mente sólo persistía la niebla, un soldado y tres coordenadas que brotaban en infinitud de combinaciones imposibles, con unos, sietes y cuatros sin orden ni concilio, inmersas en el caos de la memoria. Así anduve yo kilómetro y medio a pie, sin reparar en los árboles privados de ciudad, sin oler las tostadas de los bajos, sin calzarme, un día más, el asfalto bajo los pies; ensimismado como estaba. Tres malditas coordenadas, volver, y regresar con A. sobre los hombros: un proceso rápido y sencillo cuyo gran obstáculo era yo, y nadie más. Yo el problema, yo la solución. Pero incapaz.
Aún susurraba números sueltos del cero al nueve, que sistemáticamente asignaba a mis dedos manchados para facilitar el cálculo, en el momento en el que posé un pie sobre la moqueta gris de la oficina. Al principio nadie se fijó en mí. Más de la mitad de los empleados se ocupaban ya de sus tareas entre las mesas repartidas por toda la sala. El de hoy parecía ser, sin embargo, uno de esos días donde reina el buen humor desde primera hora de la mañana, aquí y allá se repartían risas y efusivas bienvenidas que auguraban una jornada leve. Incluso, una compañera se fijó en mí desde la distancia y me dedicó una sonrisilla con cara de circunstancia; desde luego, no había reparado bien. Me sobrevino cierta sensación agradable de observador pasivo, que no se repetía desde… mi primer día de trabajo. Con tal panorama no supe a quién dirigirme, hasta que M. me cogió del hombro mientras entraba por la puerta detrás de mí.
─ Canalla. Ayer juerga con A. y… hoy… ─ su semblante cambió de una forma radical ─, pero si estás hecho un asco amigo ¡qué tienes!
Le miré de soslayo sin moverme más de lo justo.
─ Parece que te pegaron una paliza o algo así… ─ continuó ─ ¿de dónde vienes? No me digas que no te has ido a la cama porque me parto de risa.
─ No M., tienes que escucharme…
─ Oh, oh,… y ¿dónde anda entonces A.? Como le haya durado la marcha igual que a ti hoy tenemos conversación para rato ─ y rompió en una carcajada que atrajo las miradas del resto de los allí presentes.
Sus movimientos reflejaban la frescura del que ha dormido y desayunado muy bien. En aquel momento, hubiera jurado que M. no probó la ginebra en toda la noche; un pensamiento que me forzó a recordar los instantes de ebriedad que pase en el apartamento junto a mis compañeros.
─ Tienes que escucharme cojones ─ le dije agarrándole de la manga.
Quise moverle en dirección a los servicios, pero un pequeño grupo de personas se acercaban ya a nosotros con intención entusiasta de emprender, ellos también, una mañana de alegrías. Con otro tirón logré que M. callara, tras lo cual se puso algo más serio, y me dispuse a cruzar entre los escritorios de la oficina hasta llegar a los servicios, al otro lado. Sofía, secretaria y educada, me interrumpió el paso tocándome la cara con las manos.
─ Estás enfermo cariño ─ me acarició la mejilla, sus manos olían a esmalte de uñas recién untado ─ ¿por qué vienes a currar? ¿No le veis?
─ Lo que está es borracho, y bien borracho Sofía ─ soltó M. con más risas.
─ Dejadme un momento ¡por favor! ─ un mareo repentino hizo que me temblaran las piernas y lo disimulé apoyándome en el hombro de M.
─ No, de verdad, pienso que éste no está bien, menudos ojos lleva. ¡Oh! M., cómo eres, el alcohol no hace esto con este cacho de hombre.
─ Claro que no Sofía, ¡hace cosas peores! que uno conoce el medio…
─ Sólo eres un fanfarrón M., sólo eso. Que ya sé yo que llevas tiempo sin salir de casa por ahorrarte un duro más que el resto. Al menos éste se desmadra un rato.
Miré fijamente a los dos pero me costó verles con claridad y parte de mi barbilla parecía aletargarse con que, visiblemente extrañado, pregunté con dificultad.
─ Pero dime M., ayer en mi fiesta… ─ un pinchazo me arrugó por dentro ─ ¿A qué hora dejasteis el piso D. y tú?
─ ¡Cómo! ─ interrumpió Sofía ─ anoche éste únicamente calentó los calzones en el sofá. Que una fácil se entera del malvivir de otros.
─ ¡Llámalo malvivir! Pero al menos no traigo esta cara… ─ M. parecía algo malhumorado dada la falta de su privacidad, se volvió hacia mí ─ Oye tío, sé que A. y tú queríais intimidad para hablar de vuestras cosas y eso, pero no me digas ahora que tendría que haber ido porque a pesar de lo que diga esta bruja…
Perdí la consciencia y me desmayé sobre la moqueta que no llegué a sentir, al fondo pronunciaron mi nombre…
…tiempo que no deja de decir números…
…tú de eso, yo no puedo encargarme ahora…
… no lo sé, siete-catorce u once-catorce, déjalo ya cojones…
… que abría un poco los ojos te digo…
Desperté con terrible angustia, como si hubiese vuelto de una amarga pesadilla. Pronto iba a descubrir que estaba equivocado: aún no he vuelto.
Me encontraba en medio de un despacho, echado en un diván de gustoso cuero al que me aferraba sañudo con ambas manos. Era el lugar de trabajo del jefe de sección en la oficina, puesto que ocupaba D.. A un lado, una cristalera dejaba ver el resto de la oficina en la que varios compañeros trabajaban afanosos, de vez en cuando alguno miraba a través del cristal. Mi despertar atrajo más expectación. Junto a mí esperaban, como tres torres, M., D. y Sofía. Agradecí que rondaran tan cerca porque sus cabezas ocultaban la luz que salía a chorros de varios focos en el techo.
─ ¿Podéis bajar esa luz? ─ balbuceé.
─ Oh, gracias, vuelves, claro cariño ─ Sofía se acercó al regulador en la pared e hizo que todo oscureciera.
─ No sé chico, no te veo nada bien. Hemos llamado a un médico pero, en vez de eso, he pensado en mandarte directamente a casa para que duermas la mona. Cuando te metieron en mi despacho me asusté, pero según me cuentan M. y tu nuevo perfume… ¿Acaso no sabes telefonear? Ni falta hacía que vinieras en estas condiciones ─ expuso D. mientras se atusaba la barba y se fijaba en mis manos contraídas. M. callaba al lado, ya no sonreía tanto.
─ Llevas unos minutos inconsciente y… delirando, nos has dado un buen susto ─ comentó M. con prudencia.
─ No te entiendo. No… No entendéis, ¡tenéis que ayudarme! ─ aún no comprendía que no estuvieran enterados de nada. Tan fuerte me empuja la voluntad que bastaba mi mirada para hacer comprender el atasco en el que me encontraba.
─ ¿Lo ves? Te lo he dicho, no es normal ─ comentó M. sin quitarme los ojos de encima. Sentí que ambos hacían de médicos, con las manos a la espalda y ladeando negativamente la cabeza en gesto desaprobador. D. continuó hablando.
─ Pero ¿Qué te pasa? ¿En qué te podemos ayudar?
─ No lo vais a creer, pero… ¡Oh! Tenéis que ayudarme a recordar ¡Recordar! ─ me incorporé progresivamente sobre el diván ─ Son tres, amigos. Tres números o… tres coordenadas o cifras con dos dígitos cada una. Es decir, seis números emparejados en tres cifras. Cada cifra con unidades y decenas ¿comprendéis? Tres putos números… no lo sé… ─ me miré los dedos con intención de retomar un cálculo ─ tres, once o… doce, y sietes y un doce sí… mierda, cero y tres doce y ¡mierda! ¡No lo recuerdo! Lo vi, sólo sé que lo vi un instante antes de volver al callejón. Tuve que verlo un instante antes de pensar en el tres-noventa y uno-doce. Tiene que estar guardado en mi memoria y ¡tengo que sacarlo!
Ambos me miraban consternados. D. abría la boca con el propósito de añadir algo a mi torcido discurso, pero finalmente calló. Sus ojos hablaban demasiado. Sofía se mantuvo en un segundo plano, detrás de sus espaldas, con miedo de mostrarse mirona cuando la emoción me obligaba a hablar con más volumen del normal. Yo continué.
─ No entendéis pero dejadme que yo os explico. Cada combinación de números representa un lugar en el espacio y en el tiempo. Un punto… tres-noventa y uno-doce representa el ahora, el callejón ─ les miré a los ojos ─, el callejón de debajo de mi casa, el que da esquina a la calle de mi portal… ─ volví a contar con los dedos ─ El número que busco… son, siete, y doce, no, doce no… un cuatro y un tres… pero no… había unos, más de uno, era sencilla…
─ ¿Qué intentas decirnos? ¿Te ha ocurrido algún accidente? ¿Te golpeó alguien? ─ me preguntó D. visiblemente inquietado.
Al tiempo que él detenía mis cálculos con preguntas, Sofía se acercó por un lado y comenzó a inspeccionarme la cabeza. Sus dedos se enredaron como el velcro entre mis cabellos lo que me produjo, al principio, un cosquilleo soñador.
─ Hablas de números ─ dijo M.
─ Sí.
─ Mientras estabas inconsciente deliraste algunas palabras… parecía ¿francés?, y mencionaste algunos números.
─ Sí ¡Sí! El soldado francés… ¡sí! ¡Y los números! ¡Qué números!
─ No recuerdo… catorce, siete, doce, once… no sé. Ese tipo de números ─ M. se ponía nervioso, sus propias palabras le resultaban absurdas y movía de forma negativa la cabeza.
─ Sí, esos números, ¡recuérdalos! siete, catorce, once, doce… esos ¡esos! ─ miré para otro lado ─ Te saco de ahí A.. Pueden ser siete-catorce-once… pueden ser… ¡Yo te saco!
Se atenazaron mis nervios con la proximidad de una combinación posiblemente correcta. Sin embargo, una franja imposible de saltar desvanecía cada búsqueda certera y, a cada intento, volvía a caer de bruces sobre el fango pastoso de la angustia y la impotencia. Un proceso que se tornaba contagioso con el tiempo y netamente desesperanzador. De un manotazo aparté a Sofía, que aún continuaba hurgando en el pelo.
─ ¡Déjame en paz! Yo estoy bien, es A. quien tiene problemas.
Aquel gesto de furia contenida alteró la actitud de mis observadores, que se acercaron más a mí alargando sus pulposos brazos. Sofía, de aquella manera contrariada, abandonó veloz el despacho. Algunos fisgones se agolparon en la cristalera, pero no entraban. D. se acercó con palabras tranquilizadoras, pero el agarrón que imprimió sobre mi hombro no logró sino ponerme más irritable. M. habló.
─ Escucha D., algo pasa, en serio, A. no ha ocupado aún su mesa, y no es, precisamente, de los que burlan con tranquilidad el horario diario.
─ ¡Prestad atención compañeros! ─ mi voz excitada barruntaba cierta ironía ─ Después de nuestra fiesta, recordad, yo abandoné el apartamento, hastiado de alcohol…
─ Dirás. ¿Qué fiesta? ─ intentó M., D. levantó los hombros, pero yo continué.
─ …y descubrí, olvidado en el callejón, ¡un artefacto! ¡El artefacto! Cuya parte frontal presentaba tres cifras rojas ─ el estadillo de mi discurso acercó a toda la gente de la oficina ─. ¡Tres cifras que encarcelaron a A. en algún lugar, en algún instante, de una revuelta francesa! Justo antes de recibir un disparo en el pecho, en mitad de una contienda. Y justo antes, de que yo pudiera regresar salvo al callejón. ¡Necesito volver y arrancarle a la muerte la vida de mi amigo!
Todo se agitó en torno a mí.
─ ¡Éste es el artefacto!
A partir de aquello mal recuerdo lo sucedido. Me enfurecí hasta perder el control. Tomé una conducta anormal y agresiva y comencé a vociferar los nombres de mis compañeros cuando comprobé que no tenía en mi poder artefacto alguno.
Palpé cardíaco entre la ropa, bajo el brazo, y busqué con pies y manos por el suelo y las paredes; como ya lo hice en aquel callejón entre cajas de cartón. Pateé las sillas e incluso me subí a la mesa. Les pregunté desbocado dónde lo habían ocultado, y los acusé, a todos, de innumerables formas.
CAPÍTULO 4
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(07:14:12)
(07:12:11)
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(07:11:14)
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─ …siete-once-catorce, siete-once-catorce,… ¡Oh A.! Qué insufrible y absurda me parece esta situación. Semejante insulto no recibió la locura cuando la tacharon de insana. ¡Y me llaman loco y me encierran! Y aquí tengo en mi memoria tu salvación. ¡Dios no pudo ser más irónico cuando señaló una manzana! Soy culpable sin duda, culpable por tener la llave y no abrir la cerradura de la puerta que te ata, la misma puerta que me ata. Me encerráis, y sois también culpables. Existe, sabed, una persona que clama a gritos un retorno, un segundo para volver, y le cerráis las puertas. Alguien que… ¡os está pidiendo vuestra atención! ¡Lo estáis matando!... En cada instante en que decidís no volver a por él. Cada vez que os tapáis los oídos para no escuchar y cerráis los ojos para esconderos de la luz. Pues bien, aquí tenéis: SIETE-ONCE-CATORCE. No más. Vuestra la puerta, vuestra la llave. Está enfermo… y yo lo veo… tiene frío.
A pesar de mis súplicas, M., el último en salir, cerró la puerta sin vacilar. Pronto me quedé sólo en este habitáculo de blancas paredes. Un pequeño cristal en forma de círculo y gruesos marcos me permitía mirar al otro lado: un pasillo. Observé un instante y volví a sentarme sobre unas sábanas limpias, sin ánimo alguno de silenciar la voz.
“… siete-once-catorce. Un cálculo perfecto, sobrehumano, que me ha venido flotando, envuelto en sueños, y sin embargo tan real, pero tarde. Tan real amigo A. que casi te siento aquí a mi lado, en conversación profunda contigo mismo. Así te veo, vivo y con actitud vehemente, y eso sí, sin sangre en las manos… Escúchame, yo te hablo, pero me dicen que tengo sangre tuya en los dedos, y sangre tuya en las ropas y, aún así, no me creen amigo. Y mira si les he explicado todo lo sucedido una y otra vez a M. a D. y a tantos otros desconocidos con ese afán que tienen todos de interponerse. Tantos han escuchado la verdad, a lo largo de dos días… pero no tienen oídos, y aquí me han dejado. Casi me tienen convencido, que yo te odiaba, que envidié tu vida hasta lo humano y… ¡ah! que preciosa era aquella… mi mujer, en verdad...”
“Que dicen que yo te maté, pues no existió tal fiesta, me lo ha dicho M. a los ojos hace tan sólo unos minutos. Eso dicen, que tan sólo bebimos tú y yo. Y que no viajé a ningún lugar recóndito, y que no vi a ningún romano, ningún francés… eso dicen; que perdí la cabeza, que me imaginé las cosas, que me negué tu muerte, que tampoco nos encontramos en el callejón apenas se asomaba el amanecer…, porque tu cuerpo no salió aquella noche de mi apartamento… eso dicen. Tendré trastornado el juicio, pero se equivocan: en verdad te maté, así es amigo, te di muerte, pero no en mi piso, no en mi mente. Te maté en aquel callejón, y allá continúa tu cuerpo silenciado, como el mío: en otro tiempo, en otro espacio.
¡Abandonados!”
…y busco entre mis dedos: sssnff ¡ah! la ginebra… no es demasiado tarde…
Mis manos. Todavía vibran cautelosas con el recuerdo de aquel artefacto. Un recuerdo cuya forma física mi memoria olvida con el paso del tiempo. Sin embargo, aún resuena en mis oídos, y el sentido profundo, el grave zumbido que provoca la agitación de tres malditas coordenadas, huecas, que levantarían las paredes de mi vida. Ésta es una historia de mente.
Es difícil para mí explicaros cuándo empezó todo. Echo la mirada atrás y entreveo: una vida agitada, exigente, y un hombre, embebido por responder. Un callejón apretado, un camino por recorrer, es así cómodo de decir.
Había yo salido de una fiesta que organicé en mi casa. Un acto de esos que la empresa nos concedía de tanto en tanto para ahogar el estrés en ginebra y discusiones de trabajo. El calor de la bebida y la calefacción para el invierno, me habían obligado a ausentarme un rato, por lo que dejé solos en el piso a mis invitados, que en ese momento se embroncaban entre sí. Los últimos ecos de sus voces me llegaban rebotados. M. chillaba con A. mientras A. malinterpretaba a D., con avidez D. aducía a M. lo que A. siempre pensó de él.
Abrí la puerta del portal y el aire helado se coló por los recodos de mi silueta. Puse un paso sobre la acera y saludé a la noche con un golpe de barbilla. Siempre fueron frías las horas nocturnas de la ciudad, pero estaba decidido a dar un rodeo en torno al edificio, por lo que eché a andar por un callejón. Me abroché la chaqueta al cuello y pensé en lamerme los dedos, que perdían temperatura. Desprendían aroma a alcohol y óxidos.
No había nadie afuera. La luna brillaba con fuerza y enseguida me vi rodeado de sombras y otros tonos grises. La luz se esconde cuando uno no quiere ver o no quiere ser visto, y continúo. Después de caminar un trecho, una fuerte arcada me sacudió el cuerpo, y los labios trémulos expulsaron un carraspeo picante. Mi estomago acusó los excesos. Tambaleante, me dirigí contra un muro para apoyar la espalda y doblar un instante las piernas, que vibraban. Recuerdo que volví a abrir los ojos ya tumbado en el suelo, con el corazón encogido y la vista volteada. Supuse un desmayo repentino que me dejó como muerto sobre unas húmedas cajas de cartón con olor a carnicería. Por encima del estado físico sentí una lástima enorme, ahorcada, que expulsé en un grito sin voz; justo antes de caer en un sueño esponjoso.
El primer viaje fue espantoso. El estallido metálico de una celda al cerrarse estiró mi cuerpo como una vara. Me puse en pie inmediatamente en el interior de un habitáculo cerrado por paredes de piedra y unas rejas negras. Al otro lado un pasillo dantesco con grilletes colgando de las paredes era iluminado por varias antorchas de fuego. La luz temblaba quejumbrosa con los lamentos de otros hombres que me acompañaban en aquella celda. Desnudos, o apenas cubiertos por trapos, silbaban o clamaban con palabras arrastradas de un idioma desconocido. Las respuestas volvían rebotadas por las paredes de aquella cueva, aquel calabozo. Dominado por el susto, me acerqué a uno de aquellos pobres guiñapos, y lo zarandeé con preguntas absurdas, comprendiendo al instante que ni mi lengua, siquiera mi presencia, fue acogida con gusto. El abundante cabello grasiento ocultaba la expresión de horror de aquel hombre que se echó de lado contra la pared, y lo único que comprendí en aquella situación fue que guardaba receloso un objeto entre sus manos. Un tonto comprendería que se trataba de algo vital y relevante, y no tardé en adivinar, además, que aquel bulto que protegía me había sido arrebatado momentos antes, mientras dormía. Con asombrosa facilidad se lo extraje de un forcejeo y contemplé boquiabierto, por primera vez, el artefacto. Absorbida mi atención, mi entorno cambió de nuevo.
Como ya dije, mi memoria ha optado por obviar la forma exacta de aquel chisme que con el tiempo se esfuma como la niebla. Pero conservo sí, con exactitud, la imagen digital de tres cifras rojas que se hallaban en su parte frontal. Tres coordenadas que nadie podrá borrar ya de mi mente y que sirvieron por primera vez para llevarme de vuelta a casa. Perdón, al callejón.
(03:91:12)
Por mucho que apretara el frío, sudaba a chorros. Aún continuaba echado sobre las cajas de cartón de donde me levanté dudoso. El aire silbaba ondulante entre las fachadas de los edificios, por encima ningún sonido más, excepto el claqueteo de mis dientes tiritando. Oculté el artefacto bajo el brazo con miedo de ser visto y me deslicé calle adentro en busca de un cobijo donde poder pensar. Miré a ambos lados inquieto, no era aquel un lugar de paso para mí. Sistemáticamente trazaba la misma ruta hacia el trabajo día tras día cada mañana, y aquel callejón, aunque inofensivo, sólo se planteaba en la mente de borrachos y vagabundos. Volví a olisquearme los dedos, la ginebra impregnada traía consigo un recuerdo de voces furiosas, pero el reciente acontecimiento anuló cualquier conclusión hospitalaria a la que pudiera llegar respecto a mis invitados que indudablemente, continuaban disfrutando de su fiesta. Tropecé con una botella de cristal que me obligó a apoyar una mano en el suelo, acto seguido, observé una especie de habitáculo construido de madera y cartón, que se hallaba a la altura de mis ojos. Rodé hasta él. Tuve la impresión de usurpar la propiedad de alguien, y acerqué al alcance de las manos la botella con la que había tropezado. Apreté los dientes, el frío pasaba. Volví a fijar la vista en aquellas cifras rojas, cuya luminosidad tenían la capacidad de absorber toda mi atención. Otra cosa recuerdo, la levedad con la que sentía aquel artefacto entre las manos, junto a mi propia levedad, la levedad… de un viajero.
(03:91:12)
Con una ilusión y facilidad imposibles, acerté en su funcionamiento. Aquellas cifras representaban un tiempo, un tiempo sí… y también un espacio. Algo que comprendí mientras volvía a colocar los dedos bajo mis orificios nasales. Las tres coordenadas que ahora brillaban fogosas eran, sin duda, las que señalaban mi actual situación, las que, precisamente, me habían traído de vuelta de aquel mohoso calabozo. Supuse que aquel primer viaje, en algún rincón del medievo lejano, había sido un accidente que provoqué al caer sobre el artefacto que, sin duda, se encontraba perdido entre las cajas de cartón. Reconozco que a partir de aquel instante me asustó mi propia brillantez exaltada que, con sólo pensar, era capaz de alterar los dígitos de aquellas coordenadas. No obstante la excitación, fui cauteloso.
(03:91:05)
Una habitación, empapelada por tonos blancos y verdes. Un sofá, descosidos los apoyabrazos. Baldas cedidas por el peso. Y olor a guiso. Un murmullo de televisor en el aire y… pasos. Aunque de susto se detuvo, la que había sido mi mujer en otro… tiempo, rejuvenecida, irrumpió en aquella sala que tanto me era familiar; con la contundencia de sus pasos habló en voz alta, “…y yo tan feliz, fíjate, y no aguanto esta locura… ¿Qué carajo haces aquí? Que no te guste tu trabajo no significa que tengas a bien escaparte cuando quieras… que… que… pero, ¡apestas!”. Admiré su belleza un segundo, un segundo de vida por volver a mirarla a los ojos con toda su fuerza, era hermosa. “No me vas a explicar nada, porque, no quiero escuchar nada…” hablaba para sí, levantando una mano y mirando al suelo. Yo callaba a la vez que estiré los brazos para mostrarle aquello, mi artefacto. No lo vio, no se fijó, y fui consciente de una súbita sensación, mi condición única, alterada, contraria, la levedad del viajero. Por única contestación a mi compañera del pasado, disparé un grito descompuesto y malcriado. Le chillé a la cara con dolor y resentimiento y, al mismo tiempo, me pregunté si no pudiera llegar a volverme loco. Volteé las coordenadas hacia mí para volver a desaparecer…
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CAPÍTULO 2
No tengo miedo de reconocer que fui testigo de las más diversas épocas, cuyo momento histórico ignoraba por completo. Todos aquellos viajes tuvieron, sin embargo, su sitio en el pasado, y a menudo en lugares inhóspitos y desolados. Me atrevo a decir que fue fruto del azar el hecho de no acabar dando con mis huesos en algún paisaje futurista, algo que, por mi parte, hubiera sido de agradecer. Pero con creces me conformaba con tener que aguantar la adrenalina desencajada que insuflaba cada proyección hacia una nueva frontera.
El trato humano fue escaso y confuso, evité este contacto no permaneciendo más de quince o treinta minutos en cada escenario; aunque, he de admitir, la percepción del tiempo real se desvaneció como lógica sobre el altar. Aún recuerdo, rocas puntiagudas, aristas de caliza rota; una tormenta de arena sobre un desierto nocturno y lechoso de luna; un poderoso cauce azul y yo sobre un puente de piedra junto a lo que parecían ser romanos en guardia; un gran fuego alimentado por bocas de dolor, insufrible; montañas nevadas; y el reverberante eco de una combustión indómita a lo lejos, bajo un horizonte sangriento. La amenaza que suponían algunas estancias, lograron acobardarme y en un momento de lucidez forzosa provoqué la vuelta de tres cifras que indicaban el frío, el cartón, y el olor a ginebra de unos dedos arrugados.
(03:91:12)
Permanecí quieto con los ojos cerrados y el corazón acelerado. Tenía las manos hinchadas y molestias en la cabeza, un dolor atenuado por la calma que, progresivamente, me traía de vuelta. Oteé el suelo y topé con la botella que dejé a mi lado, hice ademán de beber pero, ya lo sabía, estaba vacía; con cierta dejadez la empujé unos metros fuera del chamizo. Me froté los ojos y bostecé.
Un sonido estridente, parecido al llanto de una ballena, llamó mi atención hasta echar un vistazo al callejón. Una luz tímida se abría paso entre los altos tejados de los edificios, y los primeros autobuses atestados de trabajadores trazaban su ruta diaria por las calles colindantes. La carrocería articulada de uno de ellos se lamentó de nuevo con fuertes chirridos. Me costaba lo indecible hilar pensamientos, había pasado la noche cambiando de escenario. Mi entendimiento aturrullado se afanaba por preservar un mínimo de equilibrio constante, lo que hizo que recordase la fiesta en mi piso. Mis compañeros, sin duda, se habrían largado hace ya horas a sus casas, excepto A., que antes del alcohol me aseguró que si la cosa iba bien (es decir, mal) se quedaría a pasar la noche, algo probable. Avancé unos pocos pasos con intención de encaminarme hacia el portal, dentro de aproximadamente una hora debíamos presentarnos en el trabajo y pensé que no estaría demás intentar echarme un rato, asearme y cambiarme. Tampoco puse mucho empeño en la idea, pero los párpados se me entornaban en cascada.
Un reflejo muscular en el brazo me hizo recordar mi valiosa carga y me detuve para comprobar que seguía ahí, bajo la chaqueta, junto al cuerpo. “¿Sería posible resistirme a mostrar al resto del mundo aquel talismán, aquel insulto a la lógica?”, formulé para mí, desencajado. “¿Sería posible ocultarlo?”.
Cuando apenas di unos pasos más, una voz apremiante me asaltó de pronto en mis adentros.
─ ¿Dónde has estado?
Oteé mi cuerpo con las manos, después los oídos. Aquella voz rebotó en mi cabeza como un péndulo macizo, la entonación fue severa y real, existente. Pero no vi, no vi nada. “¿Quién habla?”, quise decir.
─ ¿Dónde has estado?
─ ¿Quién eres? ─ acerté a decir.
─ Soy A.
Un espasmo me sacudió. Aquel nombre cayó sobre mí como una losa desnuda de pesadas dimensiones, ni rastro de alivio. Una extraña sensación proveniente del exterior. Entonces, sentí en la nuca el aliento frío de un ser humano que aguardaba a mis espaldas.
─ ¡Demonios! No me castigues así a sustos, que no es un crimen abandonar la residencia de uno mismo cuando así se desea ─ vociferé dándome la vuelta.
Me sorprendieron sus dimensiones. Siempre había tenido A. una corpulencia respetable, poco menos que la mía propia, pero más curtida y de carnes apretadas. Sin embargo, me pareció grande, incluso amenazante. El contorno de su silueta permanecía emborronado y mezclado con el entorno oscuro del callejón y apenas reflejaba la poca luz que se asomaba mientras amanecía. Su rostro aparecía recto y casi inanimado. Los muchos años de amistad que llevaba compartidos con aquel individuo parecían perderse entre aquellos rasgos adustos, predominados por una mirada sin alma y pequeños labios abiertos que parecían reproducir en silencio la letra inicial de su nombre, A.
─ Nunca te gustaron las peleas, ni las broncas, por eso te fuiste.
Procuré recordar el momento en el que abandoné mi apartamento, pero era una tarea sumamente difícil.
─ Qué dirás. Quiero ir a casa, ¿vienes? ─ espeté.
─ No participas. Siempre te lo guardas todo y no sueltas nada. Te evades cuando te sientes molestado y ¿qué consigues?, que tus propios compañeros se maten a gritos, sin un moderador que encauce las discusiones. Ah, claro, pero un moderador necesita formar un criterio, de hecho, es el que precisa de mayor criterio. Y tú, no entiendes de eso. Eres un cobarde y aquí estás, empapado de frío, empapado en tu propia cobardía. Es eso lo que te mantiene alejado del cauce, lo que te vuelve loco y no te deja razonar. Es tu cobardía la que impide que otros avancen, y que yo mismo avance. Es tu cobardía la que, esta noche, está matando a un amigo que quiere explicarte. Es tu cobardía la que siempre te impedirá recuperar a tu mujer. La falta de luz te impide ver, te impide reconocer.
─ Pero… ¿qué coño estás diciendo? ─ asustado por el tono y la forma, intenté reponerme de la sorpresa y buscar una razón en aquella mirada acusadora. Sentí miedo de darle la espalda y me encaré frente a él; no con intención de mostrarme amenazador, sino como única respuesta posible en una situación que dejé de comprender ─. Si has salido a buscarme no hacía falta, sé volver a casa solito… ¿Por qué dijiste eso? ¿Tuvisteis pelea?
─ ¿Pelea? Se ha cometido un crimen… Dime, ¿cuánto tiempo hace que no la ves?
─ Qué… ─ mi desconcierto era descomunal. Aun así, tragué saliva y musité dolido ─ no sé de quién me hablas.
─ Está preciosa, como siempre. Es cosa curiosa, que la juventud nunca la abandona ─ levemente tuve la extraña sensación de ser yo quien lo dijo.
─ Hijo de puta, borracho… ─ aunque me pudo el enfado, mis palabras salieron ligeras, tímidas. Antes de que llegaran a sus oídos ya me daba la vuelta para marchar decidido hacia el portal.
─ Tendrías que verla, no existe el día que no se despierte con una sonrisa y una canción en el corazón. No te provoco, sólo te lo explico.
No contesté. Seguí avanzando mientras buscaba ginebra entre los dedos. No hallé alcohol, encontré el aroma del guiso y la imagen de un rostro en el pasado.
─ Siempre te evades, pero todo rincón tiene paredes, y así estás tú, encerrado. Apretando bajo el brazo la poca razón que te queda ─ dijo A. con voz rotunda. Me detuve con cautela y percibí de nuevo aquel bulto ─. Enséñamelo, deja de esconderlo, deja de esconderte. Continúa así y te darás cuenta de que siempre puede ser demasiado tarde. Enséñame eso que guardas con tanto recelo.
No adivino por qué, pero sus palabras me sacudieron esta vez. Me invadió la soledad que ofrece el desnudo. Atónito, me volví de nuevo para descubrir un semblante renovado. Dejó de parecerme amenazador. Los ojos le brillaban de inteligencia y pedían a gritos mi rendición, con un gesto prudente y condescendiente. Sin embargo, continuaba cubierto de sombras, mi sombra. Eso era, ciertamente, lo que siempre quise. Ahora no, ahora no, a estas horas no.
Lo reconozco, aquella vez, allí mismo, quise matarle, quise recuperar mi vida, mi mujer, el sabor. Quise ver más allá de la evidencia, más allá del perdedor que A. tenía delante. Pero no pude levantarme un palmo del suelo, aplastado como estaba, y ya en el fondo, miré hacia arriba como lo hacen los perros, y le quise como a un hermano.
─ ¿Demasiado tarde, amigo? ─ pregunté habiéndole tendido las manos bajo tres cifras rojas.
No contestó. Recogió de mis dedos aquel objeto y se quedó mirando, perplejo. El haz de luz esparcía el rojo a través de su semblante.
El silbido cortante de una bala se cruzó entre los dos, después otra, y otra. La niebla reinaba sobre un pasto de hierba alta que cubría las rodillas, y el estruendo de los cañones de guerra protestaba, como la maza de un juez, en mitad de un campo de batalla. No sé quién sufrió mayor desconcierto, si A. o el soldado que apareció en escena abriéndose paso entre la neblina y pronunciando desgañitadas palabras en francés. Quedó parado frente a nosotros mientras apuntaba con su arma. Su bigote subía y bajaba a la vez que pedía explicaciones, a mi juicio, sin mostrar muchos deseos de querer obtenerlas. Arrugó la frente con fuerza y amagó con el cuerpo como nervioso, vestía casaca roja debajo de un tabardo sucio y rasgado. Pronuncié algo que querían ser palabras y aproveché para acercarme más a A., con iniciativa. Estaba como ausente, pero aún aguantaba el artefacto con sus manos. Quise cogerlo pero, por sorpresa, un segundo soldado apareció detrás del primero, muy excitado y con otra arma. Irrumpió gritando, y no dejó de hacerlo cuando nos vio allí paralizados y controlados por su compañero, apenas intercambió dos palabras con él y apuntó con ímpetu hacia A. Una rosa roja explotó en el abdomen de mi compañero con una violencia incurable, algunos pétalos me salpicaron, pero pude coger de sus manos, a tiempo de caer al suelo, el billete de vuelta.
(03:91:12)
No dejé, en principio, que el pánico me viniera encima cuando volví al callejón. Con los reflejos exaltados que provoca un peligro inminente, busqué en derredor toda pista que confirmara que, en efecto, habíamos vuelto y que la mirada certera de un francés en guerra se había apagado para siempre. Aún me temblaban los oídos, asustados por el disparo; lo que me llevó, frenético, a palparme el cuerpo en busca de una herida huidiza. Ningún disparo me había alcanzado, la sangre me quemaba por dentro de la piel y no por fuera, donde el rastro de una rosa deshojada manchaba mis dedos. Llamó mi atención, aquella sangre estaba fría como el aire, y… estaba seca. El susto me estrujaba la garganta cuando quise pronunciar alguna palabra tranquilizadora, pero pareció ahogarme del todo cuando comprobé por fin, al extender la vista más allá de mi persona, que había vuelto yo solo. Nadie más había, con vida o sin vida, en aquel callejón.
Ciego de horror, busqué con pies y manos por el suelo y las paredes, levanté y descompuse el cartón de las cajas y más basura que se agolpaba en las esquinas y tiré abajo uno o dos chamizos que se interpusieron en mi camino. Busqué, pero A. no estaba allí, cosa que me costaba creer. Tanto dudé de su verdadera ausencia en aquel momento, que incluso vacilé sobre si yo mismo no seguiría aún inmerso en aquella revuelta francesa, y abstraído por el terror de los disparos no me había, sino, evadido de la mano de algún sueño de esos que llegan antes de la muerte.
Volví a descubrir el artefacto bajo el brazo y lo puse entre mis manos temblorosas. Entonces, me sobrevino el recuerdo desgarrado y doloroso de tres malditas coordenadas, cuyo olvido me impedían volver al rescate de un amigo perdido en el espacio-tiempo.
CAPÍTULO 3
Apenas sí había fijado la atención en la lamentable situación en la que se encontraba mi apariencia cuando entré en las oficinas de la empresa. No hubo tiempo. Salí disparado de la humedad del callejón y recorrí sin titubear el trayecto diario de casa al trabajo. No me detuve a hablar con nadie que no fuese capaz de comprender en absoluto el fatal suceso, por lo que volvía a sentir la levedad del viajero. Como en un bostezo constante, mantuve una mano pegada a la boca que aún no era capaz de expulsar el espanto. Los ojos, muy abiertos, se tragaban la luz de un sol madrugador que, al contrario de otros días, no me molestaba. El día brillaba con fuerza en la ciudad, pero en mi mente sólo persistía la niebla, un soldado y tres coordenadas que brotaban en infinitud de combinaciones imposibles, con unos, sietes y cuatros sin orden ni concilio, inmersas en el caos de la memoria. Así anduve yo kilómetro y medio a pie, sin reparar en los árboles privados de ciudad, sin oler las tostadas de los bajos, sin calzarme, un día más, el asfalto bajo los pies; ensimismado como estaba. Tres malditas coordenadas, volver, y regresar con A. sobre los hombros: un proceso rápido y sencillo cuyo gran obstáculo era yo, y nadie más. Yo el problema, yo la solución. Pero incapaz.
Aún susurraba números sueltos del cero al nueve, que sistemáticamente asignaba a mis dedos manchados para facilitar el cálculo, en el momento en el que posé un pie sobre la moqueta gris de la oficina. Al principio nadie se fijó en mí. Más de la mitad de los empleados se ocupaban ya de sus tareas entre las mesas repartidas por toda la sala. El de hoy parecía ser, sin embargo, uno de esos días donde reina el buen humor desde primera hora de la mañana, aquí y allá se repartían risas y efusivas bienvenidas que auguraban una jornada leve. Incluso, una compañera se fijó en mí desde la distancia y me dedicó una sonrisilla con cara de circunstancia; desde luego, no había reparado bien. Me sobrevino cierta sensación agradable de observador pasivo, que no se repetía desde… mi primer día de trabajo. Con tal panorama no supe a quién dirigirme, hasta que M. me cogió del hombro mientras entraba por la puerta detrás de mí.
─ Canalla. Ayer juerga con A. y… hoy… ─ su semblante cambió de una forma radical ─, pero si estás hecho un asco amigo ¡qué tienes!
Le miré de soslayo sin moverme más de lo justo.
─ Parece que te pegaron una paliza o algo así… ─ continuó ─ ¿de dónde vienes? No me digas que no te has ido a la cama porque me parto de risa.
─ No M., tienes que escucharme…
─ Oh, oh,… y ¿dónde anda entonces A.? Como le haya durado la marcha igual que a ti hoy tenemos conversación para rato ─ y rompió en una carcajada que atrajo las miradas del resto de los allí presentes.
Sus movimientos reflejaban la frescura del que ha dormido y desayunado muy bien. En aquel momento, hubiera jurado que M. no probó la ginebra en toda la noche; un pensamiento que me forzó a recordar los instantes de ebriedad que pase en el apartamento junto a mis compañeros.
─ Tienes que escucharme cojones ─ le dije agarrándole de la manga.
Quise moverle en dirección a los servicios, pero un pequeño grupo de personas se acercaban ya a nosotros con intención entusiasta de emprender, ellos también, una mañana de alegrías. Con otro tirón logré que M. callara, tras lo cual se puso algo más serio, y me dispuse a cruzar entre los escritorios de la oficina hasta llegar a los servicios, al otro lado. Sofía, secretaria y educada, me interrumpió el paso tocándome la cara con las manos.
─ Estás enfermo cariño ─ me acarició la mejilla, sus manos olían a esmalte de uñas recién untado ─ ¿por qué vienes a currar? ¿No le veis?
─ Lo que está es borracho, y bien borracho Sofía ─ soltó M. con más risas.
─ Dejadme un momento ¡por favor! ─ un mareo repentino hizo que me temblaran las piernas y lo disimulé apoyándome en el hombro de M.
─ No, de verdad, pienso que éste no está bien, menudos ojos lleva. ¡Oh! M., cómo eres, el alcohol no hace esto con este cacho de hombre.
─ Claro que no Sofía, ¡hace cosas peores! que uno conoce el medio…
─ Sólo eres un fanfarrón M., sólo eso. Que ya sé yo que llevas tiempo sin salir de casa por ahorrarte un duro más que el resto. Al menos éste se desmadra un rato.
Miré fijamente a los dos pero me costó verles con claridad y parte de mi barbilla parecía aletargarse con que, visiblemente extrañado, pregunté con dificultad.
─ Pero dime M., ayer en mi fiesta… ─ un pinchazo me arrugó por dentro ─ ¿A qué hora dejasteis el piso D. y tú?
─ ¡Cómo! ─ interrumpió Sofía ─ anoche éste únicamente calentó los calzones en el sofá. Que una fácil se entera del malvivir de otros.
─ ¡Llámalo malvivir! Pero al menos no traigo esta cara… ─ M. parecía algo malhumorado dada la falta de su privacidad, se volvió hacia mí ─ Oye tío, sé que A. y tú queríais intimidad para hablar de vuestras cosas y eso, pero no me digas ahora que tendría que haber ido porque a pesar de lo que diga esta bruja…
Perdí la consciencia y me desmayé sobre la moqueta que no llegué a sentir, al fondo pronunciaron mi nombre…
…tiempo que no deja de decir números…
…tú de eso, yo no puedo encargarme ahora…
… no lo sé, siete-catorce u once-catorce, déjalo ya cojones…
… que abría un poco los ojos te digo…
Desperté con terrible angustia, como si hubiese vuelto de una amarga pesadilla. Pronto iba a descubrir que estaba equivocado: aún no he vuelto.
Me encontraba en medio de un despacho, echado en un diván de gustoso cuero al que me aferraba sañudo con ambas manos. Era el lugar de trabajo del jefe de sección en la oficina, puesto que ocupaba D.. A un lado, una cristalera dejaba ver el resto de la oficina en la que varios compañeros trabajaban afanosos, de vez en cuando alguno miraba a través del cristal. Mi despertar atrajo más expectación. Junto a mí esperaban, como tres torres, M., D. y Sofía. Agradecí que rondaran tan cerca porque sus cabezas ocultaban la luz que salía a chorros de varios focos en el techo.
─ ¿Podéis bajar esa luz? ─ balbuceé.
─ Oh, gracias, vuelves, claro cariño ─ Sofía se acercó al regulador en la pared e hizo que todo oscureciera.
─ No sé chico, no te veo nada bien. Hemos llamado a un médico pero, en vez de eso, he pensado en mandarte directamente a casa para que duermas la mona. Cuando te metieron en mi despacho me asusté, pero según me cuentan M. y tu nuevo perfume… ¿Acaso no sabes telefonear? Ni falta hacía que vinieras en estas condiciones ─ expuso D. mientras se atusaba la barba y se fijaba en mis manos contraídas. M. callaba al lado, ya no sonreía tanto.
─ Llevas unos minutos inconsciente y… delirando, nos has dado un buen susto ─ comentó M. con prudencia.
─ No te entiendo. No… No entendéis, ¡tenéis que ayudarme! ─ aún no comprendía que no estuvieran enterados de nada. Tan fuerte me empuja la voluntad que bastaba mi mirada para hacer comprender el atasco en el que me encontraba.
─ ¿Lo ves? Te lo he dicho, no es normal ─ comentó M. sin quitarme los ojos de encima. Sentí que ambos hacían de médicos, con las manos a la espalda y ladeando negativamente la cabeza en gesto desaprobador. D. continuó hablando.
─ Pero ¿Qué te pasa? ¿En qué te podemos ayudar?
─ No lo vais a creer, pero… ¡Oh! Tenéis que ayudarme a recordar ¡Recordar! ─ me incorporé progresivamente sobre el diván ─ Son tres, amigos. Tres números o… tres coordenadas o cifras con dos dígitos cada una. Es decir, seis números emparejados en tres cifras. Cada cifra con unidades y decenas ¿comprendéis? Tres putos números… no lo sé… ─ me miré los dedos con intención de retomar un cálculo ─ tres, once o… doce, y sietes y un doce sí… mierda, cero y tres doce y ¡mierda! ¡No lo recuerdo! Lo vi, sólo sé que lo vi un instante antes de volver al callejón. Tuve que verlo un instante antes de pensar en el tres-noventa y uno-doce. Tiene que estar guardado en mi memoria y ¡tengo que sacarlo!
Ambos me miraban consternados. D. abría la boca con el propósito de añadir algo a mi torcido discurso, pero finalmente calló. Sus ojos hablaban demasiado. Sofía se mantuvo en un segundo plano, detrás de sus espaldas, con miedo de mostrarse mirona cuando la emoción me obligaba a hablar con más volumen del normal. Yo continué.
─ No entendéis pero dejadme que yo os explico. Cada combinación de números representa un lugar en el espacio y en el tiempo. Un punto… tres-noventa y uno-doce representa el ahora, el callejón ─ les miré a los ojos ─, el callejón de debajo de mi casa, el que da esquina a la calle de mi portal… ─ volví a contar con los dedos ─ El número que busco… son, siete, y doce, no, doce no… un cuatro y un tres… pero no… había unos, más de uno, era sencilla…
─ ¿Qué intentas decirnos? ¿Te ha ocurrido algún accidente? ¿Te golpeó alguien? ─ me preguntó D. visiblemente inquietado.
Al tiempo que él detenía mis cálculos con preguntas, Sofía se acercó por un lado y comenzó a inspeccionarme la cabeza. Sus dedos se enredaron como el velcro entre mis cabellos lo que me produjo, al principio, un cosquilleo soñador.
─ Hablas de números ─ dijo M.
─ Sí.
─ Mientras estabas inconsciente deliraste algunas palabras… parecía ¿francés?, y mencionaste algunos números.
─ Sí ¡Sí! El soldado francés… ¡sí! ¡Y los números! ¡Qué números!
─ No recuerdo… catorce, siete, doce, once… no sé. Ese tipo de números ─ M. se ponía nervioso, sus propias palabras le resultaban absurdas y movía de forma negativa la cabeza.
─ Sí, esos números, ¡recuérdalos! siete, catorce, once, doce… esos ¡esos! ─ miré para otro lado ─ Te saco de ahí A.. Pueden ser siete-catorce-once… pueden ser… ¡Yo te saco!
Se atenazaron mis nervios con la proximidad de una combinación posiblemente correcta. Sin embargo, una franja imposible de saltar desvanecía cada búsqueda certera y, a cada intento, volvía a caer de bruces sobre el fango pastoso de la angustia y la impotencia. Un proceso que se tornaba contagioso con el tiempo y netamente desesperanzador. De un manotazo aparté a Sofía, que aún continuaba hurgando en el pelo.
─ ¡Déjame en paz! Yo estoy bien, es A. quien tiene problemas.
Aquel gesto de furia contenida alteró la actitud de mis observadores, que se acercaron más a mí alargando sus pulposos brazos. Sofía, de aquella manera contrariada, abandonó veloz el despacho. Algunos fisgones se agolparon en la cristalera, pero no entraban. D. se acercó con palabras tranquilizadoras, pero el agarrón que imprimió sobre mi hombro no logró sino ponerme más irritable. M. habló.
─ Escucha D., algo pasa, en serio, A. no ha ocupado aún su mesa, y no es, precisamente, de los que burlan con tranquilidad el horario diario.
─ ¡Prestad atención compañeros! ─ mi voz excitada barruntaba cierta ironía ─ Después de nuestra fiesta, recordad, yo abandoné el apartamento, hastiado de alcohol…
─ Dirás. ¿Qué fiesta? ─ intentó M., D. levantó los hombros, pero yo continué.
─ …y descubrí, olvidado en el callejón, ¡un artefacto! ¡El artefacto! Cuya parte frontal presentaba tres cifras rojas ─ el estadillo de mi discurso acercó a toda la gente de la oficina ─. ¡Tres cifras que encarcelaron a A. en algún lugar, en algún instante, de una revuelta francesa! Justo antes de recibir un disparo en el pecho, en mitad de una contienda. Y justo antes, de que yo pudiera regresar salvo al callejón. ¡Necesito volver y arrancarle a la muerte la vida de mi amigo!
Todo se agitó en torno a mí.
─ ¡Éste es el artefacto!
A partir de aquello mal recuerdo lo sucedido. Me enfurecí hasta perder el control. Tomé una conducta anormal y agresiva y comencé a vociferar los nombres de mis compañeros cuando comprobé que no tenía en mi poder artefacto alguno.
Palpé cardíaco entre la ropa, bajo el brazo, y busqué con pies y manos por el suelo y las paredes; como ya lo hice en aquel callejón entre cajas de cartón. Pateé las sillas e incluso me subí a la mesa. Les pregunté desbocado dónde lo habían ocultado, y los acusé, a todos, de innumerables formas.
CAPÍTULO 4
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─ …siete-once-catorce, siete-once-catorce,… ¡Oh A.! Qué insufrible y absurda me parece esta situación. Semejante insulto no recibió la locura cuando la tacharon de insana. ¡Y me llaman loco y me encierran! Y aquí tengo en mi memoria tu salvación. ¡Dios no pudo ser más irónico cuando señaló una manzana! Soy culpable sin duda, culpable por tener la llave y no abrir la cerradura de la puerta que te ata, la misma puerta que me ata. Me encerráis, y sois también culpables. Existe, sabed, una persona que clama a gritos un retorno, un segundo para volver, y le cerráis las puertas. Alguien que… ¡os está pidiendo vuestra atención! ¡Lo estáis matando!... En cada instante en que decidís no volver a por él. Cada vez que os tapáis los oídos para no escuchar y cerráis los ojos para esconderos de la luz. Pues bien, aquí tenéis: SIETE-ONCE-CATORCE. No más. Vuestra la puerta, vuestra la llave. Está enfermo… y yo lo veo… tiene frío.
A pesar de mis súplicas, M., el último en salir, cerró la puerta sin vacilar. Pronto me quedé sólo en este habitáculo de blancas paredes. Un pequeño cristal en forma de círculo y gruesos marcos me permitía mirar al otro lado: un pasillo. Observé un instante y volví a sentarme sobre unas sábanas limpias, sin ánimo alguno de silenciar la voz.
“… siete-once-catorce. Un cálculo perfecto, sobrehumano, que me ha venido flotando, envuelto en sueños, y sin embargo tan real, pero tarde. Tan real amigo A. que casi te siento aquí a mi lado, en conversación profunda contigo mismo. Así te veo, vivo y con actitud vehemente, y eso sí, sin sangre en las manos… Escúchame, yo te hablo, pero me dicen que tengo sangre tuya en los dedos, y sangre tuya en las ropas y, aún así, no me creen amigo. Y mira si les he explicado todo lo sucedido una y otra vez a M. a D. y a tantos otros desconocidos con ese afán que tienen todos de interponerse. Tantos han escuchado la verdad, a lo largo de dos días… pero no tienen oídos, y aquí me han dejado. Casi me tienen convencido, que yo te odiaba, que envidié tu vida hasta lo humano y… ¡ah! que preciosa era aquella… mi mujer, en verdad...”
“Que dicen que yo te maté, pues no existió tal fiesta, me lo ha dicho M. a los ojos hace tan sólo unos minutos. Eso dicen, que tan sólo bebimos tú y yo. Y que no viajé a ningún lugar recóndito, y que no vi a ningún romano, ningún francés… eso dicen; que perdí la cabeza, que me imaginé las cosas, que me negué tu muerte, que tampoco nos encontramos en el callejón apenas se asomaba el amanecer…, porque tu cuerpo no salió aquella noche de mi apartamento… eso dicen. Tendré trastornado el juicio, pero se equivocan: en verdad te maté, así es amigo, te di muerte, pero no en mi piso, no en mi mente. Te maté en aquel callejón, y allá continúa tu cuerpo silenciado, como el mío: en otro tiempo, en otro espacio.
¡Abandonados!”
…y busco entre mis dedos: sssnff ¡ah! la ginebra… no es demasiado tarde…
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